El Apartamento

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Ambos se están mirando pero cada uno mira con mirada distinta. Pero antes de nada las presentaciones de rigor, unas pocas y sueltas pinceladas aquí y allá que nos sirvan para conocer y ubicar mejor a los personajes. Él es C.C. Baxter, modesto y ambicioso empleado de seguros de una multinacional cuya sede principal se encuentra en Manhattan, inquilino de un discreto apartamento que con frecuencia cede a sus superiores para que éstos puedan mantener allí sus relaciones adúlteras, encarnado por un Jack Lemmon en estado de gracia, uno de mis actores preferidos del rutilante firmamento de Hollywood –esa vieja fábrica de sueños que posee el mérito de saber hacer el mejor cine del mundo; también el peor–, uno de esos sólidos intérpretes que siempre revisten al papel que caracterizan con una veracidad fuera de lo común (recordémoslo en Días de vino y rosas de Blake Edwards, posiblemente la mejor película hecha nunca sobre el alcoholismo y una de sus mejores actuaciones), rasgo antes tan frecuente y ahora tan ausente en los actores que desfilan por las pantallas, cuyas dengues interpretaciones son difíciles de creer hasta para ellos mismos, salvo honrosas excepciones. Y ella es Fran Kubelik, espléndida Shirley MacLaine, una guapa ascensorista, delicada y algo ingenua, que trabaja en el mismo rascacielos de Baxter y que está enredada con Sheldrake, el mandamás de la empresa y jefe de ambos. Pero Baxter desconoce este dato y se enamora locamente de ella, con ardor infantil, y el conflicto amoroso está más que servido cuando el sinvergüenza de Sheldrake empieza a llevar a Fran al apartamento de Baxter y éste descubre el pastel como regalo de Navidad.

Con estos mimbres dramáticos Billy Wilder escribe –junto con su inseparable amigo I.A.L. Diamond, coguionista a su vez de otros títulos suyos como Con faldas y a lo loco, Uno dos tres, Irma la dulce o En bandeja de plata, ¡ahí es nada!– y dirige El apartamento (1960), la película más redonda de la historia del cine. Galardonada con cinco Oscars de la Academia y tres Globos de Oro, el director austríaco de ascendencia judía, recalado en Estados Unidos debido a la llegada de Hitler al poder (no obstante su madre y gran parte de su familia perecieron en los campos de concentración nazis), realiza mediante un estilo invisible, contenido, de reminiscencias clásicas, con pocos y estudiados movimientos de cámara, una historia perfecta, de una honda y hermosa sencillez, entreverada de alegría y tristeza a partes iguales, conmovedora y amarga y tierna y lúcida; fábula moral que retrata y disecciona con el arte de un pintor expresionista, a la manera de un Hopper en celuloide, la sociedad americana de entonces y nuestra sociedad de hoy en día.

Pero ahora estamos en Año Nuevo, con Fran y Baxter en el deslucido apartamento de este último, dos seres empapados de soledad, cubiertos por la marea del desengaño, cercanos en su condición de románticos golpeados por el oleaje de la vida (Yo era Robinson Crusoe hasta que descubrí sus pasos en la arena, le confiesa él a ella, y para mí resulta imposible imaginar una declaración de amor más bella), mirándose el uno al otro con mirada distinta, alegre la de Fran, afilada por una dulce y pícara sonrisa, más seria y reconcentrada la de Baxter, barnizada con cierta incredulidad, intentando dilucidar si la persona que tiene enfrente es real, de carne y hueso, o tan sólo una mera visión soñada por su imaginación, rastreando indicios que lo lleven a decidirse por una conclusión u otra. Todo es muy raro y parece el final de una película. Diez minutos antes se encontraba solo. Hoy mismo ha decidido marcharse del apartamento, mudarse de ciudad, iniciar una nueva vida, y se ha pasado toda la tarde empaquetando sus escasas pertenencias para largarse a la mañana siguiente, a primera hora. Justo después de medianoche descorcha una botella de champagne y brinda consigo mismo pidiendo un deseo, uniéndose en cierto modo al bullicio del exterior, a la algarabía de la gente que celebra la llegada de un nuevo año y que entra a ráfagas por la ventana, el apartamento más vacío que nunca cuando llaman a la puerta y resulta ser ella. Ahora están sentados en el sofá y ella coge la baraja y le pasa una carta. No sabe muy bien qué hace aquí la señorita Kubelik, por qué no está con el señor Sheldrake, pero decide seguirle la corriente y continuar con la partida de cartas, acompañar sus pasos a los de ella en la nieve que cae afuera y que todo lo limpia y lo inaugura de nuevo.

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