El anarquismo, obra de delincuentes

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“Ni dios, ni amo. Un siglo después, qué queda del anarquismo”, rezaba el titular de Babelia el pasado sábado 30 de octubre. El habitual suplemento de El País sorprendía con una portada interesante en la que aparecían los rostros de los anarquistas más famosos del siglo XX español: García Oliver, Durruti y Ascaso.
Uno podía pensar que, por lo menos, un periódico de tirada nacional (a excepción de Público, que de vez en cuando tiene ciertos guiños) se acuerda de un movimiento social como es el anarquismo. Sin embargo, una vez leído el texto, lo primero que se pasa por la cabeza es que flaco favor se está haciendo al movimiento libertario con artículos así. Para eso, es mejor no nombrarlo y dejarlo en el baúl de la memoria de los interesados, como hacen otros medios de comunicación.
En este caso, es comenzar a leer y la sorpresa inicial va dando paso a una decepción tremenda. El extenso relato, cuya veracidad no se discute en el presente escrito, narra las peripecias delictivas de estos personajes y sus intenciones de asesinar al rey Alfonso XIII en una visita de éste a París. La razón del texto se debe a una serie de documentos policiales de los años 20 que ha obtenido la policía francesa. Estos archivos llegaron a estar en manos del III Reich cuando se apoderó de París. Tras su marcha de la capital francesa fueron distribuidos por Europa y ahora han sido rescatados. Igualmente, y como dice el texto, otra explicación es la actual celebración del centenario de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo).

La crítica que quieren significar estas líneas va dirigida hacia el enfoque utilizado. Nada más empezar, los “anarquistas expropiadores” están incluidos en una lista de figuras cuanto menos simpáticas de la sociedad, como son los traficantes de armas, de mujeres y de estupefacientes, los amos del crimen y los estafadores de guante blanco. Esto ya nos hace una idea de por donde van a ir los tiros. Y hablando de tiros, ¿cómo pudieron los anarquistas engrandecer la célebre frase de Durruti “llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”, si tenía más gancho la aparecida en el artículo: “Al que se mueva, cuatro tiros”?

Carlos García-Alix, autor del texto, detalla un episodio de la vida de Oliver, Durruti y Ascaso. Aunque no dejan de ser ciertas las acciones violentas de los mencionados, se presentan de tal manera que el mensaje es claro: el anarquismo es peligroso. Se les desvincula en todo momento de cualquier acción política y, por supuesto, de cualquier reivindicación de lucha social. Según dejan entender las palabras de García-Alix, son delincuentes comunes que aman el asesinato y el robo por encima de todo, sin razón aparente. Parecen matones que, si se levantan con el pie izquierdo, son capaces de matar a quien se cruce en su camino. Pero lo cierto es que existe una gran diferencia entre un asesinato político y un asesinato común. Pueden ser repudiados ambos, pero es de vital importancia reconocerlos como diferentes tanto si se critican como si se defienden. La razón de ambos actos es completamente distinta y por ello el estudio de los mismos debe ser analizado desde una óptica desigual.

A nuestros protagonistas se les llama anarquistas, sí, pero no se explica por qué lo son, en qué creen, por qué disparan y atracan. Se da por hecho que los términos anarquista y delincuente son sinónimos y siempre van parejos. Y es ahí donde reside esta crítica. Si este tipo de textos, sin explicaciones de ningún tipo, proliferan, se crea en la sociedad un imaginario confundido de la figura del anarquista o del anarquismo en sí. La corriente violenta del anarquismo existió y eso nadie lo puede poner en duda. Fueron acciones llamativas que causaron gran impacto en la sociedad. Sin embargo, tomar la parte por el todo es el primer paso para deslegitimar a un movimiento político con dos siglos de antigüedad que ofreció muchísimas cosas más que pistolas y violencia.

Hay que esperar hasta dos páginas más adelante, donde se ven dos artículos de menor importancia estética (el contenido y los titulares son de menor tamaño y menos llamativos que el enorme “Matar al Rey” del artículo principal). Escritos por autores también reconocidos como Antonio Elorza o Alfonso Domingo, desarrollan tímidamente algunos aspectos del anarquismo, y dejan ver que el centenario de la CNT tiene más relación con la lucha obrera, política y cultural que con la violencia. Del mismo modo nombran cantidad de publicaciones, autores y obras literarias que abordan estas cuestiones. La presencia de estos dos artículos matiza la crítica sobre el primero, porque gracias a ellos queda constancia de que el periódico se ha preocupado en mínima medida de mencionar algo más sobre el anarquismo. No obstante, la presentación que se da en el primer texto parece demasiado contundente y clarificadora en cuanto a la visión real que se quiere mostrar del movimiento libertario español. Más aún si sabemos que anteriormente el mismo suplemento del periódico (y a manos de la misma pluma, García-Alix) ya publicó en tono similar las hazañas de Felipe Sandoval, atracador, espía, delator y verdugo de muchos y, cómo no, anarquista.

En conclusión, y respondiendo al subtítulo de la portada del suplemento “Un siglo después, qué queda del anarquismo”, lo que queda es lo que los historiadores, escritores y personajes influyentes del país, donde también entran los periodistas, quieren que quede del anarquismo. Un artículo como este es un claro ejemplo de ello. Si se quiere que la sociedad entienda que el anarquismo era un ideal violento que pretendía acabar con la vida de todos los burgueses, se puede también entender que el comunismo se basaba sólo en purgas y asesinatos. Todo es cuestión de saber presentarlo a la opinión pública. La falta de memoria se encargará del resto.

Fuentes del texto:

Babelia núm.988, El País, sábado 30 de octubre 2010

Fuentes de las imágenes:

http://www.antorcha.net/index/videoteca/durruti/3.jpg

http://bataillesocialiste.files.wordpress.com/2009/10/columnadurruti.jpg

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