Eficiencia Futbolística (E.F.) Parte I

0
756

El tamaño no importa. No están exentos de razón los que afirman que puede ser un factor determinante en algunas situaciones de la vida cotidiana; en cambio, si hablamos de la práctica del fútbol, la experiencia nos demuestra que una mayor longitud no es garantía de éxito. Una primera interpretación podría llevar a comparar las dotes balompédicas de Messi en relación a las de un jugador de tamaño mucho mayor, llámese éste Zigic, Crouch o incluso (por qué no) el mismo Cristiano Ronaldo. Las dudas se disipan, adoptamos un enfoque macro y hablamos de Uruguay. Un país con un tamaño similar a la suma de la superficie de las dos Castillas, potencia histórica en el balompié y proveedora de ingentes cantidades de futbolistas a las principales ligas europeas desde hace décadas.

Artigas, Rivera, Soriano, Rocha, Maldonado… Se podría pensar en estos nombres como integrantes de alguna antigua formación en un club legendario. En realidad, todos los sustantivos corresponden a departamentos de Uruguay, una de las naciones con más alta tasa de futbolista por kilómetro cuadrado del planeta. La capital, Montevideo, acoge a la mayor parte de población del país; se erige como centro económico, político e industrial y rivaliza desde hace siglos con Buenos Aires, ciudad situada al otro lado del Río de la Plata, por la hegemonía en el Cono Sur americano.

Los principales equipos uruguayos también tienen su origen en la capital del país; los desniveles económicos regionales se extrapolan a la relevancia futbolística de las instituciones; equipos de provincias como Tacuarembó o Club Atlético Atenas ocupan un lugar secundario frente a la enorme hegemonía de los equipos capitalinos. Gran cantidad de futbolistas de primer nivel surgen frecuentemente de las categorías inferiores de Peñarol (“carboneros”) y Nacional (“bolsilludos”), los dos principales clubes del país. Desde los primeros campeones olímpicos Cea, Castro o Scarone hasta las últimas apariciones de jugadores con gran proyección como Bruno Fornaroli, Urretavizcaya y Luis Suárez, pasando por futbolistas legendarios como Schiaffino, Ghiggia, Pini y, décadas después y a otro nivel, Rubén Sosa y Enzo Francescoli.

No se puede hacer tantas cosas con tan pocos recursos. Los años 20 del siglo pasado ven nacer a una de las selecciones uruguayas más gloriosas. Los charrúas consiguen sendos oros olímpicos en París 1924 y Amsterdam 1928 cuando la Copa del Mundo de Naciones era un proyecto aún en ciernes. Dos años más tarde, en el torneo celebrado en su propio país, Uruguay levanta el primer trofeo de campeón mundial. Nacía un mito que tuvo que esperar hasta 1950 para recuperar la hegemonía mundial con la famosa victoria en Maracaná frente a Brasil. Las cuatro estrellas presentes en la parte superior del escudo de Uruguay simbolizan la conquista de los dos Juegos Olímpicos (1924 y 1928) y dos Copas Mundiales de la FIFA (1930 y 1950).

Los años 60 y 70 asisten al tímido resurgir de una selección recordada por la práctica de un estilo de juego trabado y tosco, con el arquero Ladislao Mazurkiewicz como parapeto, frente a la magnificencia de los brasileños. Durante los años 60, esta situación contrasta con el esplendor de Peñarol, que se alza con dos Copas Intercontinentales en aquella década. Los años 80 son los de la creciente emigración de grandes jugadores a las ligas de fútbol europeas. Enzo Francescoli juega en equipos de Francia e Italia sin confirmar lo demostrado en River Plate de Buenos Aires. Doce años pasan hasta que el Mundial de Corea y Japón 2002 recibe de nuevo a la selección uruguaya, que en ese tiempo había ganado la Copa América de 1995. Sudáfrica 2010 será su próximo destino tras la anodina experiencia en tierras asiáticas.

Fuentes del texto:
Diario As.
www.fifa.com
www.population.com
Fuentes de las fotografías:
en.academic.ru
www.iffhs-media.de
www.oleole.com

Dejar respuesta