Duros de mollera

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Hace unos días me encontré por azar con un amigo de la infancia. Me pasó algo habitual en las relaciones afectivo-rechazables: no saber bien si apresurarte a saludar o esconder la cabeza bajo tierra, a modo de flexible avestruz,  para desaparecer de su campo de visión y evitar el fatal encuentro dialéctico. Ocurrió que en ese acto cobarde de ocultismo, una fugaz mirada se cruzó y tuve irremediablemente que aproximarme a su encuentro. Al exagerado saludo afectuoso con media sonrisa nerviosa incluida, siguió una oleada de preguntas sinsentido, cursis cumplidos sobre nuestra trayectoria académica o laboral y cómplices gracias burlonas acerca de nuestras respectivas compañeras sentimentales.

Todo transcurría con habitual irrelevancia, hasta que nuestro diálogo de besugos alcanzó su clímax o punto g cuando tocamos el tema estrella: la política. Ninguno conocíamos el punto de vista del otro en materia pública, pero nuestros gestos irían confirmando las enormes discrepancias que nos separaban.

La pregunta clave la pronunció mi otrora compañero de juegos infantiles:
¿Hirías el sábado pasado a la mani del PP contra el traidor del ZP, no?

Comprendí en ese instante que la afable conversación se truncaría en una crispada discusión, al estilo de nuestros desbocados parlamentarios. Mi respuesta fue rotunda:
No comparto el posicionamiento extremista del PP.

Entre irónicas sonrisas, Rober, que así se llama mi hombre y que nunca antes había mostrado interés por la política, comenzó a resumirme de manera algo torpe e indocumentada, la ingente cantidad de desastrosas decisiones adoptadas por el Gobierno, desde la prisión atenuada a De Juana, hasta el Estatut de Cataluña, pasando por la Ley del matrimonio homosexual o la de memoria histórica. Yo le escuchaba atentamente pero mi pecaminosa imaginación no podía evitar que visionara en los ojos de mi interlocutor, los polémicos cuadros erótico-clericales del desafortunado Montoya.

Cuando por fin pude fijar mis entendederas en el caso que nos tocaba, el discurso del tal Roberto, que comenzaba a caerme gordo (ya no era aquél intrépido chavalín con el que tanto había correteado entre parques y coches), se situó en el contexto de una España unida, indestructible, con los colores de la bandera nacional grabados a fuego en el pecho, que había logrado desprenderse de la lacra masónica, izquierdista, intelectual y reformista. Una España Grande y Libre le faltó decir. Mientras se iba acalorando en su exposición del panorama actual, le pregunté si había preparado ya las maletas y había fijado un destino en el exterior. Sorprendido ante tan inesperada cuestión, mi ferviente patriota me contestó que por qué debía tener preparadas tales cosas. Contesté que cuando España se quebrara en mil trozos, cuando los homosexuales nos contagiaran su terrible enfermedad, los rojos nos arrebatasen nuestras riquezas para entregárselas a los pobres, cuando vieramos a Zapatero tramando un golpe de Estado junto a Carod Rovira y Otegui para establecer un Estado multinacional  donde ya no existieran españoles de pura cepa, cuando la majestuosa bandera nacional fuera pisoteada por los republicanos y la inviolable España cayera en manos de los enemigos, para entonces debía estar preparado porque el demonio (ZP), ya había llegado a la Tierra.

La conversación fue llegando a su fin, después de varios intentos de Rober por hacerme entrar en razón. Su discurso manipulador me recordaba al de los libelos que le servían (como él me confirmó), de libro de cabecera, así como la televisión pública madrileña o la cadena de los obispos. La crítica a los gobernantes siempre es necesaria para la democracia, sin embargo crear de forma artificial un clima de crispación a través de discursos sentimentales y deformados, puede crear grandes confrontaciones y volver a dividir la sociedad, porque los españoles somos ante todo, duros de mollera.

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