¿Dormir?

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Nadie ha dormido en su vida.

El día de una persona camina erguido hasta que el tono caliente del cielo empieza a consumirse. Los hombros bostezan a merced de los últimos tecleos y los vagos garabatos que antes habían sido frases coherentes. Los trenes desinflan sus fuelles y los coches deciden dejar de contaminar. En casa se agotan los atisbos de lucidez que quedan desde que la mañana los lanzara desde las sábanas, y el único destino para volver a ser máquinas engrasadas yace entre sombras al final del pasillo.

Y qué es dormir. Tú, lector que quizá nunca llegues a tal categoría ante estas letras, podrás estar elaborando una teoría de por qué digo estas cosas.

Las escaleras o el pequeño corredor pueden acelerar el efecto del somnífero, pero el destino será incierto. El ser humano no disfruta del acto de dormir. Tumba sus miembros y se limita al reposo. Lo único que le es satisfactorio es la comodidad de la cama, el olor del suavizante y las leves friegas del colchón. Descansa cada extremidad en un pequeño océano en calma que de vez en cuando tose y mece con suavidad la superficie. Allí el hombre finaliza el recorrido de su figura en el reconforte de una almohada, de su breve abultamiento y mullido sentimiento.

A la hora de cerrar los ojos, todos advertimos la sensación de oscuridad. Una oscuridad incompleta que araña la negrura con hilos blancos de vacío penumbroso. Yo, al menos, veo eso cuando aún no duermo. Pero qué persona sabe que ha empezado a dormir. Ningún humano recordará el momento en que la realidad desaparece entre esa mencionada oscuridad. ¿Quién sería capaz de ser consciente en el momento en que empieza su inconsciencia? Nadie conoce la situación en la que empieza a “dormir”: sus miembros están quietos y su mente se evade, pero el momento clave de la despedida es una seria duda al día siguiente. Alguien tiene sueño y de repente cae, pero el recorrido final es incierto e imposible de descubrir, el término de una carrera cuyo pistoletazo es la única seña que se recuerda, pues la meta se difumina antes de pisarla.

Las personas se desdoblan en tres entes dentro de un cuerpo que no sabe lo que hace. La verdadera fuente de la que nace esa triple personalidad permanece inmóvil sobre la cama. Dentro, una sensación descansa sin que nadie lo note, sólo ella en un posible y solitario camino de experimentos de sueño que lo aproximen al máximo reposo. Cada uno tendrá su propio escenario a la hora de recibir descanso, el mío tiene árboles y brisa a medio soplar, y una pausada voz que se debate entre la melodía y el tranquilizador discurso.

Por otra parte, nuestro clon se despierta. Mientras nosotros cerramos los ojos, su ansia de salir del mundo de los muertos se materializa en una aparición sobresaltada y emocionante. El otro yo, con una forma a veces curiosa, elige un escenario donde vivir su corta vida, una existencia que dura mucho más de lo que en realidad dormimos. El subconsciente es el único protagonista de esa historia entre escenarios de arco iris fugaces, de rayos que se crean gracias al recuerdo y que nadie es capaz de controlar. Ella, nuestra mera inconsciencia, se alza firme entre ese revoltijo de sentimientos y engañosas realidades. El premio de sufrir dos tercios del día en un imperecedero vacío es sin duda dar rienda suelta a sus posibilidades en un escaso período de vida sin ley. Muere a causa de un susto o un rayo de sol, por el taladrante sinsentido de un despertador.

Cuando escucho aquello de “me gusta dormir”, pienso que nunca se han parado a pensar en lo que pasa en realidad. Su sensación de descanso es real porque su cuerpo ha estado inerte a excepción de pequeñas convulsiones nocturnas, pero en ningún momento ha experimentado el momento de dormir. Él se ha desactivado como una bombilla que es mejor desenroscar durante unas horas. Su desconexión con la realidad es mínima, pues en el momento en que se sume en el sueño deja de existir, y vuelve a renacer ocho horas después, unos segundos para su estado de consciencia.

Es bastante cruel acostarse con el gusto de llegar a un estado de relax total y no disfrutar en absoluto de él. Cerrar los ojos supone el fin de la realidad y el comienzo de otra historia, un mundo inventado que parte de una situación real, un juego para nuestro subconsciente, el cual se ve limitado por la realidad desde que se gesta en el nacimiento del portador del cuerpo. Aun así, ni siquiera él es capaz de disfrutar del placer de dormir, aunque él no quiere, sólo desea vivir.

El fragmento de nuestro ser que verdaderamente duerme no muestra en ningún momento su naturaleza. Puede que no tenga nuestra apariencia, y el problema es que jamás se dejará ver. Simplemente se encarga de las necesidades del cuerpo, su tarea es permitir que el ser de procedencia tenga energías y no decaiga a lo largo del día. Es el que descansa de verdad, mental y físicamente, pues la serenidad del cerebro circula en forma de sangre y fortalece el sistema, supliendo el anterior desgaste.

Cada uno tiene una forma de lamentar haber dormido mal. Un mal sueño suele ser un pensamiento recurrente, una forma de maldecir la hora en la que decidiste abandonar la tierra e introducirte en una inestable forma de vivir. Otros, que prefieren rendir, odian un mal reposo por la falta de fuerzas a causa de pocas horas de sueño o una mala noche. Yo me arrepiento de no haber disfrutado de dormir. Por otra parte, no sé en absoluto lo que es. Cuando mi ansia de dormir está en su zénit, y el sueño me promete un perfecto descanso, abro los ojos y es de día. Yo estoy descansado, pero mi capacidad humana está hecha polvo. He vuelto a desaprovechar mi oportunidad de saber qué es eso.

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