¿Dispuesto a que las letras impresas se vayan a la deriva?

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Fumaba uno de esos puros que hicieron famoso al propio Churchill, el Hoyo de Monterrey se consumía con caladas rápidas y profundas a la vez, su esposa apuntaba con su mirada, nublada entre humo, el horizonte hacia proa, ¿cuándo sabemos que un barco está a punto de hundirse? Cuando los puros de más categoría se queman con ansiedad, cuando las pamelas de exclusivos diseños se mueven con nerviosismo hacia una misma cubierta, cuando esa primera clase a bordo comienza a ser presa del pánico. Es entonces cuando el barco en el que todos navegamos podría desaparecer.

Al pasear frente a la casa de cristal, no podía parar de pensar en el soniquete que producían sus botas al aplastar las cientos de hojas que los árboles habían desechado ante el inminente otoño. Tratando de buscar el rayo de sol que le quitara la humedad que el lago del Parque del Retiro desprendía, como todas las mañanas del año, devoraba páginas y páginas de la literatura tanto nacional como internacional. ¿Cuándo sabemos que el libro de papel está pasando lentamente a formar parte de la historia? Cuando los amantes de la lectura sustituyen las encuadernaciones por un dispositivo electrónico, cuando los que han llorado, reído e incluso roto alguna de las hojas de una publicación deciden dejar todos esos sentimientos que produce tener a uno de esos entre las manos. Encima de sus rodillas, un libro electrónico. En su cabeza, miles y miles de novelas, ensayos, poemas, casi los mismos con los que contaba la memoria de 4 Gigas.

Sinceramente, tienen el mismo derecho a salvar sus vidas. Los pasajeros de clase turista han comprado su tarjeta de embarque al igual que lo hicieron los de primera. Los libros de papel han sido testigos de millones de creaciones a lo largo de la historia. Incluso podemos pensar que los de “segunda” sin entender por ello cualquier sentido peyorativo, han tenido que sacrificar mucho más la pertenencia a su tribu. Los pasajeros que no pertenecen a clase preferente tuvieron que ahorrar para comprar el pasaje que no les aseguraba la supervivencia en caso de hundimiento, y en el caso de los de papel, miles de sus antepasados han sido prohibidos e incluso quemados en hogueras. Ante este hecho, ¿quién es más merecedor de la persistencia?

De momento los dos formatos conviven. Pero cerremos los ojos por un momento e imaginemos una situación propia de las generaciones venideras. Las bibliotecas de nuestras casas serán anticuarios de viejos libros que miraremos con nostalgia, pensando que algún día pasamos horas y horas ojeando sus páginas. El metro no será el lugar para deducir cual es el bestseller del momento, pues muy lejos de sostener una encuadernación a la vez que intentamos no caernos con los vaivenes del tren, sostendremos una pantallita sin tapas, cuando queramos ir a la presentación de un libro, el autor ¿firmará nuestra pantalla táctil?, cuando una historia se convierte en un regalo, envolveremos una tarjeta de memoria y escribiremos la dedicatoria en un e-mail, todo muy útil, muy rápido, muy cool, pero ¿dónde están las emociones que transmitían esos 300 gramos de papel, cartón y tinta?

Seamos de primera o de segunda, nos queramos salvar o hundir, la evolución forma parte de nuestra humanidad, pero tú, ¿de quién eres?.

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