¡Dios salve a Miguel Ríos!

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Poco más tarde de las nueve y media de la noche del pasado sábado comenzaba en el Palacio de los Deportes el primero de los conciertos programados en Madrid correspondientes a la gira ‘Bye bye Ríos – Rock hasta el final’, con la que el padre del rock & roll nacional dice adiós a los escenarios. Fueron dos horas y media de un potentísimo espectáculo armonioso que elevó a los altares a Miguel Ríos.

Algo emocionado, Miguel Ríos se presentó el sábado en el escenario del Palacio de los Deportes de Madrid en plenas facultades vocales repasando los mayores éxitos de su carrera musical. Aunque sus caderas ya no se muevan con la agilidad de antaño y su pose estática sea evidente, su voz aún suena poderosa y rockera como el primer día cuando ahora supera los sesenta y seis años de edad.

Para recalcar la potencia de todos sus triunfos sonoros, una imponente banda de músicos le acompaña en este tour de adiós anunciado, y a la que se incorporó Carlos Narea a la percusión para esta ocasión capitalina. El que fuera uno de los grandes productores de muchos de los discos de Ríos, escoltó a la percusión al protagonista de la velada y a un grupo de intérpretes de primera calificados por su propio líder como “los siete magníficos”, con una sección de vientos de altos vuelos que quita el hipo.

Se abrió el espectáculo con la introducción instrumental “Los marginados del rock”, y el veterano cantante apareció en el escenario con “Memorias de la carretera”, aunque definitivamente arrancó el ritmo de las quince mil almas asistentes con “Bienvenidos”. Pronto comenzaron a desfilar los numerosos invitados y amigos del artista granadino con Jorge Salán, el que fuera guitarrista de Mago de Oz, que juntos interpretaron “Generación límite”. Después tintinearon traducciones aflamencadas de la reivindicativa “Antinuclear” y de “Nueva ola”.

Algunos fueron los que entre la multitud suplicaban un ciclón “Banzai” que arrasara por completo el recuerdo. Pero no pudo ser. Más de una vez Miguel Ríos ha comentado que ya no cantaría este inmenso tema porque cree no ser capaz de defenderlo con dignidad y autoridad en un directo. Sin embargo, Miguel invitó a su paisano José Ignacio Lapido, antiguo componente del mítico grupo 091, para hacer un delicioso y conmovedor dueto de “En el ángulo muerto”, que aplacó cualquier atisbo solicitante del gentío.

No quiso olvidar sus inicios y le dedicó a la capital “Cosas que le debo a Madrid”, recuerdos de cuando esta ciudad le abrió las puertas de la música en 1962 a aquel desconocido rey del twist ‘Mike’ Ríos. Emotivo, también evocó aquellos días de 1982 en los que Madrid abrazó los míticos conciertos del extinto Pabellón del Real Madrid, cuando se grabó el mejor disco en directo que existe en nuestro país: Rock & Ríos.

En mágicos se tornaron los sentimientos de un público que coreo hasta la saciedad una interpretación algo ajada de “Vuelvo a Granada”, cuando muchos de ellos desprendieron alguna lágrima nostálgica que no terminó de caer al tañer la preciosa balada “No estás sola”. En numerosas ocasiones agradeció tener un “público de puta madre” esa noche, y un Palacio de los Deportes a rebosar correspondió estos guiños con todo el personal aplaudiendo en pie. Y es que si Miguel tuviera que dar una nota final a los fans de su querido Madrid esta sería “de diez elevado al infinito”, porque abrumó en numerosas ocasiones al artista andaluz y porque acabó haciendo la ola en las postrimerías del concierto entregados a su discurso rítmico.

El granadino invitó a “un lujo de chica” a la que ha visto crecer como artista “desde que era pequeña, pero no como Sánchez-Dragó, porque no se puede ser tan cabrón”. Un lujo llamado Ana Belén que apareció en el escenario de negro seductor para cantar a dúo “El río”. En esos momentos un joven espectador llegó a comentar que “está tan buena como siempre, ¡y podría ser mi abuela!”. A continuación una atmósfera soul lo inundó todo con “El ruido de fondo”, “Yo solo soy un hombre”, con la que recordó sus primeros tiempos, y “La reina del keroseno”, una canción algo desfigurada que su banda le pidió tocar como condición para realizar esta gira porque “les pone interpretarla una vez más en directo“.

Se reservó el mítico tema “Un caballo llamado muerte” para cantarlo acompañado de sus invitados más queridos, el grupo Gold Lake. Una banda compuesta por su hija Lúa Ríos y el guitarrista Carlos del Amo que compartieron con papá Ríos una versión que a más de uno le puso los pelos de punta repletos de recuerdos de juventud, a pesar de que la voz de Lúa se escuchó deslucida por algún problema técnico de sonido. Y luego llegaron Juan y Eva Amaral para embellecer “Al sur de Granada” con la impresionante voz de ella y los iluminados riffs guitarreros de él. El resultado fue una maravillosa versión con nuevos arreglos de guitarras cristalinas.

“El sueño espacial” abrió un set de cotidianas y vibrantes adaptaciones en directo de “El rock de una noche de verano”, “Año 2000” y “Todo a pulmón”, que levantaron a un recinto henchido de puro rock con un espectáculo que no quisieron perderse desde la Ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, hasta Massiel, apostadas en el palco VIP. “Santa Lucía” dejó de ser santa y se convirtió en rockera de primera con la voz impresionante de un nuevo invitado, Carlos Tarque, líder y cantante del grupo M Clan, recambio generacional en el rock español. “El blues del autobús” convirtió el palacio en una coral común que palmeó y cantó con Miguel otra de esas míticas canciones de las muchas que desfilaron por su concierto.

Tras un pequeño descanso de rigor, comenzó el primer bis con “Rocanrol bumerang”, “Sábado a la noche” del exiliado argentino Moris, interpretada con unos teclados inconmensurables a cargo de Luis Prado, líder de la banda valenciana Señor Mostaza, o “Mueve tus caderas” de Burning, y el público bailó hasta la saciedad. Al grito de “no se os oye” llegó el otro de los maestros del rock nacional y la gente bramó. El gran Rosendo Mercado y sus “Maneras de vivir” hicieron estallar por los aires el recinto con dos rockeros multigeneracionales de carreras tan honestas como gigantescas.

Y llegó el final con el inevitable “Bye bye Ríos”, con todos sus invitados y amigos en la platea para decir un “hasta siempre” que el público ovacionó en pie. Pero amagó la despedida y volvió una segunda vez para regalar a los asistentes su “Himno a la alegría”, una oda generacional que marcó un final nostálgico, repleto de grandes memorias musicales.

Miguel Ríos se despide de las tablas como un señor, asumiendo que ya no tiene edad para estridencias rockeras que le convertirían en una ridícula marioneta trasnochada. Por el contrario, aquello fue un conglomerado de dignidad, de buen hacer y saber estar durante las dos horas y media de concierto que elevó a los altares al padre del rock nacional, el mismo que continúa atesorando una brutal energía vocal. ¡Dios salve al rey, Dios salve a Miguel Ríos!

Fotografías:
Óliver Yuste & Julio Soria.

Crónica:
Óliver Yuste.

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