‘Diario de un escritor cobarde’, el regreso a las hojas amarillentas

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Julio César Álvarez (León, 1978) se autoradiografía con la ayuda de una potente arma: la literatura. Y lo hace a través de una de nuestras editoriales favoritas, Lupercalia.

th“[La literatura] no es ser amigo de, vecino de o hijo de. (…) La literatura no son premios, cenas con corbata y solomillo al punto. No son fotos en los periódicos o titulares con tus palabras ligeramente modificadas. No, no es eso. La literatura es intimidad, ausencia y algo de esa pequeña eternidad que respiran los dioses. Y que nos visita y abandona, como la propia vida.” La persona que firma esta hermosa opinión es, o dice ser, un escritor cobarde: Julio César Álvarez. Sin embargo, a medida que vamos tanteando su identidad somos conscientes de que hace falta valor para comenzar un soliloquio literario intransferible bajo la atenta mirada de un público desconocido, mientras a uno lo ciegan esos abrasadores focos.

El autor, psicólogo y escritor, ya ha escrito otros libros: Luz fría y Madrugada, y participado en El descrédito, ya reseñado en esta revista. En su activo currículum cabe destacar sus colaboraciones en medios como Mondosonoro o Geneticarock, y la administración de un blog. A finales del pasado año vio la luz este libro suyo, íntimamente público, único y personalísimo como una huella dactilar, que da cuenta de 75 días -cualesquiera; no importan los meses ni quizá los años, el tiempo es aquí un background no identificado e irrelevante- que quedan registrados y por cuyas páginas pasan lluvias, tardes de aburrimiento, sexo, bares y copas. Y sobre todo mucha música. Algo más de dos meses como excusa para hacer literatura -para rehacerla y repensarla a la vez que uno se descubre y se dibuja en un lienzo observado por los lectores-, condensados en poco más de 160 páginas que podemos absorber en una tarde si no dosificamos la lectura.  

Diario de un escritor cobarde es un libro de carretera, de viajes -aun cortos o cotidianos- con viejas canciones de fondo, y tan madrileño como cualquier rincón de Malasaña; pero también de soledades, de redes sociales que atrapan en burbujas aislantes, de gritos entre multitudes, de desorden y eternas preguntas abocadas a morir donde nacen: en las vísceras. Álvarez tira de frases cortas y poco ampulosas para desnudarse frente al espejo del baño o rebuscar entre tiendas abarrotadas de cajones de vinilos y da forma a un diario que huele a intimidad, a buhardilla, a libros que son compañeros de piso y que, a modo de océano doméstico, arropan y acompañan. En definitiva, una bitácora moderna que es una invitación a que recuperemos el encanto de los viejos diarios, de hojas amarilleadas por el roce, testigos de tantas mareas personales a las que un día quisimos echar el candado, (res)guardados con un celo fiero de todo y de todos.

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