Diario de un barco varado

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Los rayos del sol golpean con mucha fuerza. La lengua se pega al paladar y la luz rebota contra el suelo. En la superficie arenosa quedan algunas briznas amarillentas de hierba. Brotes que se agarran con fuerza, creyendo que no es posible que no haya nada más. Intentando desplegar sus enjutas raíces lo más profundo posible hasta encontrar la última gota de agua antes de morir de sed. La esperanza. La autocompasión.

Se vivieron tiempos mejores. El viento húmedo recorría la proa del barco. En los días tristes lo azotaba. Aún así, su presencia era encantadora. La sensación de libertad en el mismo centro del mundo.

Los días de calor se adivinaba la presencia del sol sobre la cubierta, con parte del cuerpo sumergido en el agua. Un estado perfecto.

El mar latía dejándose sentir en cada movimiento.

Los días de lluvia el cielo descargaba su furia contra la tierra, y las aguas del mar se iluminaban por segundos, dejando pendiente la curiosidad de saber qué hay más allá. El espectáculo más terrible y a la vez, el más bello.

Entonces el roce de la arena no era desagradable. Los granos de arena dispersos acariciaban con la delicadeza de quien lleva nadando mil años. Los peces susurraban sus canciones sobre la piel. Y las gaviotas chillaban por su anodina existencia sobre las aguas sin poder llegar hasta el fondo.

Los pescadores sudorosos se arremolinaban a las orillas del mar para descargar sus mercancías. Algunos maldecían a los dioses por haber roto sus redes. Otros silbaban, resignados, entre el salitre anclado en su pelo y la piel áspera de sus manos.

Ya no hay peces, ni gaviotas, ni se oyen más silbidos, ni invocaciones al cielo. Silencio. El bullicio de las jornadas de trabajo está enterrado. Sólo se ve el barco quejumbroso que una vez agradeció el calor del mismo sol que hoy lo tortura. El casco oxidado y desconchado está atrapado en el suelo agrietado. A su alrededor los cadáveres de flotas completas. La muerte no les sorprendió, llegó poco a poco. Por eso no pudieron huir, cayeron en la trampa. Cuando se dieron cuenta ya era demasiado tarde. Sólo les quedó mirarse los unos a los otros.

Este podría haber sido el testamento de un pesquero del Mar de Aral. Sus últimas palabras. Su último hálito.

En el corazón de Asia, entre Kazajistán y Uzbekistán, el Mar de Aral se muere.

Su agonía se inició en los años 60. Cuando la URSS comenzó a desviar agua de los ríos que lo nutren. A pesar de la pésima calidad de las infraestructuras, que no impedían que hasta un 70% del agua se perdiera en el camino, los cultivos se multiplicaron. Mientras, el lago se secaba.

Este mar interior fue testigo de pruebas de armamento, proyectos industriales y vertido de residuos. Lo poco que queda está contaminado.

Las predicciones soviéticas se cumplían: al Mar de Aral era un “error de la naturaleza” y debía desaparecer. No sin sacar el máximo provecho durante su proceso de extinción.

El que ocupaba el cuarto puesto en el ránking de los mayores lagos del mundo, ha visto reducido su volumen en un 80%. Y el aumento de la salinidad no permite la existencia de vida.

Hoy se intenta salvar la diminuta retención de agua que se mantiene en el norte del antiguo lago. El resto de la superficie sobre la que una vez se asentaron las aguas ha quedado cubierta de sal. Las frecuentes tormentas de arena se ceban con los barcos que encontraron, paralelos al lago, su final y reposan para siempre en las llanuras resecas. Este fenómeno desplaza la sal y los productos tóxicos causando graves problemas de salud en las zonas habitadas.

Puede que sea la catástrofe ecológica más grave del planeta. Pero se trata de un problema que crece lentamente. Que entra sin llamar, sin hacer ruido. Eso provoca vaguedad. La inconsciencia generalizada del problema se convierte en el propio problema. Porque ni la contaminación ni el calentamiento global disparan, ni desestabilizan la bolsa de Nueva York, ni dejan regueros de sangre.

Fuentes de las imágenes:
www.futuropasado.com
www.grijalbo.com
www.planetaorganico.com

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