DespertaLab III: X-Y o La fidelitat dels cignes negres

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Fuente: Sala Atrium

Las barcelonesas Sala Atrium y Nau Ivanow presentan en la primera el segundo ciclo de creación escénica DespertaLab. Creado el año pasado de la unión del ciclo Atrium Lab y la beca Desperta, DespertaLab busca promover e incentivar la creación escénica más emergente, y da a los artistas los medios para poder desarrollar y producir sus trabajos, y exhibirlos en una sala durante dos semanas. Como en el año anterior, se han premiado los tres mejores proyectos presentados, que son los que pueden verse desde el pasado 8 de junio y hasta el 24 de julio en la Sala Atrium.

El último de los montajes en cartel, X-Y o La fidelitat dels cignes negres (X-Y o La fidelidad de los cisnes negros), escrito y dirigido por Laia Alsina Ferrer, se ha llevado el segundo premio del ciclo. Este es el tercer texto que Alsina escribe y dirige para la compañía que ella misma creó a principios de 2014, El Martell, y que es interpretado por cinco jóvenes actores: Sergi Gibert, Andrea Martínez –a quien vimos ya en el anterior montaje del ciclo, No hi ha bosc a Sarajevo−, Andrea Portella, Martí Salvat y Josep Sobrevals. Los personajes a los que dan vida, en cambio, carecen de nombre; sólo se les asigna un número que, si el guión lo requiere, deberán cambiar por una letra para interpretar un nuevo papel puntualmente.

Porque el texto, que nos habla del amor en un sentido muy amplio y subjetivo, juega constantemente con mostrar el artificio dramatúrgico, adelantando al público toda la información didascálica, enunciada por los mismos actores. Esto permite a la autora, además, no contenerse y meter toda la autocrítica sardónica, así como los comentarios sobre lo que va ocurriendo en escena de los propios actores, que creen emitirlos libremente. Hasta que llega el fatal descubrimiento: por libres que se sientan en el escenario, no hacen otra cosa que seguir el texto, que decir lo que el texto indica que dicen. Y formulan la hipótesis de que en el amor, igual que les ocurre en escena, creemos actuar libremente cuando en realidad seguimos unas directrices marcadas por los constructos sociales y culturales, interpretamos un papel impuesto y no podemos hacer nada por salirnos del guión.

Los cinco intérpretes en escena, gracias al modo en que se enfoca la dirección de la pieza, en la que la cuarta pared resulta inexistente, conectan rápidamente con el público, que va siguiendo la sucesión de escenas inconexas con risueña implicación, ya que es obvio el tono paródico de muchas de ellas. El ritmo de la pieza es frenético, los actores se muestran completamente entregados a la causa escénica, y la variedad dramática –donde igual se incluye un número musical que una escena de lapidación por adulterio− ofrece un amplio abanico de atmósferas para todos los gustos, reforzadas por el trabajo de iluminación, obra de Rubèn Taltavull, que se convierte casi en un sexto intérprete en escena. No obstante, la hora y media larga de función puede llegar a saturar al espectador que agradecería, tal vez, que fuera un pelín más breve, ya que a partir de determinado momento no hace nuevas aportaciones, sino que se repite sobre lo ya expuesto o escenificado.

Aún así, X-Y o La fidelitat del cignes negres ha sido, probablemente, la pieza con mejor acogida de este segundo ciclo DespertaLab, porque, a pesar de competir en la cartelera con la amplia y variada programación del Festival Grec, en la sala no quedaba ni una butaca libre. Su temática, su ritmo, su enfoque la hacen asequible a un público más mayoritario que las piezas que pudieron verse anteriormente, de mayor dureza temática la segunda (No hi ha bosc a Sarajevo), y de mayor complejidad conceptual la primera (Dramaburg). ¿O será que el amor, se presente como se presente, es siempre un reclamo infalible?

 

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