Desafección, propaganda y las guerras contemporáneas

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En las últimas semanas el gobierno está llevando a cabo un salvaje recorte del gasto en la práctica totalidad de los de los servicios públicos del Reino Unido. Los medios de comunicación de toda Europa se apresuraron a afirmar que se trata del mayor programa de ajuste en ese país “en tiempo de paz,” en referencia al fin de la Segunda Guerra Mundial. Llama la atención esa arriesgada afirmación. Las referencias a esa Guerra hechas por Cameron – en particular al “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas” de Churchill en 1940 – son una forma de legitimar las reformas y darle un carácter épico al sacrificio, cosa nada novedosa. Pero eso no implica que los medios de comunicación deban olvidar que el Reino Unido está inmerso en dos guerras de tal magnitud que, a día de hoy, tras los recortes, no podrían ser emprendidas de nuevo.

¿Por qué esa referencia al tiempo de paz? ¿En donde ha quedado lo que sea que sucede en Afganistán e Irak? Queda claro que hubo un momento, que pasó muy rápido, en el que las élites que apoyaron esas guerras las trataban como tales. En particular en los Estados Unidos, donde los atentados contra las Torres Gemelas fueron considerados “actos de guerra” por parte de George W. Bush. Sin embargo, en adelante, las autoridades norteamericanas tuvieron que valerse de trucos de dudosa ética para reclutar nuevos soldados. Sin excepción, en todos los países participantes en esas aventuras se impusieron restricciones a las imágenes de soldados muertos, ataúdes o entierros. Cada una de ellas era un escándalo nacional. No puedo dejar de preguntarme en este punto, ¿qué esperaban? En un contexto de sociedades poco cohesionadas y de guerras injustificadas es completamente comprensible que nadie quiera ver a un soldado propio muerto. Poco duró el ánimo revanchista que llevó a Afganistán para luego destapar otros intereses y, finalmente, el callejón sin salida en el que hoy se encuentra la coalición. Esto último se ha solventado, a nivel de consumo interno, en la negación de la guerra, con lo que la muerte de los soldados ha terminado siendo achacada, de un modo muy forzado, a los delincuentes locales que no se dejan conquistar por la superpotencia y sus aliados.

La falacia neoliberal puede contribuir a perfeccionar la explotación a nivel interno, pero resulta difícil que un Estado pueda defender su interés nacional, o como quieran llamarlo, si no cree en él toda la sociedad, máxime si se trata de una guerra. La condición de falacia del neoliberalismo nunca fue tan bien explicada como cuando en 1987 su principal propulsora, Margaret Thatcher, afirmó que “no existe una cosa como la sociedad” mientras ensalzaba valores profundamente conservadores y ganaba guerras a grandes potencias como Argentina en nombre de su propia nación.

¿Lecciones para el futuro? Ninguna. La guerra de Vietnam también sucedió en un contexto de profunda división en los Estados Unidos. Además, su justificación devino en impopular pronto y los crímenes de guerra fueron finalmente destapados, al igual que hoy sucede gracias a Wikileaks, sin consecuencias. Finalmente, el imaginario colectivo estadounidense no hace referencia a la derrota final que sufrieron en Vietnam. Son buenos en el fino arte de la manipulación. Los muertos impopulares de hoy pueden estar tranquilos. Dentro de unos años sus cementerios serán más concurridos.

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