Democracia contradictoria

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Estos días Tony King está siendo juzgado por el presunto asesinato de la joven malagueña Rocío Wanninkhof. El ADN de la boquilla de un cigarro le sitúa en el lugar del crimen. Sin embargo, años atrás se inculpó a Dolores Vázquez, amante de la madre, y en 2001 un jurado popular la condenó. La misma audiencia la exculpó año y medio más tarde.
Los jurados populares sólo funcionan bien en las películas americanas. Fueron, al igual que el referéndum, un toque modernista a la constitución. Según dicen, un mecanismo de profundización en la democracia. Permítanme que lo dude.

Los juicios populares por lo que realmente se caracterizan es por ser un fracaso en su aplicación. La mayoría social prefiere ser juzgada por un magistrado que por un jurado lerdo en derecho, como bien define Martín Prieto en su columna habitual en la revista La Clave.

¿Por que nos empeñamos en quitarle competencias, tareas y en definitiva, poder a los órganos pertinentes, y dárselo al pueblo? Tanto el referéndum como los juicios populares son instrumentos de demagogia populista que se han implantado en nuestro estado de derecho sin ningún tipo de lógica política en el caso del primero y judicial en el segundo.

Un jurado popular está totalmente influenciado por la opinión pública, además de no tener los conocimientos requeridos para llevar a cabo el ejercicio de una actividad tan importante como es juzgar. Los ciudadanos tenemos derecho a ser juzgados por personas consecuentes y especialistas en el tema. Un magistrado tiene una serie de conocimientos facultativos que le sitúan en una posición mucho más fiable en cuanto al veredicto final que a cualquier miembro de un jurado popular.

Pero lo mismo ocurre si hablamos de referéndum. La democracia directa y la demoscópica son posibles, pero lógicamente absurdas. En una consulta al pueblo se sabe lo que se pregunta pero nunca lo que se contesta. Por no citar la imposibilidad de ante problemas complejos, requerir respuestas simples.

Los ciudadanos estamos en una situación de total desventaja con respecto a nuestros dirigentes a la hora de tomar decisiones de estado. Ellos no solo cuentan con los conocimientos necesarios para ejercer sus funciones, sino que tienen acceso a información que nosotros desconocemos y en la mayoría de las ocasiones relevante a la hora de tomar una decisión.

Lo que no se puede hacer es dotar de legitimidad a través del voto a quienes queremos nos representen y luego estar continuamente consultando al pueblo.

Nos encontramos por tanto, ante una democracia contradictoria, pues delega unos poderes que le corresponden y que la definen como democracia representativa.

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