Dejarse morir

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Hablaba con Hanna, su amiga de la infancia, cuando se dio cuenta del verdadero sentir de las personas. Y el verdadero sentir era negarse a hacerlo.

Ariadna había dejado de creer en sí misma; había descubierto que depositar la confianza en otro era más acertado que hacerlo con ella misma, jamás se culparía de sus propios fracasos. Hoy, su amiga le descubría que también se había equivocado tomando la ruta más ligera y llana posible. Y es que ya se lo dijo Roberto antes de abandonarla: Jamás podrás avanzar si tus pasos giran sobre los pies de otro.

Se sentía vacía. Siempre fue idealista con la amistad, con un amor diferente, lejos de los estereotipos de la sociedad… incluso con la propia vida, creyendo además haberse equivocado de época.

– Mamá, ¿tú eres feliz?

– ¿Por qué me dices eso Ariadna?

– Porque no encuentro mi lugar. Trabajo para nadie. Un día mi sueño fue escribir, y hoy mis sueños han expirado, también por tiempo sin actuar. Como las páginas web. Porque ahora estamos obsesionados con esos ordenadores “personales”. Ya nadie envía cartas. No escribimos por placer, no nos llenan las palabras. Mamá, lo veo todo tan confuso… ¿de verdad no puedes mandarme a otra época? Este mundo no está hecho para mí.

– Lo importante no es la época Ariadna, la época eres tú y tienes la oportunidad de cambiarla.

Pero mamá se equivocaba. No era la niña adolescente que pensaba que el mundo estaba bajo sus pies. Y veintinueve años no estaban hechos para frases amoldadas a una realidad insufrible.

Su generación le había provocado encerrarse en un mundo carente de sentidos y sobrevivir con cautela en las acciones que cometía día a día, como cuando se aventuraba a cambiar de hora para una sesión de cine.

No arriesgaba nunca, Ariadna era así. Pensaba que sus casi veinte intentos anteriores a lo largo de su vida habían sido más que suficientes.

Quiso convencer al mundo de que era posible una vida distinta, sin sufrimiento. Negando los sueños y deseos internos que ocultaba tras su coraza, negando a los demás. Y cayó en la cuenta de que había creado una gran mentira en la que había involucrado a esas mismas personas que se habían alejado de ella. Obligándolas a no sentir pudor, tras haberles gritado una y otra vez que se marcharan.

Y cuando sintió tanto miedo de querer escapar, él vino a su memoria con la última carta que recibió entre sus manos:

Para la mujer más triste del mundo. Que se dejó vencer en soledad, y la que un día logró enamorarme sólo con las yemas de sus dedos:

Déjame estar a tu lado, mujer triste. Tu enfermedad es el menor obstáculo que puede interponerse entre tú y yo. Déjame quererte como un día te enseñé. Juntar tus pies con los míos y demostrarte que puedo llevarte al fin del mundo sin necesidad de que volemos, pero viendo amanecer sobre las nubes.

Te has enamorado y me has dejado. ¿Es a caso eso ser valiente? Una vez me gritaste que era un cobarde. Hoy tu actitud te convierte en el engaño más grande de mi vida.

He salido adelante pese a todo. He dibujado en hojas en blanco lo que era la felicidad. Cómo hacías tú con la yema de tus dedos. ¿Recuerdas lo que era ser feliz? Estar juntos, Ariadna. Ya no sabes ni lo que es eso. Te has vuelto una persona gris. Y no he podido hacer otra cosa que irme y te echo de menos. ¡A pesar de todo te echo de menos! Después de olvidar mi cara, cuando tras tu ventana me mirabas como ese extraño loco por quererte, desistí convencerte de que te necesitaba.

Me has roto el corazón como tantas otras veces. Pero ahora, sabiendo tu muerte tan cerca, me lo has roto hasta el fin de mis días. Te has dejado morir, y no puedo quererte más.

Sollozamos como niños frente al espejo, en soledad, o rodeados de desconocidos. Gritamos como jóvenes adolescentes que intentan solucionar un mundo que es tan complicado como uno quiere que lo sea; como los mismos que siguen creyendo que trabajos factibles son todos aquellos que deseamos, sin necesidad de poder o privilegios económicos. Y callamos como ancianos, con la sabiduría de convertir con un silencio las mejores palabras pronunciadas. Pero somos dependientes. De un mundo que gira en torno a conflictos sociales, económicos, avances tecnológicos y mucho poder, el cual impera concentrado en pocas manos; rigiéndonos todos cada vez más por una misma norma, la de apartar la vista. Como si con ello pudiéramos evitar quedarnos ciegos en un lugar que no encuentra la luz.

Y tú, la mujer que me alumbraba, también me ha dejado a oscuras. Ni la sociedad, ni tú, podrán matarme todavía, Ariadna, y por eso te escribo ahora, porque como dijo Rainer Werner Fassbinder  “Lo que no somos capaces de cambiar debemos por lo menos describirlo”.

Al fin rompió a llorar desconsoladamente, después de meses creyendo no sentir nada. Ni lágrimas recorriendo su cara, ni el reconocimiento de un cuerpo extraño que estaba apagando poco a poco sus días.

Fuente de las imágenes:
http://blog.enfemenino.com/blog/seeone_396678_7758743/MIS-POST-EN-EL-FORO/Despedida-al-amor-de-mi-vida-el-sufrir-de-un-hombre-enamorado

3 Comentarios

  1. ¡Qué maravilla amiga! Sigue escribiendo tan bonito que llegarás a la cúspide de todo lo que te propongas y desees ser.
    Me ha encantado. ¡Que no muera la magia!

  2. Siempre supe, y sigo sabiéndolo, que te espera un gran futuro como una gran y reconocida escritora…! Sigues sin creértelo?
    PD: Sé que conseguirás todo lo que te propongas, te mereces todo y más… Tendrás el mundo a tus pies!

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