Defensa crítica ante la violencia mediática: ¿periodismo o propaganda?

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Aunque no siempre seamos conscientes de ello, estamos sometidos a una dinámica mediática basada en la hostilidad y, en muchas ocasiones, injusta. De esta premisa parte La violencia como noticia de José María Calleja: un necesario volumen editado por Libros de la Catarata.

446_Laviolenciacomonoticia:446_Laviolenciacomonoticia“Los periodistas debemos tener presente que trabajamos con la materia más delicada de este mundo: la gente. Con nuestras palabras, con lo que escribimos sobre ellos, podemos destruirles la vida”. Esta frase, que pertenece al periodista Ryszard Kapuscinski, es una de las grandes perlas que rescata Calleja (periodista, colaborador en medios como El País u Onda Cero Radio y profesor) en La violencia como noticia: un ensayo que subraya las habituales trampas que esconde la comunicación periodística, la semiótica informativa desvirtuada y la perversión inherente al sensacionalismo. A modo de denuncia tanto de la mala praxis profesional como de los sesgos habituales en que podemos incurrir como informadores o informados, esta obra constituye una llamada de atención contra quienes se escudan en la búsqueda de hechos objetivos y obvian así la necesidad de un periodismo ético que suponga, en palabras del autor, una herramienta para contar lo que pasa comprometida con aquel que peor lo pasa.

Concebido en un registro cercano y sencillo (si bien es cierto que por momentos se acusa una lectura un poco repetitiva, en términos generales la exposición es clara y correcta), este ensayo llama a una reflexión que no puede hacerse esperar porque esa búsqueda de hechos objetivos, sin perspectiva (o con una perspectiva deformada, inadecuada)  implica que muchas víctimas queden deshumanizadas, silenciadas o invisibilizadas. Casos tan estremecedores como el atentado de Nueva York en 2001 o el secuestro y abuso sexual continuado de Elizabeth Fritzl durante 24 años a manos de su padre Josef Fritzl -“el monstruo de Amstetten”, descubierto y detenido en 2008-, tienen como denominador común una violencia que impacta en el receptor de tal modo que le hace olvidar fácilmente su prerrogativa a una información verídica, carente de efectismos, contextualizada, sensata y respetuosa. En su lugar, muchas veces encontramos propaganda, espectacularización e intromisión en la esfera privada de las víctimas, hasta el punto de erigirlos en protagonistas recurrentes y prestigiosos, a los que hay que pedir opinión y con los que el político de turno debe hacerse la foto.

Asesinatos, secuestros, violaciones –como las que ocurren a diario en India, en términos estadísticos apabullantes-, feminicidios o las tristemente famosas matanzas en colegios que periódicamente asolan Estados Unidos… son todos hechos noticiosos que requieren un tratamiento cauteloso y delicado. En particular, en buena parte de estas páginas el autor aboga incondicionalmente por la visibilización de la mujer como objeto de discriminación sobre el que recae el peso de una tradicional opresión machista, más o menos sutil. Así, extiende una campaña de concienciación contra el periodismo que rellena páginas de “sucesos” combinados ccon crímenes pasionales y que parece justificar la existencia de expresiones tan vacuas como compañero sentimental (“no puede ser compañero alguien que asesina a la mujer con la que vive y, menos aún, compañero sentimental. No puede compartir los mismos sentimientos ni los mismos afectos el asesino con la asesinada, el victimario con la víctima”, subraya). Así, por ejemplo, en el análisis del caso Bretón, Calleja matiza lúcidamente que allí donde muchos ven las execrables huellas de un loco o enfermo mental, otros criterios consideran claramente un caso de violencia de género. “Bretón ha tomado a sus hijos como rehenes para ejercer un chantaje emocional a la madre y para infligirle el máximo daño posible: asesinar [a los niños]. (…) No es un loco alguien que asesina a sus hijos para hacer el máximo daño posible a su mujer (…) después de que [ésta] le dijera que no aguantaba más vivir con él y que se quería divorciar.”

El autor también dedica, en exclusiva, un capítulo a tratar el terrorismo; los atentados como hechos programados para convertirse en noticia, en absoluto productos del sinsentido, que pervierten por tanto el concepto mismo de noticia. Ante la extorsión, el miedo, el chantaje y la pérdida de libertades fundamentales, los periodistas no pueden permanecer impasibles y mucho menos neutrales. Si un comunicador tiene el deber permanente de elegir bien las palabras con las que comunica, ante hechos de estas magnitudes debe ser especialmente cuidadoso porque, como apunta Calleja, el lenguaje llama o ignora, y describe realidades. Paralelamente, los profesionales de la información deben evitar convertirse en cajas de resonancia del terrorismo, es decir, deben evitar amplificar actos criminales cuyos autores persiguen precisamente eso, publicitarse en los medios a través de la sangre y la brutalidad. En definitiva, una interesantísima reflexión como defensa crítica ante la violencia multiforme que inunda el discurso mediático actual.

La imagen que acompaña a este artículo está extraída de UIA.

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