Decrecer o no decrecer, esa es la cuestión

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Carlos Taibo (1956) sostiene que un momento de crisis –no sólo financiera y económica– como el actual puede y debe servir como lanzadera para nuevas ideas. El decrecimiento es una de ellas.

El profesor de la Universidad Autónoma de Madrid aboga por una reducción de la producción y del consumo en nuestro “Norte opulento” y denuncia la “sacralización” de los beneficios económicos, que se han convertido en la panacea de todos los males de nuestro tiempo.

‘La Huella Digital’ ha aprovechado la presencia del profesor Taibo en el curso de verano “Periodismo Preventivo”, que organiza la Universidad Complutense de Madrid junto con el Instituto de Periodismo Preventivo y Análisis Internacional, para hablar con él de este nuevo concepto, el decrecimiento, que está llamado, si bien no a cambiar el mundo inmediatamente, sí a zarandear nuestras conciencias acomodaticias y a cuestionar nuestros hábitos de consumo.

Por situar el concepto en su marco adecuado, ¿cómo definiría usted, en síntesis, todo lo que engloba el decrecimiento?
El decrecimiento, en primer lugar nos invita a contestar las presuntas virtudes del crecimiento económico que nos venden por todas partes: el crecimiento económico no genera, o no genera necesariamente, cohesión social; se traduce muy a menudo en agresiones medioambientales literalmente irreversibles; provoca el agotamiento de recursos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras; en lo que respecta a los países ricos se asienta en muy buena medida en el expolio de los recursos humanos y materiales de los países pobres y propicia, en fin y por dejarlo ahí, un modo de vida esclavo que nos hace pensar, ingenuamente, que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir.

Pero, ¿qué propone el decrecimiento?
Si vivimos en un planeta limitado no tiene sentido que apostemos por seguir creciendo ilimitadamente. En el Norte opulento, en el Norte rico, tenemos que reducir sensiblemente la actividad económica de sectores enteros como la industria del automóvil, la de la aviación, la de la construcción, cómo no la industria militar, la publicidad… Al tiempo que debemos introducir cambios sustanciales sobre la base de principios y valores diferentes. Por ejemplo, la primacía de la vida social frente a la lógica de la producción, del consumo y de la competitividad, el ocio creativo, el reparto del trabajo, el establecimiento de una renta básica de ciudadanía, la inexorable reducción en el tamaño de muchas de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte, la recuperación de lo local frente a lo global en un escenario de recuperación paralela de la democracia directa y de la autogestión o, en fin y en el terreno individual, la sobriedad, la austeridad, la sencillez voluntarias.
Y entiendo que es difícil imaginar la aplicación de reglas del juego como éstas dentro del capitalismo que hoy padecemos.

En su libro “En defensa del decrecimiento”, se nos alerta de un posible hundimiento de nuestra sociedad capitalista si no comenzamos a decrecer “por las buenas”, si me permite la expresión. Pero, ¿en qué ámbitos concretos de nuestras vidas, del día a día, se hace indispensable dejar de crecer inmediatamente para empezar a construir un modelo de sociedad viable?
En aquellos ámbitos que implican agresiones medioambientales más fuertes, que acarrean el agotamiento de recursos más vitales. Tenemos, por ejemplo, que repensar radicalmente cuáles son nuestros hábitos de transporte, si precisamos esos maravillosos automóviles que la industria correspondiente nos quiere ofrecer por todas partes. O tenemos que cuestionar agriamente cuál es este proyecto de la alta velocidad ferroviaria, que es un proyecto de transporte público al servicio de una escueta minoría de la población asentado en una desertización ferroviaria del conjunto del país.
Me temo que hay ámbitos como éstos en los cuales las respuestas son urgentes, y cuanto más tardemos en hilvanarlas más difícil será resolver los problemas.

Y por seguir con su libro, en él se hacen continuas alusiones al pensamiento del profesor Serge Latouche, precursor de la idea del ‘decrecimiento’.
Una de las reflexiones de Latouche que usted recoge es la que trata del “desarrollo” como una palabra envenenada e impregnada tóxicamente por otra, “crecimiento”.

La pregunta es sencilla profesor, ¿puede nuestro planeta perder en crecimiento y ganar en desarrollo?
Yo creo que la palabra desarrollo está trágicamente impregnada por la mitología cuantitativa del crecimiento y, en ese sentido, hablar de desarrollo sostenible me parece que es introducir una contradictio in terminis, de la misma manera que lo es hablar del crecimiento sostenible: si es crecimiento, no es sostenible. Y si es sostenible no es crecimiento.
Tendremos que buscar otras formas de articulación económica que nos permitan salir tanto del crecimiento como del desarrollo.

Le planteo ahora la problemática de la implantación del decrecimiento en cuatro zonas distintas del globo.
Primero, en Asia: ¿cómo convencer a un país como China, que ya es el segundo Estado más contaminante del mundo y próximamente será el primero, para que detenga su salvaje modelo productivo y apueste por el decrecimiento?
La única manera de hacerlo consiste en que los países del Norte desarrollado, los países capitalistas, asuman estrategias de decrecimiento. Ese es el único argumento moral para pedir que China asuma un modelo de crecimiento no tan agresivo como el que despliega hoy. Que renuncie, por ejemplo, a desplegar la lógica macabra del automóvil tal y como ha cobrado cuerpo en el mundo occidental.

Vayamos a África: ¿cómo se puede aplicar la idea del decrecimiento en un continente donde, salvo contadísimas excepciones, como Sudáfrica, ha fracasado el crecimiento entendido a la manera occidental?
Yo creo que en África las cosas las tienen paradójicamente más sencillas: se trata de recuperar muchas de las prácticas tradicionales de la población.
Los pueblos africanos, en condiciones muy precarias, han demostrado su capacidad para generar redes sociales y solidarias que han permitido resolver mucho de los problemas. Me temo que esta es una capacidad que hemos perdido nosotros, los, aparentemente, civilizados hombres blancos.

En América Latina, ¿tiene usted constancia de algún país o alguna región donde se esté aplicando, si no en su totalidad, si en parte, algunas de las premisas y acciones que promueve el decrecimiento?
Creo que buena parte de las políticas que alientan las comunidades indígenas en países como Bolivia o Ecuador beben de una filosofía muy próxima a la del decrecimiento. Y es saludable que en esos países se hayan empezado a marcar las políticas gubernamentales.
Me temo que, en sentido diferente, algunos de los gobiernos de izquierdas, por lo demás muy respetables, de otros países siguen embaucados por la lógica productivista y desarrollista importada del Norte opulento y del mundo occidental.

Quisiera analizar la viabilidad del ‘decrecimiento’ en ese “Norte opulento” al que usted hace referencia, centrando el foco en Estados Unidos.
Después de la tremenda catástrofe ecológica que ha supuesto el vertido de petróleo en el Golfo de México tras el hundimiento de una plataforma de la empresa BP, ¿ve creíbles las amenazas que lanza el presidente norteamericano Barack Obama a las petroleras?
Y más importante aún, ¿ve creíble y sincera su apuesta por las energías renovables?
Rotundamente no. Yo creo que Obama sigue claramente marcado por el lógico juego de las grandes empresas transnacionales del petróleo. Me temo que la decisión en su momento de alentar nuevas prospecciones o su apuesta, muy clara, por no reducir los niveles de consumo, aconsejan concluir que, en el mejor de los casos, lo que está diciendo en relación con las energías renovables, concibe estrictamente a estas como un nuevo negocio más o menos floreciente y creo que, en un escenario lo que está en peligro es el futuro de la especie humana y de las demás especies que nos acompañan en el planeta, no es ese el camino que tenemos que seguir.

Y ya para terminar, profesor, ¿cuál es, en su opinión, el camino más adecuado para hacer llegar a la población el mensaje de cambio que lleva implícito el decrecimiento y que este mensaje penetre realmente en las sociedades capitalistas del siglo XXI?
Yo creo que la manera más rápida consiste en recordar que el crecimiento económico espectacular registrado en nuestras sociedades, la disposición creciente de nuevas y ambiciosísimas tecnologías no ha acrecentado, en modo alguno, nuestra felicidad y nuestro bienestar, algo que nos obliga de manera forzosa a buscar otro tipo de horizontes. Hay una máxima de un filósofo griego que dice que ‘no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita’, y creo que es de aplicación inexcusable en un momento crítico para la civilización capitalista como es este.

Fuentes del texto:
Elaboración propia
Fuentes de las imágenes:
Universidad Internacional Menéndez Pelayo y Revista Pueblos

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