Declaración de Intenciones

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Siempre me ha apasionado la política. Desde que comencé a desarrollar la capacidad de razonar y entender el mundo que nos rodea, un conflicto interno de ideas me hacía balancear de un lado a otro sin comprender muy bien dónde se detendría, por fin, mi eterna duda. Aún hoy me inquietan constantes batallas morales, sobre cuál será el sistema y el planteamiento político más justo posible. A grandes rasgos, encuentro tres fenómenos o factores de desequilibrio social; la desmedida ambición por el poder, el sistema económico capitalista y las religiones. Acuñando una de las célebres frases del político británico Winston Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”, cuando hablamos de política nos referimos a una cuestión arriesgada, no exenta de connotaciones.

Sin embargo es cierto que la conquista del Estado del Bienestar no sólo ha enriquecido a los países inmersos en esa misión de llenar sus arcas, sino que ha fomentado una exorbitante desigualdad respecto a los denominados países del Tercer Mundo. Además, existe un desequilibrio en las propias naciones de occidente donde los grandes empresarios, constructores, altos ejecutivos, etc. amasan fortunas incalculables a base de explotar recursos como el factor trabajo. Por no hablar de las millonarias fortunas heredadas por toda esa farándula con títulos nobiliarios, esperpentos, jácara ridícula de personajes pintorescos que parodian la sociedad y que se pavonean de sus palacetes, terrenos y demás posesiones que bien debieran ser expropiadas…

Desde que nacemos se nos trata de educar en base a una serie de valores como la amistad, la bondad, la justicia, la igualdad, el respeto, etc. Valores que en poco tiempo comienzan a deteriorarse debido al sistema en el que nos encontramos. Nuevos términos como poder, éxito, fama, competitividad, riqueza o superioridad interrumpen para apoderarse de nuestras vírgenes conciencias. Un sistema en el que el fin último es la obtención del máximo beneficio económico, en el que el citado factor trabajo es el elemento menos valorado y en el que se fomenta la rivalidad entre personas para alcanzar el poder, fundamentalmente el económico. De esta manera llegamos a un modelo en el que la manipulación, la corrupción o el soborno son prácticas habituales llevadas a cabo con el objeto de alcanzar ese dominio.

Este problema no es propiedad exclusiva de los países desarrollados, y a él se une otro factor no menos importante; las religiones. De todos es sabido que a lo largo de la historia y llegando a nuestros días, miles de guerras se han librado en nombre de Dios. Ciñéndome a la religión Católica, entiendo que millones de personas necesiten creer en algo, dar explicación a aquello que no parece tener sentido, aspirar a un más allá donde alcanzar la salvación eterna…y lo respeto. El problema ha sido la libre interpretación por parte de la Iglesia de las palabras y obras de Jesús, el miedo inculcado durante siglos a través de la censura, la hipocresía, la persecución, la manipulación, la tortura…Jesús no fundó una religión o una Iglesia, sino que difundió un estilo de vida. El cristianismo es una fe interior, es una vida que no se expresa en un código de leyes ni en un sistema de dogmas, sino en uno mismo.

Otro tema conflictivo es el nacionalismo. El amor a una patria y a una bandera, la lucha por defender un territorio, una cultura, una lengua. Yo quiero a España, sí, por ser la tierra donde nací y donde he crecido, por sus ciudades, sus pueblos, sus paisajes, su gastronomía, por sus costumbres y su cultura; no tanto por sus gentes. No creo en fronteras, monarcas y tampoco en banderas -no por lo menos la rojigualda- (elegida por Carlos III  en el s.XVIII y que representa tanto la irrisoria monarquía borbónica como la terrible dictadura franquista). En España miramos al vecino con envidia y desprecio, al que es diferente lo clasificamos. Miramos de dónde viene y a dónde va, tan solo nos interesa pasar por encima del otro y se nos llena la boca cuando tenemos que defender lo nuestro y atacar lo extraño…

Hay muchas cosas por las que valdría la pena luchar y que son, sin embargo, muy complicadas de cambiar. Se debería empezar por una revolución de las conciencias basada en un viraje social y político; cuyo pilar fuera un eficaz sistema educativo. Pienso en la cultura como arma principal para la libertad y en la igualdad como derecho inseparable del ser humano. Esto permitiría a la población alcanzar una verdadera madurez intelectual, una libertad de elección que posibilitaría la llegada de la democracia popular.

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