De puertas para dentro

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Hoy toca hablar de la ostentación. Ostentar un cargo, un título o una marca visible a los ojos de los demás significa, ni más ni menos, que habrá personas en este mundo que te miren con admiración, con recelo, e incluso con envidia sana o malsana, según vengan los aires. Pero no me refiero a esos aires que remontan el vuelo tras torcer la esquina, sino aquellos otros que llevas en tu propio porte, a sabiendas de que ostentar es peligroso y tentador a partes iguales.
Gente de toda calaña se reviste así de grandeza, aunque a veces sea sólo un síntoma de fachada. Pura apariencia. El lado contrario lo encontramos en quienes camuflan lo que son, cancerberos de la riqueza innata que heredaron o han cosechado, y se esmeran en pasar desapercibidos entre la gente común, el bullicio de las calles y las ventanas indiscretas.

Ahí está, por ejemplo, el palacio Grimani de Venecia. Si alguien sale de la plaza de Santa María Formosa por la ruga Giuffa en dirección a la Iglesia de San Zacarías, podrá perderse en algún punto del camino. Pero si en tal tesitura gira inmediatamente a la izquierda, como por arte de magia, encontrará un palacio construido de puertas para dentro, donde la ostentación vive resguardada y, por eso, nadie lo sabe.

El palacio, perteneciente a una de las grandes familias venecianas de la Edad Moderna, fue abierto al público el pasado febrero después de vivir una restauración que se alargó durante 27 años. Se trata de un legado cultural del siglo XVI impulsado por Giovanni Grimani. El edificio fue convertido en un museo que albergaba la colección de escultura y antigüedades de quien también fuera acusado por la Inquisición por colaborar con los luteranos, lo que le impidió llegar a ser cardenal. El techo de la escalera que da entrada al palacio contiene una alegoría de la Justicia. Sus motivos tendría.

La sala más espectacular es, entre todas, la Tribuna. Una habitación cuadrada cuyo final se pierde hacia arriba gracias a una cúpula acristalada, de la cual pende una águila. El ave, a su vez, agarra a un ángel. Y en ese espacio concentrado con vistas al cielo se supone que estaban expuestas hasta 130 estatuas. Desde la segunda mitad del XVIII, diferentes anticuarios vendieron estas y otras obras (incluidas pinturas de maestros como Tiziano o Tintoretto), que después el Estado se encargó de comprar. Entre los restos, trabajos de Salvati, Zuccari, da Udine o Mantovano se intercalan para unir arquitectura, decoración y pintura en un todo.

Este lugar recóndito representa la dualidad entre lo público y lo privado, aún sin perder la influencia de los siglos anteriores de expansión y fuerza. En los momentos eufóricos que vivió la República Serenísima de Venecia –en decadencia a partir de la toma de Constantinopla por los turcos en 1453-, los Grimani fueron personajes ilustres. Cabe destacar a Antonio, doge (jefe de estado de la república de Venecia), cuya tumba se encuentra en el palacio; a Domenico, cardenal; y al propio Giovanni, patriarca de Aquileia.

Las riquezas del doge Antonio Grimano permitieron a la familia dedicarse al mecenazgo de artistas. Las piezas encajan. De repente, se cierra la puerta y nos vemos de vuelta a una calle modesta, a una especie de fondo de saco donde yacen recuerdos de la ciudad decadente que en su día conquistó territorios y mares. Y ahí yace ahora Venecia, cautivándonos con sus canales.

Fuente de la imagen:
Sala Tribuna. Palazzo Grimani. Venecia (Italia)
Autor: Marcello Orlandini

1 Comentario

  1. Me parece interesante el giro que propone la autora, aunque ostenta de un vocabulario prolífico y así lo hace notar, el matíz sencillo en su reflexión sobre la “ostentación” (muy válida, por cierto,) sólo hace más fascinante la descripción que le sigue. En las lineas se adivina una mirada acuciosa, una capacidad de sorprenderse y una personalidad atractiva, lo que, por suerte, vemos acompañada de un hermoso rostro y una estupenda mujer. Gran futuro le vaticino si apunta hacia el sur.

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