De opios y naciones

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Un día, España ganó un Mundial de fútbol.

Después de años con la práctica infame de ver ganar a otros, los ciudadanos reventaron por fin de euforia como un globo. En esa explosión las calles se infestaron de banderas y signos de alegría colectiva, y se dio una credibilidad de fanático a todo oráculo acertado. Los periódicos se dieron tanta prisa en publicar la gran noticia que apenas la filtraron por correctores ortográficos, y todo el país se enteró de que la “seleción hespañola abía ganado el más prestijioso campeonato futbolístico del mundo hentero”.

Desde ese mismo momento los calendarios se fabricaron con una gran muesca de serie encima de aquel día, el del triunfo total del fútbol español, como parte memorable de la vida de todo ciudadano (por la cual ya habían pasado, sin inmutarla, el triunfo total del voleibol español, del ciclismo español y hasta del cricket español). Era aquel un pueblo de pasiones, de carácter mediterráneo y luminoso, inmodesto amigo de celebrar logros con grandes fiestas y comilonas, así como de ahogar con alcohol los fracasos del pasado. Las danzas y guitarras se mezclaron con coplas futbolísticas. Algunos, los más efusivos, se emborracharon y procrearon y prometieron grandes cambios en sus cursos vitales aquella misma noche. Los jóvenes abandonaron en masa sueños universitarios. Los viejos celebraron lo larga que podía ser una vida y las sorpresas que aún podía deparar el día a día.

En los días venideros, los informativos dieron gran cobertura al acontecimiento. En las redacciones habían trasnochado escribiendo la crónica del suceso de siete formas distintas hasta que todo dato o anécdota dejaron de resultar nuevos. Pero el periodismo puede rellenar de zumo a una naranja exprimida. Se comenzó entonces a contar lo mismo en verso, en oda, en metáfora. Se escribía de la copa levantada por los triunfadores que estaba “hecha del material con el que se fabrican los sueños”. Y otras cosas aún más cursis, y menos insólitas.

En la calle, ninguna revolución social hubiera generado mayor y más alegre caos. La movilización de los seres apáticos fue entusiasta. Los espíritus de París, Praga y Cuba eran alcanzados y pisoteados sin necesidad de una meta trascendental. ¡Maravillas de la motivación humana! Se besaban enemigo con enemigo y patrono con obrero. Los patriotas se mezclaron con los independentistas. Los falangistas, por primera vez, se sintieron parte de un sentimiento general –y no de una furibunda minoría-: podían vestir banderas y lanzar sonoros mensajes partidarios al elevamiento poético del país de origen sin levantar protestas de los antifascistas.

Era una revolución. Bien es cierto que la espontaneidad del mayo francés o de las revueltas campesinas se había visto sustituida por una estudiada y multimillonaria campaña publicitaria para la movilización venida desde arriba, pero el resto de aspectos era en todo similar (la juventud, los eslóganes, los villanos y los héroes… ya fueran Cohn-Bendit o Iniesta, qué importaba).

Los presentadores de informativos ya decían, desde su status de mesura y objetividad, que los jugadores españoles “eran los mejores del mundo” aún antes de que ganaran. Opiniones no tan imparciales inflaron hasta el infinito la telebasura durante las semanas siguientes. Se irguieron templos y acuñaron monedas con las caras de los triunfadores, y grandísimos retratos de los héroes boquiabiertos y en pose de máximo esfuerzo, como gladiadores romanos, fueron colgados y glorificados por el misticismo y el photoshop. Cuentan que, en aquella tierra sedienta de mitos pero borracha de renombres, muchos artistas se inspiraron en las grandes figuras de los pateapelotas para escribir gestas y romances rápidamente perecederos. Por una vuelta del destino, se convirtieron en grandes oradores aquellos que nunca tuvieron gran cosa que decir.

Todo se simplificó tanto como un cuento. Los colores nacionales se imprimieron en carteles y vallas, en autobuses, fachadas, en camisetas y espalderas, en camiones, en humo de aeroplanos, e incluso se adulteraron razas de palomas y gansos para que nacieran con los colores rojigualda (hasta que, por un error en la mezcla química, una tonalidad alterada azuló lo rojo y nació para horror de todos un pato contrario a la monarquía). Además se recuperaron los cargos de traición militares para aquellos que no defendieran su propia nación y se decantaran por otras. Los niveles de tribalismo y chovinismo y patriotismo y nacionalismo se dispararon por unos días sin que nadie en el mundo lo encontrase extraño. En los días de la exaltación se atacaron puestos de comida coreana y de calzado marroquí.
Y el pueblo español salió a celebrar su orgullo patrio mientras a su espalda ejércitos de psicólogos alevosos asociaba el concepto futbolístico a todo tipo de productos publicitarios, haciendo a las ventas por inconsciencia requeteduplicarse sin que nadie advirtiera el embrujo.

Y hubo otro Chernóbil a muchos kilómetros de distancia, pero los titulares fueron para un futbolista que besó a su novia en no sé qué momento de euforia.

Y esa es la historia de cómo España, durante un tiempo, se convirtió en un rincón de calles llenas y de periódicos vacíos.

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