Cuento del fondo y de la superficie

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Entonces, niños, la mina se derrumbó y se bloqueó hasta la última de las salidas. Quedaron todos los mineros dentro, atrapados. ¿Qué cuánto son 700 metros? Pues, para que os hagáis una idea, pensad en algo alto, muy alto: el Pirulí, por ejemplo; el Pirulí tiene 200 metros. Estaban a tres pirulís y pico de profundidad. Era como quedarse dentro de una sauna muy oscura, muy fuera del alcance del hombre, sin poder salir.

Y diréis, angustiados, ¿y no murieron?

Pues no, los mineros no sólo no murieron, sino que se las apañaron para contactar con el exterior. Entonces los que estaban fuera de la mina se dividieron: la mitad emprendió las tareas para salvarlos, y la otra mitad –y con la misma urgencia- comenzó a rellenar páginas de prensa. La palabra “milagro” no faltaba en ningún titular. La noticia llegó a todos los rincones del planeta.

Y diréis, vaya, y ¿por qué hablaron tanto de ellos? ¿Es que eran los primeros mineros que quedaban atrapados en la historia de la minería?

No, qué va; sin ir más lejos, niños, sólo en los últimos años, murieron setenta mineros en una explosión en Colombia, y treinta en una mina de carbón turca, y sesenta y cinco en México. Y en China, y en Sierra Leona, y en Rusia. En Turquía les dijeron que “morir es el destino de los mineros”.

Y diréis, ¿y qué pasó luego? ¿Los rescataron?

Efectivamente. Tardaron meses, pero lo hicieron. El día del rescate aquello era una auténtica feria mediática. Aún me acuerdo. Todos los fotógrafos del mundo se pegaban por un hueco a la entrada de la polvorienta mina. En internet, un vídeo con el gran rótulo ON AIR iba mostrando al mundo el rescate íntegro: el desierto, las poleas, las botas sucias, la maquinaria yanqui. Uno veía todo aquello desde el interior, limpio y seco, de su propia casa, como quien ve una película. Cuando no ocurría nada, enfocaban a la polea: la diosa madre, la salvadora, con su giro triste de noria.

Mientras, la prensa nunca dormía, nunca descansaba, nos apabulla con las historias más trágicas de los mineros: sus vidas duras, su miseria, sus padres asesinados en la dictadura, sus familiares eliminados en la caravana de la muerte. Los primermundistas nos encontrábamos el corazón. Podíamos verlos salir de las profundidades, besar el cielo, abrazarse a sus familias, a las que se les caían los cascos. De la emoción, se entiende. Había que estar atento para no perderse el momento de otra liberación, pero los telediarios ya preparaban resúmenes lacrimógenos con los que distraernos. Los grandes diarios digitales se pegaban por la actualización continua, tachando caras liberadas de una larga lista. Cada media hora, la imagen de portada de los periódicos cambiaba por otra más emotiva, seleccionada por diseñadores de telenovelas.

Y diréis, niños, ¡cuánta expectación generó el rescate de unos humildes mineros!

Pues así fue. El ser humano se conmueve más con las historias cuando son cómodas, es decir, cuando acaban bien. Las situaciones extremas, cuando son de otros, nos gustan, qué leches, nos ponen: las cosas como son. Además, para los medios era más fácil hablar de esto, una historia superficial (ah, ¡qué tremenda paradoja!), alimentarnos con toneladas de detalles insustanciales que pararse a explicar las razones del golpe de estado en Ecuador. Por cierto, ¿sabéis qué pasó?, pues que el patriotismo nacional y minero se disparó. La popularidad del presidente subió como el helio. Todo se impregnó de felicidad, cristianismo y fascinación por el triunfo de la tecnología.

Y diréis, ingenuos oyentes, ¿y cómo es que el presidente, un hombre corresponsable de las malas condiciones de seguridad de la mina, corresponsable por tanto de la tragedia vivida por los mineros, era ahora un hombre popular y querido?

Ah, inocentes preguntas de niños. Cuando os hagáis grandes, lo entenderéis.

El caso es que el cuento acabó con un final feliz. Los mineros tuvieron algunos días de fama y de millonarias pujas por sus relatos antes de ser olvidados del todo. El mundo pasó unos días de conmoción por las condiciones mineras y de sincera indignación, antes de olvidarse por completo del asunto.

Y diréis, ¿cómo es posible que exista una sola empresa en el mundo que tenga a gente contratada así, jugándose la vida en condiciones lamentables, a su servicio, por dinero? ¿Cómo es posible que unos hombres valgan tan poco como para que otros les tengan precio puesto?

Ah, cándidas preguntas de niños. Cuando os hagáis grandes, lo entenderéis.

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