Cuando una sonrisa valía un mundo

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Cinco horas de viaje, si no fueron más, hacia nuestras vacaciones. En verdad llevábamos sin cole desde Junio, pero Agosto era nuestro mes. Muchas maletas, cuatro personas en un coche, dos de ellas pequeños e inocentes (seguramente cansinos) niños ilusionados y un calor de morirse. Por aquel entonces el aire estaba condicionado a que abrieras las ventanas. Seguramente alguna que otra parada para vomitar, yo era experta en eso. Y al llegar muertos, cansados a nuestro veraneo pusimos una sonrisa de oreja a oreja y conseguimos arrastrar a mi pobre padre a ver los PowerRangers, la película. Sí, disfrutamos como niños. Por aquellos tiempos aun existían los cines al aire libre, una pena que estén desapareciendo. Bueno, pues sentados en aquellas sillas grises típicas del bar de playa, con pipas y el bocata para el descanso, otra tradición pérdida; nos emocionamos y vivimos la historia como nunca. La película era mala, no, malísima. Pero la mirada de un niño puede arreglar lo inimaginable.

La ilusión por ver aquel, con perdón, bodrio hizo que no nos importará ni el cansancio, ni el calor, ni que nuestro padre estuviera reventado. Había que ver esa peli, era un imperativo, una necesidad. Cuestión de vida o muerte. Creo que desde entonces he conocido a poca gente con tanta emoción por ver una historia en la gran pantalla. Los cinéfilos que he podido encontrar se han fijado siempre en esas grandes producciones de: acción, ficción, terror, históricas, clásicos, etc. Pero yo he sentido realmente alucinación con las destinadas a niños. A pesar de mi edad. Sobre todo porque durante una hora o dos vuelvo a ser esa enana que creía que los juguetes por la noche tenían vida, que los animales pueden hablar, que las hadas existen, que el mundo es bonito.

Siempre tengo la sensación que al ver estas películas sonrío sin querer, soy feliz viéndolas. Durante ese tiempo en mi mundo no hay problemas, ni preocupaciones, ni miedos; solo una visión imaginativa y alegre de lo que la vida puede ser y no es. Por ello cada vez que estrenan una de “dibus” busco víctimas de mis deseos fervientes de ir al cine. Shrek, Wall-e, Toy Story 3, Bolt, Megamind, son de las últimas que he podido disfrutar, entre otras. La gente te mira raro cuando dices que te mueres por ir a ver el Oso Yogui, no les culpo. Yo lo hago con quien dice que las películas de Fellini son divertidas. El otro día alguien se río de mí por decir que veo pelis de niños, me recordó mi edad. No le contesté y debiera haberlo hecho. ¡Maldita buena educación que me dieron mis padres! No creo que me vuelva a cruzar con esa persona, pero si pudiera volver a ese instante le preguntaría si ha disfrutado alguna película como cuando tenía seis o siete años. Si esa persona fuera sincera me diría que no. No es que llegados a ciertas edades no disfrutes del séptimo arte, lo hacemos. Lo que no haces es apasionarte durante meses por la espera, enamorarte durante el visionado y revivirlo durante otros tantos meses más. Comentando una y otra y mil veces las escenas más asombrosas y escenificándolas a la menor ocasión. Ese regalo solo lo sienten algunos pocos.

Personalmente no me importa que crean que soy rara por ver este género concretamente, me encanta tener la edad que tengo y poder volver a la edad que nunca más tendré. Me gusta salir del cine pensando que ese mundo pudo existir mientras yo creía en él, que todo es tan sencillo como para los animalitos o los muñequitos, que siempre hay un final feliz. Y me gusta sobre todo porque sé que en la vida, en la real, en mí día a día y en el de ustedes no es así. No me niego a películas de contenido más…serio o riguroso, ni a otro tipo de ficción no animada, pero de vez en cuando ver estas producciones me sirve como terapia. Como si con esa sonrisa que se me dibuja en la cara pudiera conseguir todos mis finales felices, convencer al vencido y a mi misma de que no está todo perdido. Como futura periodista debo leer todos los días algún periódico y admito que algún día me lo salto porque no quiero ver lo que pasa, medio planeta en guerra, enfermedades, muertes, accidentes, medidas y polémicas absurdas, etc. Cuesta encontrar una noticia alegre incluso en deportes. Sumándolo a los problemas que pueda tener uno mismo, todo esto merma la moral de cualquiera. Por ello me he propuesto no dejar de disfrutar, no solo de ver, todas las películas de niños que estrenen. Intentaré no perderme ni una, me convertiré en una cinéfila de la felicidad momentánea. De la inocencia.

Fuentes de las imágenes:
www.nadiemejorquenadie.blogspot.com
www.taringa.net
www.abcpedia.com

4 Comentarios

  1. Buen articulo. Yo sigo viendo tambien peliculas de dibujos (no tantas como tu) y me gusta porque me ilusionan, me distraen y no me hacen “pensar”. Para pensar ya tengo las 23,5 horas restantes del día…

    No cambies ni permitan que lo intenten.

    Un saludo.

  2. Recuerdo la peli de los Power Rangers, y esa época en particular. No habrá nunca una época mejor que la niñez, por eso, al igual que tú, en ocasiones me gusta ponerme a ver una peli infantil (de hecho, no paro de ver dibujos todo el día en la TDT jajaja) Simplemente me encantan. Bien es verdad que a veces soy uno de esos que se extrañan al escuchar “quiero ver el Oso Yogui” en boca de otra persona, pero no es por el hecho de querer ver una peli para niños, sino por querer ver “eso” jejejeje

    Muy buen artículo.Nunca dejemos de ser como Peter Pan =)

  3. Magnifico articulo! Nunca dejes de soñar como un niño pues perderas la magia que hay en tu vida, la ilusión por lo imposible, la inociencia de la infancia…
    Maginifico articulo!!!

  4. Es maravilloso ver como eres capaz de recrear ese estado de inocencia, de ilusión, no hay nada más bonito que la alegria de un niño al ver su ilusión realizada, y por suerte yo he podido verlo. Es un artículo realmente precioso. No cambies.
    saludos

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