Cuando dos y dos no son cuatro

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Siempre me ha resultado cuanto menos curioso el distanciamiento, a mí parecer más que evidente, entre la ciudadanía y la ciencia económica. Encuentro incomprensiblemente paradójico que una disciplina que puede proporcionar a la sociedad un considerable grado de bienestar o, por el contrario, hundirnos en la más absoluta de las miserias, sea percibida como fría y ajena. Además, como consecuencia de este hecho, los economistas somos vistos en infinitud de ocasiones como personas de verborrea fácil cuyas explicaciones desprenden una complejidad directamente proporcional a la cara de embobados que se nos queda al escucharles. Y es que, aunque parezca sorprendente, el supuesto conocimiento de unos pocos “economistas” logran despertar la admiración de demasiados. Probablemente la explicación radique en la pasmosa facilidad con la que los datos económicos pueden ser manejados: unos pocos siempre verán el vaso medio lleno, otros medio vacío y unos terceros (siempre con cifras en la mano y con argumentos “científicos”, faltaría más) podrán acabar demostrando con fórmulas econométricas el sexo de los ángeles. No es de extrañar, pues, que con semejante batiburrillo el ciudadano de a pie se aburra y opte por pensar que todos estos supuestos expertos tratan de engatusarles con un cuento chino que no convence ni al propio orador.

Las personas que tienen puestos de responsabilidad o que aparecen en los medios de comunicación asiduamente tienen el deber y la obligación moral de no utilizar un arma tan mortífera desde el punto de vista intelectual como la demagogia. Sus efectos colaterales son devastadores: la confusión de los ciudadanos y su consecuente pasotismo ante los problemas sociales.

Digo esto porque uno escucha muchas cosas cuando enciende el televisor pero algunas superan los límites deseables y te acaban provocando una suerte de indigestión mental. Hace sólo unos días, en el programa “El Gato al Agua” (Intereconomía TV), Cristina Alberdi calificaba a Zapatero de “ignorante” por haber dicho que “la economía es una cuestión de ideologías”. La susodicha argumentaba que la política económica no es opinable, que hace tiempo que en el seno de la Unión Europea se ha llegado a un consenso sobre lo que es conveniente hacer en materia económica y que los dirigentes políticos han de limitarse a seguir esas directrices. Ojalá fuese tan fácil, Cristina. Lo peor de esas palabras no son el agravio directo hacia el Presidente, ni siquiera la fuerte carga de cinismo con la que están revestidas (en efecto, antes de llamar ignorante a alguien, hay que asegurarse bien de que la propia ignorancia no esté llamando a tu puerta).

Lo peor de todo será el efecto que esas afirmaciones crearán en la opinión pública. Es decir, las decenas, centenas, tal vez miles de personas a las que ha engañado con semejante falacia. Si en las Facultades de Economía se estudia una asignatura llamada Historia del Pensamiento Económico es precisamente para enseñar a quienes posteriormente ejercerán esta profesión que la Historia está llena de ejemplos de grandes economistas, Premios Nobel muchos de ellos, que defendían posturas completamente contrarias. Escuelas de pensamiento enteras (Clásicos, Keynesianos, Escuela de Chicago, Escuela Austríaca…) se han enzarzado en grandes discusiones académicas demostrándonos, que por suerte o por desgracia, en Economía dos y dos no suman siempre cuatro. Recuerdo incluso cuando uno de mis profesores nos llegó a decir (con toda la razón) que toda ciencia (y más aún las ciencias sociales) están impregnadas de juicios de valor: cuando un economista decide investigar sobre un hecho y no sobre otros, en ese simple ejercicio de discernimiento, ya ha inoculado juicios de valor a su investigación. Por consiguiente, me atrevería a decir que no hay ciencia más “subjetiva” (a pesar de la aparente contradicción) que la ciencia económica.

Como economista, me enerva escuchar este tipo de declaraciones, completamente torticeras y propias de alguien absolutamente analfabeto en la materia. Y mi indignación crece en intensidad cuando esas palabras provienen de alguien cuya única motivación parece ser el resentimiento hacia un partido gracias al cual, por cierto, Cristina Alberdi llegó a ministra. Claro que, si Esperanza Aguirre evita que te quedes en la estacada después de que te expulsen del Partido Socialista y te presta algo de cobertura política nombrándote presidenta del Consejo Asesor del Observatorio contra la Violencia de Género de la Comunidad de Madrid, así es mucho más fácil desautorizar a Zapatero aunque sea a base de aberraciones ¿verdad, Cristina? Lamentablemente, el chaqueterismo no tiene precio en este país, y eso es algo que este tipo de personajes conocen muy bien.
No hace falta decir quién es más ignorante. En este caso, las palabras han valido más que mil imágenes.

Fuente de la información:
Propia
Fuente de la imagen:
http://www.diariodenavarra.es

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