Crítica a una muerte anunciada

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El Centro Cultural Británico de Lima (Perú) presentó en temporada la puesta en escena Crónica de una muerte anunciada, que se va a retomar este verano. Siempre ha sido un riesgo llevar textos de la Literatura al teatro, entendiendo por eso, que ambos géneros no son lo mismo. La dramaturgia requiere una elaboración distinta, identificando el elemento activador, el punto de ataque, los objetivos, los puntos de quiebre donde surgen las anagnórisis…  

Al entrar a la sala del Centro Cultural, uno puede contemplar la evidente plaza de toros. Empieza una procesión de actores que hacen recordar a la puesta en escena del reconocido director español Távora, en la clausura del Festival Latinoamericano de Cádiz, en 1992.

El Director de esta puesta en escena, el colombiano Jorge Alí Triana, nos plantea la imagen de un Santiago Nasar desnudo (como un toro, que tiene una muerte anunciada), corriendo desesperadamente por el escenario. Nasar desconoce que va a morir, de la misma manera que el toro, sin embargo, con el pasar de los minutos, se muestra sin objetivo alguno, sin urgencia. Su muerte es inminente. Los toros en ruedo, en cambio, tienen furia, luchan y pueden herir. Este error de concepto, tira abajo la justificación de la plaza de toros. 

Por otro lado, la manera en que colocan la muerte de Santiago Nasar no es creíble. Le hubiese dado un mejor significado, ver al actor desnudo y cubierto de sangre. Lejos de ello, la puesta en escena recobra interés al mostrar la vida del personaje que interpreta Nidia Bermejo. Su papel le da sentido a la obra y por momentos, hace olvidar que parece una historia contada en el escenario. Esto hace notar, entonces, que el texto no está bien constituido dramatúrgicamente.

Otro punto de inflexión, hubiese sido ver la escena de la noche de bodas con los dos personajes completamente desnudos. ¿Si Triana tuvo el valor de sacar a Emanuel Soriano desnudo, por qué no a otros dos actores? Eso le hubiese dado mayor naturalidad, a la vez ternura y, al final, mayor impacto a esa escena.

Lo que es bueno de la dirección de Triana es su trabajo con el elenco. Todos tienen una buena dicción, pronunciación y proyección de la voz. La obra, al ser por momentos coral, requiere de un trabajo de voz en particular, que fue bien guiado. Así vemos que actrices jóvenes como Leslie Guillén y Stephanie Orué, sacan lo mejor de sí mismas para lograr un buen desempeño en el escenario.

A esto, podemos sumarle el trabajo individual de cada actor y su buen desempeño en materia colectiva. Ni qué decir de Emanuel Soriano; los reconocidos Carlos Mesta, Carlos Victoria, Gabriela Velásquez, Claudia Dammert, entre otros. Faltan pocas semanas para que la repongan, así que si aún no la han visto, anímense. Desde ya, les dejo esta crítica anunciada.

  Imágenes cedidas por Centro Cultural Británico

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