Crisis sin moraleja

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Las ayudas al desarrollo han descendido desde el inicio de la crisis. Mientras se inyectan sumas millonarias al sistema financiero para salvar a las entidades bancarias, se recortan las partidas presupuestarias destinadas a la ayuda humanitaria. Recortes que afectan a la población más desfavorecida del planeta, que poco o nada tiene que ver con la actual tesitura económica y, sin embargo, paga sus consecuencias.

La crisis económica mundial acrecienta las diferencias entre países ricos y países empobrecidos. La Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) del pasado año descendió en España más de 900 millones respecto a 2010, lo que se traduce en una reducción del 17 por ciento de las ayudas. Los Presupuestos del Estado de 2012 no serán más alentadores, los recortes continúan. La meta acordada por la ONU, destinar el 0,7 por cierto del PNB de sus países miembros a ayudas para el desarrollo, parece más inalcanzable que nunca.

Los recortes se suceden y las desigualdades se acentúan. El mismo día que el Eurostat comunicó que la economía de la Eurozona había descendido un 0,3 por ciento en el último trimestre de 2011, la ONG Save The Children informó de que la malnutrición mata cada año a 2,6 millones de niños en el mundo. Se trata de otra crisis que no aparece cada día en nuestros televisores, una “crisis escondida que amenaza la economía mundial”, en palabras de la Organización Mundial de la Salud.

La Unión Europea y Estados Unidos, principales donantes de ayuda humanitaria y de desarrollo, han recortado las partidas presupuestarias dedicadas a los países empobrecidos. Ante una situación de crisis como la actual, la erradicación de la pobreza deja de ser una prioridad. Si este planteamiento no se corrige, en quince años 450 millones de niños sufrirán malnutrición, dolencia que supondrá graves secuelas mentales y físicas…, o la muerte.

Cada hora mueren 300 niños a causa de la malnutrición, según el último informe de Save the Children. Una cifra que aumentará con el descenso de las ayudas para el desarrollo. La actuación de los gobiernos para salvar al sistema financiero tiene un coste. La economía de los estados y sus ingresos descienden, la necesidad de recortar presupuestos es inexorable. La cuestión es dónde meter la tijera. Las ayudas humanitarias son la mejor opción, porque quienes sufren estos recortes no tienen voz, no se manifiestan, no votan, no pagan impuestos…

Nada impide a los países reducir las contribuciones al desarrollo. El derecho internacional carece de cualquier instrumento que obligue a los estados a mantener sus ayudas. El consumismo, el exceso, la codicia de los más ricos…, desataron esta crisis mundial. Son los más pobres los que sufren las máximas consecuencias: morir de hambre. La reducción de las contribuciones implica que millones de personas en el mundo no tengan qué llevarse a la boca. La FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) alertó del incremento de los precios de los alimentos, un aumento promovido por la crisis capitalista que viven Europa y Estados Unidos y que acentúa aún más las desigualdades y la pobreza.

Los efectos de la recesión económica son palpables en todo el mundo. Sin embargo, la intensidad de dichos efectos es muy diferente según el continente y el país en el que nos situemos. Mientras los países ricos inyectan sumas millonarias al sistema financiero, millones de personas en todo el mundo ven cómo el hambre y enfermedades curables les arrebatan sus vidas.

El 44 por ciento de los españoles considera que la ayuda al desarrollo debería ser prioritaria en los ajustes. Sin embargo, la mayoría se muestra a favor de la ayuda humanitaria y considera que la cantidad destinada a este fin debería ser mayor. De poco sirven estas consideraciones cuando la realidad demuestra que se prefiere vivir con más a costa de que otros tengan menos. La crisis actual es el resultado de vivir en la abundancia y el exceso; sin embargo, parece que no hemos aprendido la moraleja.

Fotografías: TKnoxB

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