Contra todo pronóstico

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Andalucía se resiste al cambio. Treinta años de hegemonía socialista, marcados por un gran desgaste del partido y un elevado índice de paro y corrupción, no han sido suficientes para que los andaluces depositaran su confianza en la derecha. Pese a ser ganar sus primeras elecciones en la historia de la democracia, con cincuenta escaños, el Partido Popular no obtuvo la mayoría absoluta necesaria para hacerse con la codiciada Junta.

La victoria de Javier Arenas parecía inminente y la voluntad de cambio unánime, a juzgar por los resultados de las encuestas preelectorales, pero la noche del escrutinio tomó un rumbo inesperado que truncó las expectativas de lo que iba a ser un cambio histórico. Los resultados pusieron fin al poder hegemónico del Partido Socialista, que obtuvo 47 escaños, y dieron un amplio margen de maniobra a Izquierda Unida, que, con doce diputados, despierta de su letargo para decidir el futuro de la comunidad, pactando con los primeros y frenando en seco las aspiraciones del Partido Popular, al que le faltaron cinco escaños para la mayoría absoluta requerida para gobernar.

El PSOE lleva tiempo dando muestras de debilitamiento; treinta años ininterrumpidos al mando del gobierno son más que suficientes para advertir su desgaste, así como el de su administración. Los efectos de la crisis y su desafortunada gestión han sido devastadores en la comunidad más poblada del país, cuya  tasa de paro se encuentra por encima de la media nacional.

Las derrotas socialistas en las municipales en mayo de 2011 y en las generales el pasado 20N ya evidenciaron el descrédito del partido por parte del electorado, incrementado por los últimos escándalos de los ERE fraudulentos producidos en la Consejería de Empleo en plena campaña electoral. Por esta conjunción de elementos, las encuestas señalaban un significativo descenso de los fieles del PSOE y un aumento del voto popular, lo que erigiría a Arenas como claro vencedor. Sin embargo, la coyuntura en la que han tenido lugar los comicios ha alterado el desenlace.

La participación sufrió un brusco descenso, rozando el mínimo histórico de 1990. Este elevado abstencionismo se ha debido al hecho extraordinario de que los comicios autonómicos no coincidieron con los generales, decisión premeditada por José Antonio Griñán para desvincularse del PSOE fragmentado que lideraba Rubalcaba, algo que le ha resultado determinante para continuar con su mandato.

Pocos meses de Gobierno y de criticadas medidas económicas han sido suficientes para generar una sólida oposición a los populares. Los resultados se interpretan como la resistencia ante la oleada conservadora que experimenta el país desde el triunfo de Rajoy…, y como la necesaria oposición ante la reforma laboral y los recortes de derechos que su partido propone como solución a la crisis. Esta derrota electoral supone el primer revés a lo que amenazaba con convertirse en la mayor base de poder político en democracia, así como la salvaguardia del último bastión de izquierdas desde el que frenar las reformas populares.

Llegados a este punto es fácil observar la singularidad del caso andaluz. El cambio que la comunidad necesita es indiscutible, debido al anquilosamiento del poder autonómico tras tantos años bajo la misma fuerza política, lo que ha calado en el electorado incrementando su desgaste y desmotivación. Andalucía sigue inmersa en un bipartidismo que va más allá del entramado ideológico y poco favorece esto a su progreso. ¿Una alternativa? Pocas son las opciones tras conocer las intenciones de los populares, pero en estas elecciones cargadas de trascendencia nacional, el electorado, en una encrucijada, ha optado por frenar los ademanes conservadores y dotar al Parlamento andaluz de una mayor heterogeneidad y de nuevas voces políticas. Una bocanada de aire fresco, una inyección de optimismo que, quizás, esta vez pueda traducirse en mejora.

Fotografía: María Gámez Málaga

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