Consumidores de cultura: la pintura en la era de la informática

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Fuente: Luis Pablo Núñez

Viajar de una ciudad a otra o incluso fuera del país se ha convertido, hoy en día, en una realidad asequible a través de vuelos baratos. Sin embargo, las circunstancias laborales o la falta de tiempo o de dinero no siempre lo permiten.

Conscientes de ello, en esta ocasión querríamos dar una breve noticia de una interesante exposición que ha tenido lugar recientemente en el Museo Brandhorst de Múnich (Alemania).

El museo Brandhorst, dedicado al arte del siglo XX-XXI, nació de la iniciativa privada de Udo Brandhorst y su mujer Anette (fallecida en 1999) y supone, junto con la colección Goetz también de Múnich, una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes de Alemania. Entre sus fondos se encuentran obras Picasso, Jeff Koons, Damien Hirst, Basquiat, Jasper Johns y un nutrido fondo de obras de Andy Warhol y Cy Twombly. Hoy la colección se encuentra en uno de los edificios de la zona de museos de Múnich y su entrada puede combinarse con la de las otras pinacotecas cercanas (museo de pintura antigua, museo de pintura moderna y museo del diseño y de las vanguardias del siglo XX).

Del 14 de noviembre de 2015 al 30 de abril de 2016 se ha desarrollado la exposición “Painting 2.0: Expression in the Information Age / Malerei im Informationszeitalter“. La idea de la exposición ha consistido en responder fundamentalmente a la siguiente pregunta:  ¿cómo se ha enfrentado la pintura a las transformaciones y nuevos medios del siglo XXI? ¿Ha sido arrinconada ante la fotografía, el diseño gráfico, internet, la videoinstalación? Para responderlo, se ha dividido la muestra en tres partes: la primera, sobre gesto y espectáculo; la segunda, sobre redes sociales; y la tercera, sobre la influencia de la corporalidad en el consumidor actual de cultura y nuevas tecnologías.  Ha sido sin duda una exposición grande, la mayor organizada por el museo y una de las más importantes sobre la pintura más reciente realizadas hasta el momento, no solo en Alemania, sino en Europa, con más de 230 obras de 107 artistas distribuidas en las tres plantas del museo.

La exposición parte del contexto histórico, como no podía ser de otra manera: si con Yves Klein la pintura borra los límites con los happenings, tras el final de la Segunda Guerra Mundial la economía en Estados Unidos y Europa cambia radicalmente e irrumpe la comercialización y el consumo de masas: el arte pop pinta latas de detergente o de alubias y las reproduce en serie mediante fotocomposición, o Jasper Johns pinta banderas de los Estados Unidos en blanco y negro (1959).

La pintura de los años 60 y 70, vinculada con la protesta, hará  preguntarse a los artistas para qué pintan realmente (como en el cuadro de Jorg Vimmendorf: Wo stehst du mit deiner Kunst, Kollege? (1973): a la vista de un grupo de manifestantes de sindicatos al fondo, se le pregunta al artista: ¿qué postura adoptas con tu arte, camarada?). El arte al servicio de la política, o la denuncia de hechos sociales y políticos, tiene otra sala en la exposición, pero también la incorporación laboral de la mujer durante la segunda ola de feminismo de finales de los años 60, cuando ésta se incorpora también al circuito artístico (se dedica una sección a Sylvia Sleigh y al retrato de grupo que hizo con otras contemporáneas —solo mujeres— en 1977-78).

El Expresionismo abstracto examina la mediatización, la influencia de la televisión, y ya en los 80 se habrá abandonado, en general, el uso de la pintura con fines revolucionarios. La cultura popular se ha instalado, ha surgido tras la música punk la New Wave y, como escribiría el teórico Guy Debord en su libro The Society as Spectacle (1967), se borra la frontera entre arte y especáculo: como Duchamp y su urinario, Ashley Bickerton toma un objeto comercial como arte y lo llama Commercial piece #1 (1989); la pintura reproduce marcas o iconos de diseño gráfico (Matt Mullican: Untitled – Signs, 1981); del mismo modo, John Miller Surgen crea maniquíes reales como la vida misma que simulan estar comprando en el súper o esperando que le des la mano.

En los 90, con la popularización de los ordenadores y de internet, pintura y tecnología se mezclan: se usará el ordenador para producir patrones o bases y sobre ellas se pinta; otros harán lo contrario: pintarán cuadros que remiten a imágenes pixeladas, como Albert Oehleb (Easter nudes, 1996) y Michael Majerus por ejemplo. O bien pintan la presencia de la tecnología en nuestra vida cotidiana: Nicole Eisenman, en Beer garden with Ash (2009), nos muestra a uno de los muchos jóvenes de hoy que beben cerveza en uno de los bares de mesas corridas de Múnich con la Blackberry en la mano;  Jane Euler por el contrario prefiere pintar hiperrrealísticamente una toma de corriente en un cuadro de 4 metros x 4 metros: Where the energy comed from.

Desde el 2000, la pintura sigue usándose, pues no se olvida la plasticidad que proporciona, pero se mezcla con otras formas de producción de imágenes: fotocopias, impresión láser sobre lienzo, impresión por tinta… Isa Genzken incluso pega billetes de 20 y 50 euros sobre el lienzo y los pintarrajea de verde por encima (En Geldbild IV, 2014…): nadie así podrá decir que sus cuadros no valen nada…

La conclusión que podemos extraer de la exposición es la siguiente: es indiferente que el arte se exprese hoy mediante pintura, fotografía o vídeo; a lo que hemos llegado, en un mundo cada vez más audiovisual, es a la imagen como arte. Ya solo por esta reflexión merece la pena dar cuenta de una exposición como  esta del Museo Brandhorst y seguirle la pista en sus próximas exposiciones.

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