Conoce a… José Ramón Jáuregui, diputado en el Parlamento Europeo: “Europa tiene dos posibilidades en la nueva gobernanza del mundo: o juega o sencillamente queda fuera”

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Salir al encuentro de un político experimentado en una entrevista con la pregunta trampa, es un ardid que puede dejar mal al propio periodista. No es el caso, ni se pretende. El trato con José Ramón Jáuregui Atondo (San Sebastián, Guipúzcoa, España, 1 de septiembre de 1948) es llano, cordial y a uno parece revelársele una sensación de sinceridad a través de su palabra y de reflexión.
En los minutos que compartimos con él nos habla de sus primeras impresiones e ideas de su aterrizaje en Bruselas sin regatear pregunta alguna y son varias las cuestiones que le han sorprendido e inquietan, sin duda, como la corriente “antieuropea” dentro del propio PE, la falta de una estructura constitucional en la Unión o el papel unido que deben de jugar los países miembros de la UE que acudan al G-20 para diseñar el futuro de las finanzas internacionales. Habla en un tono suave, bajo, se extiende y responde firme. Y mira a los ojos, que quizá es más importante.

Ramón Jáuregui inició su actividad política en el País Vasco y de ahí dio un salto a la española. Ahora, en el año 2009, el que fuera secretario general del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados, se presentó como número dos de la lista electoral del PSOE al PE y se encuadra dentro del Grupo de la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas en el Parlamento Europeo, una institución con la que se muestra crítico, especialmente con algunos miembros de la Eurocámara. “Hay un movimiento antieuropeo, eurófobo, escéptico y mucho más intenso de lo que yo creía”, añade.

Tras una larga trayectoria en la política española, desembarca en Bruselas en una legislatura que arranca su curso político con la realidad de la crisis financiera y económica… ¿Cómo afronta esta nueva etapa en la capital europea?
Con la ilusión de aprender, porque tengo mucho que aprender todavía en Europa y de aportar mi experiencia socialista a un grupo que está necesitado políticamente y de renovación ideológica.

Usted forma parte de un grupo multinacional de socialistas…¿le ha costado cambiar la mentalidad para participar ahora bajo las siglas ‘S & D’ y adaptarse a la nueva dinámica de grupo?
Sí es muy diferente. En Europa, lo que observo es que hay demasiadas fronteras nacionales muy presentes todavía. Cuando tratamos de configurar actitudes y proyectos, espacios políticos comunes en cada grupo, pesan demasiado las realidades nacionales. Y, en segundo lugar, lo que observo es que hay un movimiento antieuropeo, eurófobo, escéptico y mucho más intenso de lo que yo creía. Eso me reafirma en la idea de que Europa sigue necesitando un fuerte impulso político que reclama probablemente una política de grandes acuerdos para impulsar la idea de Europa. Y, sobre todo, para sacarla de este atolladero del que se encuentra después del fracaso de la Constitución y de las incertidumbres que ha generado Lisboa.

¿Es su último reto en la primera línea de la política europea o no descarta volver a España en 2013 para reincorporarse?
Yo qué sé. Quién lo sabe.

Tras el fiasco en la participación electoral en España de las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, se ha abierto un debate sobre cómo comunicar Europa (no solamente en nuestro país), que, por otra parte, ya existía…‘Curioso’ en un momento en que los ciudadanos necesitan a sus gobiernos… ¿Cree que la ciudadanía tiene realmente en cuenta de las políticas europeas y el funcionamiento de las instituciones comunitarias?
Europa queda lejos de las realidades nacionales porque en sí misma la idea europea tiene que irse asentando. Tiene que recorrer un camino, que no es un camino fácil. En todas partes, estamos situados a un debate nacional y desgraciadamente la idea europea penetra con dificultad porque es una superestructura política que a veces resulta difícil de explicar y de hacerse comprender. Yo no creo que hayamos fallado nadie en particular.

Creo que Europa tiene que ser en gran parte vista como la esperanza, como la expectativa, en que todos los problemas tienen solución. Basta con mirar los problemas que están ocurriendo ahora con la cumbre de Pittsburgh. O con cualquier otro problema, como el medioambiente, pasado con la inmigración o con la nueva arquitectura financiera. Si no vamos a mesas globales donde se resuelvan los problemas, las políticas nacionales no van a llegar a eso. Pero eso no lo comprende la gente todavía. Eso requiere tiempo.

Como socialista y europeísta, ¿Cree usted probable que algún día se pueda llegar a crear un Estado de bienestar europeo? …Es decir, ¿puede la crisis estimular la creación de mecanismos de solidaridad (los llamados “estabilizadores automáticos” que existen a escala nacional) más fuertes y rápidos entre los diferentes Estados europeos?
Necesitamos previamente resolver unas cuestiones. Europa necesita una arquitectura política constitucional o semejante, que eso es lo que en el fondo trae Lisboa. Pienso que hay que aumentar progresivamente las competencias económicas de la Unión, hay que aumentar el presupuesto. Hay que crear una fiscalidad transnacional, pero estas cosas van a requerir mucho tiempo. Observo una peligrosa tendencia a renacionalizarlo todo. Es decir, que hay una corriente de fondo de soberanismo nacionalista que es antagónico con la idea de Europa, con el proyecto de una Unión que queremos y pretendemos los países europeos en el siglo XXI de la globalización económica. Vamos a ir por partes pero me temo que los caminos conducen a Roma pero van mucho más despacio de lo que creemos.

En esa perspectiva, ¿cómo valora usted el debate sobre el futuro del presupuesto europeo que está a punto de comenzar, en particular aquellas opiniones que, una vez más, están pidiendo que los fondos europeos destinados a la solidaridad se reduzcan?
Porque hay una tendencia antieuropeísta. Hay gente que quiere que Europa haga menos de lo que hace. Hay gente que no quiere ampliar el propio presupuesto europeo. Esto se ve cuando estás en el propio Parlamento Europeo y tienes que discutir con euroescépticos o eurófobos partidas presupuestarias que pretenden expandir la idea de Europa y explicar lo que hace.
Hay gente que se opone y que quiere reducirlas a cero porque dicen que lo que hay que explicar a los europeos son las ventajas de la desagregación. Hay gente que pone sus banderitas en sus ventas y escaños para reivindicar si es británico o polaco. Esto es lo que la gente tiene que saber: que hay 110 eurodiputados que tienen una actitud más bien antieuropea. Pero no sólo porque también hay elementos relacionados con la filosofía política tendente a la renacionalización. Eso es uno de los problemas de la crisis europea.

Usted es un claro defensor de la ratificación del Tratado de Lisboa. Si los irlandeses dicen ‘no’ el 2 de octubre en referéndum… ¿Es el fin de una Europa unida o bien puede la Unión salir adelante a partir de los tratados actuales?
Yo creo que los irlandeses van a ratificar el Tratado. De lo contrario, como todos los responsables institucionales de la Unión Europea, no me pongo en ese supuesto. Sinceramente, los irlandeses votarán sí. Los sondeos así lo confirman y no merece especular con la tragedia que significaría. Pero sinceramente el ‘no’ irlandés sería una catástrofe.

La CE también tiene por delante una dura labor. La semana pasada hemos visto como el PE se ha pronunciado con rigor con temas que competen al Consejo o la Comisión como las cuotas lácteas y los eurodiputados les apremiaron a realizar una respuesta más firme… ¿Cómo afronta el Parlamento esta nueva etapa en la que ganaría más competencias y se profundizaría en la codecisión con respecto a la CE?
Lisboa es fundamental para eso. En la medida en que el Tratado entre en vigor se podrán aumentar los poderes legislativos del Parlamento pero eso se va a producir yo creo que a partir del año que viene. En el resto de los temas, el Parlamento es una voz que los países y la Comisión no pueden dejar de escuchar, aunque luego los aspectos más pragmáticos no pueden tenerlos en cuenta los países del Consejo. Creo que es importantísimo que el Parlamento siga elaborando posiciones sobre los problemas que tenemos, ya sea Pittsburgh, las cuotas lácteas o el problema de la libertad en Italia para que siga siendo una fuerza europeísta de control y de pulso a la actividad política.

Vienen ustedes de votar la reelección de Durao Barroso al frente de la CE ¿Por qué los socialistas han estado tan divididos en un tema como presentar una candidatura alternativa y en la propia votación? Entiendo que su postura era proclive al ‘sí’, ¿cómo defendió esta postura ante sus colegas de partido europeos?
Fue un error que los socialistas europeos no construyeran una candidatura antes de las elecciones. Eso hay que reconocerlo como tal. Pero lo pasado, pasado. Respecto a la elección, mi argumentación era que no había candidato alternativo, había ganado la derecha y el Consejo de la Unión Europea nos lo proponía por unanimidad. Yo reivindiqué para el grupo socialista un papel activo en un acuerdo. Yo no defendí el ‘sí’ directamente sino una negociación del ‘sí’ para que el grupo socialista planteara una serie de aspectos a Barroso y trabajara abiertamente por el acuerdo, por el sí, porque creía que ese es el papel que le corresponde a los socialistas en el PE. Pero el argumento fundamental de mi posición era que Europa necesita un presidente de visión europeísta y tiene muchos problemas en este momento.

La reelección de Barroso, en este momento, era más bien una opción por Europa o contra Europa. Yo quería un presidente europeísta que diera estabilidad a la Comisión, seguridad a las instituciones. Eso lo daba Barroso. Luego puede haber componentes ibéricos pero eso son los que quizás explicaron la decisión del grupo socialista en la votación final.

El debate de los tratados ha dejado paso en los foros europeos a la necesidad de encontrar respuestas a la crisis a escala europea ¿Cree usted que la crisis va a suponer la constatación de los límites (institucionales y financieros) de los países miembros, o lo que es lo mismo, de los límites a la integración y solidaridad europea?
Yo no diría tanto. Pero la crisis lo que ha puesto de manifiesto es que la supervisión de las entidades financieras tiene que mejorar y tiene que coordinarse internacionalmente. Los países que han tenido una supervisión internacional adecuada, como es el caso de España, no han tenido grandes chascos, grandes cracs, en sus bancos. Pero lo que sí se ha puesto de manifiesto en primer lugar es que una coordinación es imprescindible porque las finanzas son internacionales. Europa tiene, además, que jugar fuerte en las nuevas mesas globales. Estamos en una nueva gobernanza del mundo y tiene dos posibilidades: o juega o sencillamente queda fuera. Si no tiene una voz unida Europa, los propios países europeos desaparecen. Yo diría incluso que, siendo fuertes, tenemos que presionar con imponer en nuestro espacio europeo las normas que defendemos.

Europa afronta los próximos días 24 y 25 en Pittsburgh (Pensilvania, EE UU) la misión de ofrecer una respuesta contundente y coordinada a la crisis junto a otras potencias internacionales en el G-20… Cuando parecía que Estados Unidos era el firme defensor de cortar de raíz los pluses variables pagados a los inversores de banca privada por rendimientos, ahora es Europa quien recoge el testigo y le reclama su compromiso inicial de solucionar este entramado…
Hay muchas más cuestiones. Por eso, Durao tiene razón en su planteamiento de imponer en el espacio económico europeo las normas que los europeos acordemos. Las limitaciones a los bonus son una parte del problema. No es colateral. No conviene que lo simplifiquemos como un detalle anecdótico porque tiene una gran carga simbólica. Es una medida que tiene en sí misma una enorme potencialidad en la perspectiva de que la política y los estados intervienen directamente en los mercados y recomponen el desequilibrio que el neoliberalismo había introducido diciendo ‘el Estado es el problema y no la solución’.

Por tanto, el Estado después de haberse religitimado interviniendo en la crisis financiera y salvando la situación en muchos países, ahora ha dicho ‘basta y voy a poner orden’. Son varios temas, entonces, en lo que viene después: en la supervisión financiera, en la propia coordinación internacional, en el control de los hedge founds, en la homologación de las agencias de calificación crediticia. Estamos renovando Washington.

¿No cree que el debate de qué hay que subsanar, al menos en el plano financiero, se ha canalizado únicamente hacia los bonus? Hay más cuestiones…
Esto es muy importante porque de ahí se deriva unas nuevas finanzas, que son el corazón del mercado. A partir de ahí, para mí hay otros temas urgentes como es el combate de los paraísos fiscales o la búsqueda de fiscalidad transnacional.

La crisis también está poniendo de manifiesto las contradicciones de un discurso moralmente justo frente a ella. La hemos pagado realmente todos los ciudadanos con el paro o con las aportaciones que los Estados han hecho en clave de grandes déficits. Entonces ahora cuando se buscan más compensaciones en la recaudación fiscal, los paraísos y la ingeniería fiscal hacen que los grandes capitales, las fortunas o las rentas altas escapen a ella.

El PE también es consciente de que los países pobres y en desarrollo lo van a tener muy complicado para remontar el vuelo…
Ya se está planteando las ayudas a estos países por parte de la Comisión para que cumplan los objetivos del cambio climático y están pensando en ayudas directas. La crisis ha golpeado evidentemente más a los países pobres. La revisión de esta situación política también tiene que contemplar los objetivos de una recuperación económica equilibrada y este es otro de los grandes temas pendientes. Aquí están la lucha contra la pobreza o el nuevo papel del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Acabamos de conocer que España aumentará la dotación sensiblemente para afrontar su presidencia semestral en la UE casi el doble que cuando la etapa de José María Aznar (de 48 a 97 millones de euros)… ¿Está preparada España para lograr los acuerdos en materia energética, de seguridad del mercado interior y profundizar en los acuerdos sobre el cambio climático que ha fijado en su agenda?
España está preparada. Estamos volcados en eso. Precisamente, la buena relación personal entre Durao y Zapatero también fue una consideración que tuvimos en cuenta. España afronta esta presidencia con una enorme ilusión, con la solidez de un país que pinta, que es importante en la UE y con un presidente adaptado ya a la idea europea que tenía hace cinco años obviamente. Hoy Zapatero tiene una experiencia europea formidable para ser el presidente de la comisión los próximos seis meses.

¿Sería una mala noticia para la presidencia española si los irlandeses ratifican el Tratado y se elige un presidente permanente para el Consejo Europeo?
No, cuanto más sólido esté el organigrama institucional de la Unión Europea, mejor. No tenemos rivalidades ni protagonismo, ni otro presidente que suplante a Zapatero. Todo el mundo entiende que el protagonismo del presidente durante el próximo semestre es incuestionable. Las grandes cumbres que se van a celebrar ya están preparadas. Con un presidente del Consejo, mejor, pero no nos preocupa eso. Queremos que Europa tenga su alto representante cuanto antes.

Fotografía:
Javier López Recio

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