Conoce a… Helena García-Cano Luna, madre, vidente y trabajadora: “Todavía me quedan muchas cosas por hacer y una de ellas es viajar a la India”

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Tener sueños y sonreír a la vida, es la asignatura pendiente de muchas personas hoy por hoy. Pero podemos hallar una excepción. Y en ese campo de entusiasmo se encuentra Helena García-Cano Luna, la cual, se ha llegado a encontrar a sí misma cruzando sus propias fronteras.

Helena (Córdoba, 1968), trabaja actualmente como cocinera en la residencia para la tercera edad Princesa, situada en un barrio distinguido de Córdoba, tras haber pasado por distintos empleos como limpiadora, animadora, vendedora de seguros, camarera… Su otra cara, la mágica, nunca la ha considerado como una profesión porque explica que no lo estudió, no sabe cómo cobrar y que es un don, no un oficio.

Se confiesa fumadora empedernida, y que como buena andaluza, no perdona la siesta. Se ríe hasta de su propia sombra y alega ser la oveja negra de su familia. Disfrutó su juventud y no se arrepiente de nada.

“Con dieciocho años me di cuenta que tenía un don, era la videncia”

Esta mujer cordial y charlatana, que despierta confianza y, a la vez, curiosidad cuando cuenta sus vivencias paranormales, mantiene una relación muy especial con sus hermanos y una extraordinaria complicidad con su hijo adolescente, Alejandro.

“ La gente que acude a mi busca un milagro, pero yo no soy la virgen de Lourdes”

La pequeña Helena de ocho años perdió a su padre quien sufrió un infarto mientras trabajaba con tan sólo cuarenta y siete años. Es aquí donde el sortilegio juega su carta y por primera vez, Helena, comienza a adelantarse a los hechos. Es en el colegio donde irrumpe a llorar. Conoce la noticia de la muerte de su padre antes de que nadie se lo dijese. Su vida y la de su familia les cambió. A raíz de esto, su madre comenzó a practicar quiromancia ( leía las manos) con sus hijos. Habría que esperar varios años antes de que lo sobrenatural se manifestase ante ella.

Brujería, adivinación, hechizo… Helena se sintió perdida en esta nueva puerta que se le abría. Casos de desapariciones o secuestros llegan a esta peculiar cordobesa que confiesa su derrumbe si no hubiese tenido a su madre apoyándola. El resto de su familia también le dio su calor confiando y apostando por ella. Helena consigue encontrar a personas con la mera descripción de lugares que visualiza en su mente. Ella describe esto con la visión del camino de esa persona en el pasado y su lugar actual. Desde Suiza reclaman su ayuda. Ella, se arriesga y decide colaborar. Desde su ciudad, recibe los datos sobre la situación de un alpinista desamparado en una montaña. Lo rescatan con vida en el sitio indicado por la vidente.

“Veo su historia como una película”

De diferentes países, la reclaman y le realizan entrevistas en televisión. También grabaron un documental para mostrar su vida cotidiana. En su humilde opinión declara que posee un trabajo que no tiene nada que ver con su virtud de adivinación y que no se promociona en ninguna parte. Ella no ha querido nunca sacarle partido porque opina que la vida de una persona no tiene un valor.

Dicen que las manos es un portal de energía y se aprecia en las suyas que bailan con un lenguaje propio en el que es fácil comprender este extraordinario pasaje de su vida.

Cuando comenta que es una persona normal y que no posee una escoba mágica, se refiere a la ayuda que esperan recibir los que llegan a ella en busca de un milagro. Helena aconseja y anima a los indecisos, tranquiliza a los inquietos y sonríe a los desconsolados.

Al quedarse embarazada, Helena sabía que sería un varón y ese nacimiento fue especial. El precoz Alejandro, se adelantó un mes y nació con dientes. Ella cuenta que eso era una señal y que él heredó el don familiar de la adivinación pero que lo tiene aletargado como lo tuvo ella.

Una separación dolorosa con un hijo de tres años y ver como su madre se va poco a poco, le hizo caer al pozo del alcohol. Se le apagaron las ganas de seguir hacia delante y cometía locuras como conducir ebria.

Este vicio se encuentra al alcance de todas la personas y ahogó sus problemas en botellas de desesperación. Pero como si de dos pilares en un edificio se tratase, dos amigas la ayudan a cruzar ese río.

“Reconozco que no soporto ver a gente bebida y ver cómo cambian”

Una quincena bastó en el Centro ACALI de Córdoba para superar sus miedos y afrontarlos sin necesidad de matar su sed. Reconoce que en los momentos malos, aparecen las ganas de beber pero en este pulso, sigue ganado ella y no la adicción. En las sesiones de ACALI, conoció un nuevo término: enfermo alcohólico. Y al hablar de ello, se incluye en estos tipos de enfermos.

Acaba su tratamiento, se recupera y la paradoja llega cuando comienza su siguiente trabajo: camarera. Ella se sentía reflejada y valora a esos clientes como un público egoísta y desagradable. Al verlos, veía su propio espejo del modo en el que ella estaba en una época determinada de la que supo salir de ese socavón.

Durante cerca de doce años, sigue sin probar una gota. Hoy, su vida sí tiene sentido: “ Ahora estoy muy a gusto de cocinera”. Cuando habla sobre la relación entre residentes y sus familiares, sus mirada tierna se reviste de un telón oscuro porque ve el abandono de los hijos hacia los padres tras ingresarlos. Junto a sus compañeras, los ancianos las consideran su familia. Algunos de ellos saben que es en ese escenario, la residencia, donde se sucederá su desenlace.

El color tan especial que aporta la brocha de Helena en su trabajo se percibe cuando hablamos de su labor en ese lugar. Allí, canta, baila y su alegría se convierte en la morfina de los enfermos.

“ Las personas mayores son un mundo aparte”

Ella no lo duda, sabe que su último trayecto será un asilo, revestida de parches de nicotina y dando guerra a los trabajadores. No vacila al elegir salud mental, si se tratase de una demencia buena, antes que física. Cuando lo comenta, bromea y se ríe porque ante todo es una persona que huye de lo políticamente correcto para dejar ver a los demás lo sencillo de la existencia.

De vez en cuando, su casa se llena de chicos franceses que llegan a la ciudad califal descubriendo sus rincones y sus pintorescos ciudadanos como ella. Y los ayuda dándoles cobijo de forma cariñosa, casi familiar. A cambio, se lo recompensan económicamente y ella no trata de ocultar que le agrade este trueque. Los jóvenes, tras degustar sus maravillosas migas, se lo agradecen con presentes como el vaso de su equipo de fútbol favorito, el Real Madrid. Otros le obsequiaron con un cenicero.

Sus padres y sus abuelos son sus ángeles de la guarda que velan por ella y la guían como una faro para no volver a tropezar con algún cantil que se atraviese. La mano en el hombro, su apoyo fundamental, fue su madre, quien tenía la ilusión de viajar a la India. Helena desea cumplir ese sueño algún día.

3 Comentarios

  1. taty es preciosa y te lo dije en su dia y te lo digo ahora.. VALES PARA ESTO NO LO DEJES PORQUE TODO LO QUE TE PROPONGAS EN LA VIDA LO CONSEGUIRAS. asi que no te vengas nunca abajo y si estas abajo ya sabes…estoy en la habitacion de al lado.jeje un besote preciosa.

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