Conoce a… Alma Diego, escritora: “La poesía que me gusta se parece a una ventana a la vida del escritor”

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Pocas semanas después de que Alma Diego (Madrid, 1976) publicase su primer libro de poesía a finales de 2008 –‘Cuando seas otro’, en Ediciones Antígona–, uno de sus antiguos profesores en la Facultad de Ciencias de la Información iniciaba su clase leyendo dos de sus poemas. “Hasta su nombre tiene algo de poético”, admitía un orgulloso Pedro Sorela, también escritor, como Alma. También amante de los libros, como Alma.
Gracias a él pudimos mantener, más de un año después, una agradable conversación con una mujer que un día quiso ser periodista pero que, estando dentro de ese mundo, reconoce que descubrió “cosas tremendas” que no pensaba encontrar.
Fue entonces cuando se refugió en El Refugio, la asociación protectora de animales con la que actualmente colabora escribiendo artículos, y también en los versos. En Pedro Salinas, en Jorge Guillén y en ‘Las flores del mal’ de Baudelaire.

¿En qué momento te atrapó la poesía?
Realmente a mí me atrapó desde pequeña. Yo no escribía otra cosa más que poesía. Lo que pasa es que cuando vas creciendo te vas dando cuenta de que en los concursos donde participas, no hay poesía; entonces empiezas a probar con el relato y tiras hacía él, porque es más convencional. Pero yo la poesía es lo que siempre escribí desde los 8 años.

Más adelante entraste a estudiar Periodismo ¿Era vocación lo de ser periodista?
Sí, sí, desde siempre. Periodista o veterinaria. Y como me gustaba escribir…
Una vez en el colegio me preguntaron “¿qué quieres ser de mayor?”, y yo dije: “escritora”. Y el tutor llamó a mi madre, porque claro, así me iba a comer el mundo (risas). Casi me mandan al psicólogo y dije “no, voy a estudiar una carrera, voy a hacer Periodismo”. Y era vocacional lo que yo creí que era el Periodismo: escribir.

¿Te ha defraudado un poco?
No va con lo que yo pensaba. No es que me haya defraudado pero son perfiles totalmente diferentes el del periodista animal de redacción y el del escritor o poeta, que tiene que ver más con vivir en la oscuridad y sin relacionarte, casi como un bicho raro. Prácticamente es lo contrario.

¿Con qué recuerdos te quedas de tus años en la Facultad de Ciencias de la Información?
Bueno… me quedo con muchas peleas con los profesores, muchas decepciones; me quedo con las clases de Pedro Sorela, por supuesto; y sobre todo, con que acabas madurando mucho pero a base de palos. La Facultad son palos, uno tras otro. Si tenías una ilusión por algo te das cuenta de que no era eso… No es decepcionante pero a mí si me preguntan “¿volver?”, yo no vuelvo.

Y actualmente tengo entendido que trabajas escribiendo artículos para algunas revistas, principalmente sobre animales. ¿Te consideras una defensora de los derechos de los animales?
Sí. Sobre todo. Yo defiendo los derechos sólo de los animales porque las personas me han decepcionado muchísimo. Suena un poco bestia pero es cierto. Yo por los animales, lo que sea. Sin embargo me cuesta mucho dar algo por las personas, porque yo lo que he visto ha sido decepción y dobles juegos. Y lo que veo es que a los animales se les trata muy mal; los realmente animales somos nosotros, no ellos.

Pasemos ya al terreno poético. A finales de 2008 publicaste tu primer libro, ‘Cuando seas otro’. ¿De dónde surge el título? ¿Qué evoca?
El libro podríamos decir que es una recopilación del amor, de lo que significa el amor en mi vida o cómo lo veo yo: los momentos buenos, los momentos malos, cuando se sufre y cuando se ama. Para mí la idea de amar es un sentimiento casi egoísta de querer ser el otro; quieres a la otra persona tanto que en realidad lo que quieres es llegar a poseerla. De ahí es ‘Cuando seas otro’, cuando quieras ser esa otra persona a la que se supone que amas.

En el libro hay un prólogo, que se titula ‘Prólogo a ciegas’, escrito por el argentino Alejo Moñino, con el que mantuviste una intensa correspondencia a través de cartas durante varios años. ¿Se ha perdido esa relación entre vosotros?
Sí, se pierde todo. Alejo fue mi primer amigo por correspondencia; antes había una especie de juego por el que tú te inscribías en un programa de ordenador y te mandaban la dirección de otra persona en el mundo.

¿Al azar?
Sí, al azar, y yo empecé escribiéndome con 8 personas de diferentes puntos del mundo: había gente de Finlandia, de Londres, de Nueva York y al final todos eran en inglés menos Alejo, así que por fuerza se quedó él. Y desde los 14 años teníamos una amistad muy fuerte, porque los dos teníamos mucho en común: los dos escribimos, los dos hicimos Periodismo, él leía poesía y era capaz de leerse mis rollos (risas). Y ahora se mantiene la relación, pero de una manera mucho más fría, porque a través de Internet parece más fácil pero la relación es más fría. Antes, cuando nos escribíamos por carta, no fallaba: había una carta cada 15 días Madrid – Buenos Aires, Buenos Aires – Madrid.

¿Qué poetas, o qué escuela, o qué generación ha influido más en ti a la hora de ver la poesía y de escribir este libro?
En general yo creo que he seguido el proceso que sigue casi todo el mundo que es empezar con los clásicos como Bécquer o Garcilaso de la Vega. Pero yo me quedo entre mis favoritos con la Generación del 27.

¿Algún nombre en particular?
Pedro Salinas, Jorge Guillén y Gerardo Diego. Lorca también, claro, pero sobre todo Pedro Salinas.
Y luego, en concreto en este libro, hay mucho Baudelaire: los poemas más rabiosos son de ‘Las flores del mal’. De hecho muchos están escritos en el mismo libro; según iba leyendo yo el libro, los escribía en la misma página.
Creo que en mi libro hay una mezcla un poco extraña: en un poema hay mucho clásico, palabras muy clásicas, y de repente el poema siguiente es Baudelaire total.

Y actualmente, ¿sigues a algún poeta en concreto?
Yo es que tengo un problema, una tara mental y es que me cuesta mucho seguir a poetas o escritores que estén vivos. Quizá es por mi desconfianza en las personas. Yo no soy nada mitómana, entonces para mí una persona que está vivita y coleando siempre es susceptible de fallar.

Y de defraudar.
Sí, eso me impide seguir a alguien que esté vivo. En cambio si se muere yo lo leo sin ningún problema (risas).

Ahora una pregunta que, supongo, resultará difícil de contestar: ¿Qué futuro le ves a la poesía en España? ¿Crees que va a seguir siendo una isla muy pequeña donde habita muy poca gente o la situación puede cambiar a mejor (o a peor)?
El futuro lo veo como el presente y a mí me parece que es muy oscuro. La prueba la tienes en que tú fíjate qué rápido, incluso a alguien a quien no le gusta la poesía, le pides nombres y es capaz de decirte gente de la Generación del 27, los clásicos, del 36, de lo que sea. Pero muy poca gente o prácticamente nadie te podría decir el nombre de poetas en activo. Y esa es la prueba de que vamos hacia atrás en lo que es el conocimiento de la poesía.
Bajo mi punto de vista, cada vez se conoce menos, cada vez se entiende menos la poesía y además se la está dando un soporte que no es el suyo y a esto me refiero con Internet: hay un montón de blogs de poetas y, sinceramente, a mí no me llega. Yo creo que cada arte, o cada disciplina del arte, tiene su soporte y para mí el de la poesía es el papel. Y los blogs no están ayudando a la poesía.

Por lo que te he oído hasta el momento y a pesar de tu juventud, podría decirse que perteneces a la vieja escuela: nada de emails para comunicarse, nada de blogs porque desvirtúan la poesía, a favor de los libros de papel…
En la poesía y para la poesía, sí. Y para la creación literaria también. A mí me encantan los libros, pero incluso verlos sólo: yo voy a una casa y me gusta que tenga libros, y me parecería muy triste que el futuro fuera todo por Internet, que no hubiera páginas. A mí me gusta oler el libro y, como te decía, en el libro de Baudelaire tengo escritos mis poemas. Y eso no podría hacerlo en una pantalla de ordenador. A mí me encanta la poesía y nunca he leído un poema por Internet. Ni siquiera he buscado autores en Internet, que me sería más fácil para llegar hasta ellos, no, porque es frío, no es el soporte.

Volvamos si te parece a tu libro, a ‘Cuando seas otro’, porque me gustaría hacer un pequeño recorrido por algunos de los poemas, en los que he seleccionado frases de las que me gustaría que nos hablaras un poco.
Por ejemplo, en los poemas “Echo de menos tu cuerpo” y “Vergel” se nota un claro componente erótico, con versos como estos: “Echo de menos posturas / valientes, dedos nerviosos” o “La saliva caliente que con nuestro alboroto / se vuelve lava eruptiva y terremoto / nos empapa a los dos invencibles”. ¿Piensas que tu poesía limita con el erotismo?
Sí, creo que sí. No es algo que se busque pero sí se deja salir. Igual que hay poemas que van a un sentimiento, hay poemas que van a una secuencia, que van a una situación, y si esa situación es de sexo, y se tiene que hablar de sexo, hay que utilizar las palabras adecuadas y sin tapujos. El erotismo viene de ahí.
Y con esto ocurre una cosa muy rara, y es que por ejemplo tú a la gente le dices que escribes poesía y te miran como diciendo “¡qué cursi!”, pero luego leen uno de esos poemas eróticos y te miran con otra cara. Piensan: “tú no escribes poesía, tú eres una guarra” (risas).

En “De esta vida” escribes al final: “Conozco muertes y resurrecciones / pero no entiendo nada de la vida”. ¿Crees en la poesía como un método que ayuda a entender la vida?
Para mí la poesía, la que me gusta, es aquella que se parece a una ventana hacia la vida del autor. A mí no me vale la poesía que sean anécdotas o un paseo por el campo sin más. A mí lo que me vale es que a través de ese poema yo pueda conocer la vida del autor. Y al mismo tiempo, como creador, te sirve como una terapia total, porque efectivamente estás contando tu vida y la gente puede asomarse a ella. Quizá esa sea una de las razones por las que la gente no se acerca a la poesía, porque te cuenta muchas verdades que a veces es mejor no saber o no plantearte. Es filosofía, la poesía es filosofía.

He observado que en varios poemas tratas de la muerte. Algunos ejemplos: “No creí que fuese tan sosa la muerte, / dijera tan pocas cosas al oído / y se vistiera tan mal en noviembre” o “Tarde o temprano vuelves, / me tocas, muerte fría”. ¿Es para ti, la idea de la muerte, una musa, una inspiración? ¿O escribir sobre ella es una forma de contrarrestar el miedo que pueda provocar?
Es que para mí la muerte es una constante en la vida. Y todo aquel que vive se enfrenta a la muerte en algún momento; a la muerte de los de al lado. Seguir vivo significa conocer la muerte, porque es cuando vas a sentir el dolor de perder a alguien. Para mí es un recurso constante porque ha estado en mi vida siempre. Miedo no le tengo pero sí es cierto que es algo constante el dolor de perder a alguien querido.

‘Cuando seas otro’ es un libro principalmente que trata del amor, y una de sus formas es el desamor. En un poema que se titula precisamente así, “Desamor”, dices: “El amor entiende más de conflictos / que de paseos por tierras pacíficas”. ¿Sólo pueden surgir buenos poemas de amor de historias pasionales y conflictivas?
Sí. La inspiración te viene antes de historias tristes, de desamor, de desengaño que de felicidades. Cuando eres feliz, o por lo menos eso me pasa, ni piensas sobre tu situación. Te paras a pensar y te metes en tu cuarto oscuro cuando de repente un día te levantas y te toca estar triste. Yo soy mucho de “soy muy feliz”, pero un día me apetece llorar y sentirme desgraciada, y esos días es cuando creo. Ese día coges un recuerdo triste y de ahí siempre sale más inspiración que de uno alegre.

Esto nos lleva a la siguiente pregunta porque en el poema “¿A qué me condujo?” escribes: “Quererte, / mi amor, ya ves, / no me condujo a mucho”. ¿Son los desencantos amorosos un buen ‘combustible’ para la poesía?
¡Son el mejor combustible! (risas) ¡No hay duda! Para ser feliz y levantarte cada mañana lo mejor es tener una buena historia de amor, pero para escribir lo mejor es acumular las malas.
También es una buena manera de planteártelo, es decir, si esto me sale mal luego seguro que escribo algo bueno (risas).

En “Desenreda” hablas de “los incendios nocturnos y las mañanas gélidas”. ¿En qué momento del día prefieres escribir poesía, en la gelidez de la mañana o en el calor de la noche?
Depende. No es un momento. Es más bien una sensación lo que te impulsa a ello. Por ejemplo, días tan tristes de lluvia –que yo los odio– son más propensos a inspirarte, o por ejemplo una pesadilla: yo a veces tengo una pesadilla, abro el ojo, enciendo la luz y ¡a escribir! Sí, son los momentos tristes, da igual que ocurran por la noche o por el día.

Y ya para terminar este repaso, en el poema “Silvestre” comienzas diciendo: “Hay lugares hermosos en la tierra / a los que la gente no va / porque se obceca, es ciega”. ¿Con qué tres lugares te quedas tú?
Mmmm… Yo me quedaría con el Cabo de Gata en Almería, en concreto las calas nudistas porque yo allí he escrito mucho. ‘Las flores del mal’ me lo leí allí.
Me quedo también, y esto va a sonar un poco extraño, con los descampados de gatos.

¿De gatos?
Sí, porque me reflejan mucho la situación de ellos. Yo siempre que paso por un descampado donde haya gatos y restos de comida me quedo mirando porque son paisajes, paisajes generales que me evocan algo. Tú notas que hay vida pero no la ves porque los gatos casi nunca se dejan ver. Entonces ves los restos de la vida que ellos hacen. Me refiero a ese espíritu: lugares donde tú no ves la vida pero sientes que la hay.

¿Y el tercer lugar?
Praga.

Alma nos confiesa al final de la entrevista que tiene la intención de publicar una novela en el futuro y que sigue escribiendo poesía, casi por inercia.
Pero no da más pistas.
Habrá que seguirla y recordar su nombre, ese que tiene “algo de poético”.

Fuentes del texto:
elaboración propia
Fuentes de las imágenes:
Alma Diego y elaboración propia

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