Con sabor a café

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Ante él tenía una pequeña taza blanca, supongo que de café, en la que revolvía sin parar con una cucharita. Sobre la mesa también había un plato con un gran croissant que estaba intacto, como si acabara de salir del horno y no quisiera comérselo aún por miedo a abrasarse la boca.

Sin duda, lo que más me sorprendió de aquel hombre, era lo que tenía entre sus manos. Era un gran libro de tapas verdes y gastadas, parecía antiguo, sí, seguramente sería antiguo. Pero lo más increíble no era el libro, era su forma de tratarlo. Lo sostenía entre sus manos con muchísima delicadeza, como si tuviera una mariposa atrapada y no quisiera hacerle daño. Pasaba sus páginas con el mayor cuidado del mundo, cogía la hoja por el extremo superior y poco a poco la dejaba sobre la anterior.

La cara que ponía, su expresión, era increíble, verdaderamente disfrutaba con aquel libro: sus cinco sentidos tomaban parte en aquel momento. La vista devoraba líneas y líneas, el oído escuchaba el susurro de las hojas al pasar, el olfato se embriagaba por aquel aroma a antiguo que tendría página tras página, el tacto disfrutaría con la textura del papel y por último, el gusto, a cada segundo saboreaba aquella historia empapada en café.

Me recordaba a mi abuelo, me recordaba a cuando de pequeña le observaba a hurtadillas desde el marco de la puerta. Él siempre estaba en aquel viejo sillón, era su sitio de la casa preferido. A la derecha del mueble había una pequeña estantería repleta de libros que leía y releía, él decía que eran sus tesoros. Podía pasarse horas y horas allí sentado, solamente acompañado por aquellos ejemplares de fantásticas historias y la tenue luz de la lámpara que iluminaba su lectura. A veces me descubría observándole, se acercaba hasta mí y me llevaba con él para sentarme en su regazo y leerme algún fragmento de sus libros preferidos con la voz más dulce que nunca escuché.

Aquel hombre era un amante de la lectura y, evidentemente, también de los libros, pero seguramente no tanto como mi abuelo.

Cada día mi abuelo era el encargado de leerme un cuento de aquel libro que tanto le gustaba. Me los sabía todos de memoria, todos menos uno que nunca llegué a escuchar completo porque Morfeo me llevaba antes de que terminara en sus brazos.

Lo cierto es que la forma de aquel hombre de tratar el libro que tenía entre sus manos era muy parecida a la forma que en la que mi abuelo trataba su libro de cuentos. Aquel hombre me llamaba mucho la atención y su libro cada vez más.

Crucé la calle, llegué a la mesa donde estaba sentado. Cerró el libro y lo dejó sobre la mesa con mucho cuidado. No sabia cómo había llegado a sus manos, pero aquel libro antiguo de portadas verdes era del que noche tras noche mi abuelo sacaba aquellos cuentos para dormir.

Deseaba con todas mis fuerzas coger el libro, buscar aquel cuento con final desconocido para mí y leerlo por fin.

Al cogerlo sentí su olor, olía a la colonia de mi abuelo, por un momento volvía a ser pequeña, a sentirme cansada con ganas de dormir mientras atendía a la historia que aquella noche me tocaba escuchar. Busqué aquel cuento mágico sin final para mí. Leí hasta completar la parte conocida de la historia, pero al pasar la hoja ilusionada solo me encontré con un sobre perfectamente cerrado. En el interior de aquel sobre encontré una carta manuscrita, era la letra de mi abuelo. Comencé a leer.

En la carta explicaba que el libro de cuentos lo había escrito él mismo al enterarse de que iba a ser abuelo. Había ideado todas aquellas historias fantásticas con el único fin de leérmelas noche tras noche, de pasar los últimos minutos del día a mi lado, de ver cómo me dormía.

En su carta confesaba que uno de sus cuentos era especial, era más largo que el resto. Estaba calculado perfectamente para que yo me durmiese antes de que mi abuelo llegase a leerme el final de la historia. Todo tenía un motivo:

Tarde o temprano me iré para siempre y quiero que siempre sepas que eres una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Cada noche te estuve enseñando a amar la lectura, a saber conservar la intriga hasta el final. Hoy hará una semana que ya no estoy. Sí, estaba todo preparado, fue tu padre el que hizo que tu despertador no sonara esta mañana para que llegases tarde y este hombre está aquí por algo, está para darte este libro en mano, porque solo tú sabrás apreciarlo como se merece. Sabía a la perfección que no podrías soportar no cruzar la calle y acercarte a curiosear: créeme, te conozco, sabía que lo harías, necesitaba que tuvieras hoy este libro contigo. Sólo te pido una cosa: cuídalo, cuídalo como yo te enseñé, como si verdaderamente fuera un tesoro, y jamás  te olvides leer uno de esto cuentos antes de dormirte: durante ese ratito, yo estaré otra vez contigo.

La carta estaba empapada en lágrimas, y yo estaba sola en aquella mesa con el recuerdo de mi abuelo…

Mi pequeño ya estaba dormido, solamente conseguía conciliar el sueño con uno de aquellos cuentos, era mi momento del día preferido. Esa noche hacia diez años del final de aquel cuento. Me acurruqué a su lado, le abracé despacio para no despertarle, y me dormí no sin antes mandarle un beso a mi abuelo.

Fuentes de las imágenes:
http://www.gastronomiaycia.com/
http://lectomania.educared.pe

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