Con la que está cayendo, nadie lava en el río

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Verán ustedes, el pasado viernes, dando un paseo pude comprobar como, con la que está cayendo, los comerciantes, sobre todo los pequeños, han volcado todos su esfuerzos en los escaparates navideños. Luces, adornos y nacimientos decoran los comercios, y la verdad, se agradece. Y además no están solos en esta campaña. El ayuntamiento de Madrid dio el pasado mes de noviembre,  el día 28 para ser más exactos, el pistoletazo de salida a  la iluminación de la ciudad -algo pronto para mi tradicional mollera en la que la navidad siempre ha dado comienzo los días previos a los coros de San Ildefonso-. Pero, ya digo, se agradece algo de ilusión, aunque sea velada.
Paseaba y reflexionaba sobre lo que no era una crisis sino “dificultades”, y luego no eran dificultades sino que era una crisis, y además, antológica, de esas que dejan huella. Caminaba sumida en la tristeza de la incertidumbre económica, y esforzándome en una laboriosa cuenta mental para sacar los eurillos necesarios para que a ninguno de mis seres queridos les falte su regalo de reyes. Con la que está cayendo hay que planificarse con tiempo.

En esas estaba. Repasando las noticias sobre despidos, expedientes de regulación de empleo, reducciones de plantillas… Una de las últimas, y no se rían, es Lladró, vale que no hacen productos imprescindibles pero, ¡caray!, qué será de los elitistas árboles que cada año colocan la exclusiva y tradicional bola navideña en sus hermosas y pudientes ramas. Nissan, Torraspapel, Alas Aluminium… Esos entre los grandes, pero a los que hay que sumar los pequeños despidos y las no contrataciones, que esa es otra, de los pequeños empresarios. Y claro, todo va calando y dejando un fondo de preocupación social, y una terrible pregunta de difícil respuesta, que se repiten los miles de españoles que componen los escandalosos tres millones de parados: ¿y ahora qué? Parece que muchos tendrán que cambiar la canción de color, y en lugar de alzar la voz melodiosa con el blanca navidad, deberán decir, negra, pero que negra es esta navidad, si es que aún tienen ganas de cantar algo.

Dinero a la banca, me decía, inyecciones lo llaman –tiene gracia la palabraja escogida, ¿no les parece?-, para curarla de un mal del que ella misma es cepa. La banca está malita, eso lo certificamos todos. Y esa parece ser la solución, las inyecciones. También ayudas a las empresas del motor, y a las constructoras. Y un poco de alivio para las hipotecas -ves Trichet, ves, como si se quiere se puede-. Todos unidos para evitar que nada cambie. Y todo bajo un gobierno socialista del que loo sus aciertos pero me sorprenden sus escalofriantes y conservadores ramalazos. En fin, les decía que paseaba con el estado de ánimo rayando las baldosas de la calle, ¡rotas, señor alcalde, rotas! Rotas desde siempre como parece ser signo distintivo de barrios sin postín, -los hay que tienen grandes maceteros y espléndidos árboles, y afanosos operadores de limpieza, que suena mejor que el tradicional barrendero de toda la vida de Dios, y los hay que tienen cagarros, miedo y baldosas rotas, pero ese es otro cantar-. Llegué, les digo, a la conclusión de que estas navidades ciertamente serían una pesadilla. Las últimas encuestas confirman las pocas posibilidades de consumo, e indican que las cifras van a estar por debajo de las previsiones. Ya se verá. Las grandes superficies salvarán el año por su superioridad en ofertas, y el sector de la alimentación también saldrá airoso; la gente no quiere renunciar a los festines. Y me parece muy bien, qué carajo. Supongo que los licores experimentarán una fuerte inyección de capital con las ventas, porque, ya se sabe, un buen colocón siempre ayuda y con la que está cayendo, aún más.

Entre cavilación y cavilación contemplaba esforzados nacimientos e intermitencias luminosas, y el público acompañaba, de lo cual me alegro, para que les voy a mentir, ¡qué no decaiga la fiesta ni la ilusión!  Porque gente, gente, lo que se dice gente sí que había, y, además, algunas de estas personas, las más osadas, compraban y consumían. Se ve que el gasto se puede moderar pero no termina. Puede que estas navidades sean una pesadilla, ¿o no? De ustedes depende. No serán los únicos a los que la crisis ciegue el páramo, y si no recuerden a la “magnífica” Gloria Lomana, toda mona, en Antena 3, con su acertado regalo musical para el presidente, entonces, y para todos nosotros ahora. Sea lo que sea lo que esté por llegar, disfruten. Difruten pero, eso sí, no se animen mucho porque cuando caminaba de regreso a casa algo más animada, en el  último escaparate que brillaba, descubrí un paradigmático Belén. ¡Lástima de cámara de fotos! No era grande, no era bonito y nadie lavaba la ropa en el río: se ve que la suciedad en esa aldea no pesaba tanto. No tenía pozo, apenas dos mustias y raquíticas gallinas, lo juro, y  un panadero manco, como lo oyen, no sé si mutilado de guerra o lesionado en el tajo, pero manco, manco. Su distribución dejaba mucho que desear, pero lo más sorprendente era que el niño no estaba, ¡se había ido! ¿Pero cómo es posible?, me pregunté. ¡Hasta el niño Jesús se las pira! Con la que está cayendo y encima sin ídolos. Mi moral acabó definitivamente por los suelos. De la tienda salió un viejo matrimonio que al ver con qué estupefacción contemplaba su esfuerzo, me dijeron: está un poco viejo, pero es el de toda la vida. Yo, disimulé en lo que pude mi desconcierto, y les dije: ¿se han dado cuenta de que el niño no está? Y me respondieron algo, pero yo sólo pude oir: sí, sí, lo sabemos, había que recortar gastos y el pequeñín era el menos productivo. Tremenda lógica capital, sí, de la de toda la vida.

Fuentes de las imágenes:
http://www.google.es

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