Con B de Bacon

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¡Bueno! ¡Bonito! ¡Barato! No estamos en ningún mercado callejero ni en ningún chiringuito de playa. Estamos en el Museo del Prado, delante de 62 pinturas del irlandés Francis Bacon y nos han dicho que no nos creamos nada de eso.
Bacon no es bueno. Ni bonito. Ni mucho menos barato. ¿Qué tienen sus obras para batir el récord de precio en subastas de arte contemporáneo y de posguerra, como sucedió el pasado mes de mayo, cuando uno de sus trípticos se vendió por 86 millones de dólares en Sotheby’s?

La pinacoteca española, en colaboración con la Tate Britain de Londres y el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, puede darnos algunas pistas hasta el próximo 19 de abril. En esta doble conmemoración (del centenario de su nacimiento en 1909 y de su muerte en Madrid, en abril de 1992) no se trata tanto de contemplar la evolución artística del autor, sino de absorber el odio, la violencia y la obsesión que fluye a lo largo de todas sus obras, de modo que nos topemos con la Angustia personificada, animalizada, enclaustrada en “cajas de cristal” y encuadrada en un espacio limitado que nada tiene que ver con la profundidad del dolor que provoca.

Muerte, más que muerte. El final de la Segunda Guerra mundial y el descubrimiento de los horrores de los campos de concentración nazis lo llenaron entonces de pesimismo y crueldad. Sin más, este autodidacta insatisfecho pintó cuerpos volátiles y bocas cuyos dientes y colmillos muestran la cara más agresiva de la naturaleza humana.

Los estudios en torno al Retrato del papa Inocencio X, de Velázquez, y la serie de Hombres de azul en los años 50 ya incluyen trazos verticales en forma de “persianas” y poses forzadas, al tiempo que el color ocupa un lugar privilegiado. Los trípticos en torno a la Crucifixión son obras que un ateo como Francis Bacon despoja de toda coherencia e impregna de un pecado como la carne (lo dijo en 1965: “Somos canales en potencia”).

Su pintura homenajea a grandes maestros (Goya, Rembrandt, Rubens, Miguel Ángel, Picasso, Van Gogh, Soutine,…), pero otro tanto le debe al fotógrafo Eadweard Muybridge por inculcarle su sentido del movimiento.

En la década de los 60, gran parte de su trabajo consiste en retratos de sus amigos íntimos. Como describe la comisaria de la muestra, Manuela Mena, la figura del amigo se convierte en el “héroe moderno” a pintar, porque Bacon sólo lo hace con aquellos a quienes conoce y que sabe le perdonarán el agravio de ver distorsionada su personalidad hasta las últimas consecuencias.

Según Mena, en 1972 el artista sufre una crisis vital –acostumbrado a tantas otras, ésta golpea con extremada fuerza-: el Grand Palais de París organiza una exposición retrospectiva que lo consagra. El mismo día de la apertura, su amigo y amante George Dyer se suicida en la habitación del pequeño hotel donde se hospedaba. Así, el drama más profundo de su vida le hará crear una serie de obras que escenifican su muerte. Empieza a aparecer el negro.

Su estilo no deja indiferente, su trascendencia tampoco, su herencia hay que extrapolarla a las otras muchas que recibió en vida como, por ejemplo, la del poema de T. S. Eliot, “Sweeney agonistes”, que dice: “Nacimiento, copulación y muerte / Son lo que hay cuando se desciende a lo esencial: / Nacimiento, copulación y muerte”. Pese a que ninguna de estas tres palabras contiene sus iniciales, Francis Bacon tomó nota y, sin pudor, se adueñó de ellas.

Fuente de la imagen:
Tres estudios para un autorretrato
Francis Bacon, 1979-1980
http://www.museodelprado.es/es/pagina-principal/exposiciones/info/en-el-museo/francis-bacon/la-exposicion/secciones/

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