Comunicación interrumpida

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Y a mitad del trayecto, mientras observaba ensimismada por la ventanilla cómo la noche iba cayendo sobre nosotros rápidamente, me fijé en una estrella madrugadora, que aunque pequeñita, ya brillaba en el crepúsculo del cielo.

La observé detenidamente, y sin saber cómo, ni por qué, ese pequeño punto de luz me produjo una momentánea, pero muy extraña, sensación de esperanza. Sentí por un instante, como si ella fuese a ser capaz de explicarme tantos porqués, tantos cómos. Tantos silencios. Tanta desconexión. (¿Hubo alguna vez verdadera conexión?) Tantas lágrimas y dolor. Tanta distorsión. En definitiva, el porqué de la degradación de algo que parecía tan bonito cuando empezó.

Como si fuese a darme un consuelo, un abrazo o simplemente una sonrisa, aquel minúsculo astro con su brillo resplandeciente iluminaba mis ojos, haciendo que pareciese que eran ellos mismos los que tenían ese resplandor único y estremecedor. Pero el coche seguía avanzando. Y poco a poco aquel puntito blanco, que tanto me había hecho sentir, se fue quedando atrás, aunque yo sabía que estaba esperando a que lo alcanzase y le acariciase con mis dedos. No pudo ser, pero le prometí no olvidarme jamás de él.

Cuando desconecté de aquella singular experiencia, volví a la realidad, mirando al frente de la carretera, escuchando la música que provenía del Ford Focus, en el que me encontraba sentada, en el lado derecho, de copiloto. Como siempre, me volví a centrar en la música, procedente de alguna de las emisoras de la radio.

Y sin saber por qué, siempre sin saber por qué, cada letra de cada canción hablaba continuamente de mí. Y de ti. De mis sentimientos. De tus actitudes. De las mías. De lo que nos ha pasado, que no es nada, pero lo es todo. Una canción detrás de otra, cada una tan diferente a sus antecesoras, pero todas tan parecidas en alguna cosa a lo que nos unió. Todas tan parecidas en alguna cosa a lo que nos mantuvo juntos. Todas tan parecidas en alguna cosa a lo que nos separó. No hablo de una separación física, es algo que va más allá, y yo sé que sabes a qué me refiero.

Durante un tiempo los dos remamos en la misma dirección. Pero ahora es como si tú quisieses ir hacia la izquierda y yo hacia la derecha  e intentásemos, cada uno por su lado, conseguir nuestro objetivo sin habernos puesto de acuerdo, sin habernos sentado a hablarlo juntos. Muchas veces mis ojos te miran, aunque no como siempre. Están rogándote que vuelvas a entender todo lo que te quiero decir sin que sea necesario pronunciar una sola palabra. Pero ya no es así.

La línea que nos mantuvo comunicados y compenetrados durante aquel tiempo que a mí me pareció un sueño (quizá lo fue) resultó ser tan frágil como el hilo de coser, y al tirar un poco de ella, se rompió. Y no sé cómo restablecerla. ¿Cómo conseguiré decirte ahora lo que siento? ¿Cómo conseguiré saber qué es lo que quieres, qué es lo que esperas?

Llegamos en aquel instante a mi casa. Te miré, me miraste. Nos sonreímos, como siempre, una sonrisa cansada, agridulce, pero sincera. Besé tu mejilla, tampoco pediste nada más, así que abrí la puerta del coche, deseando subir y terminar cuanto antes con aquel día.

-Hasta mañana – me dijiste

-Hasta mañana –respondí

Pero todos los mañanas son tan parecidos a este hoy… que yo ya no sé si debo seguir sintiendo esa esperanza que no deseo perder jamás.

“Esperar duele. Olvidar duele. Pero no saber si debemos esperar u olvidar es el peor de los sufrimientos.” (Paulo Coelho)

Fuente de la imagen:
http://seguroquesonmias.blogspot.com/2011/04/ruptura.html

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