Como te lo cuento

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Rubén Corbet Es que no es fácil de contar, pero se trata precisamente de un cuento. O más exactamente de esa gente que se dedica a contar cuentos, que se denominan con esa palabra que tiene mucho de magia y algo de realidad, cuentacuentos. En el mítico Café Libertad 8 situado en el barrio madrileño de Chueca se suben todas las semanas grandes nombres del mundo del cuento Rubén Corbet, Aldo Méndez, Mercedes Carrión, Yolanda Sáez y Anselmo Sáinz. Todos ellos con orígenes diferentes, pero con un nexo común, el principio “Érase una vez…”. Algunos lo ven como un cuento, otros afirman sin tapujos que se puede vivir del cuento.

“La palabra cuentacuentos es bonita, engancha, pero tiene el problema de que se asocia con niños. Por eso yo prefiero llamarme narrador oral” así se presenta Rubén Corbet, de origen panameño e instalado en Méjico. Aprovecha su visita a España para subirse al pequeño escenario de Libertad 8. Vestido de impecable blanco, con ese desparpajo característico de los países latinos, calzando sandalias, a pesar de que el frío fuera es considerable. Una combinación curiosa, médico cirujano traumatólogo además de cuentacuentos. Por eso afirma, “Con la palabra curo y con las manos también te puedo curar una cadera o hueso fracturado”.

Este mítico local situado en el barrio madrileño de Chueca, no podía estar ubicado en mejor calle, la Calle Libertad, que lleva también nombre de cuento. Este café acaba de cumplir 30 años y es conocido como el templo de la canción de autor, catedral de los cuentos y cuna de la poesía. Todo ello en cuatro metros cuadrados de escenario, que dan para mucho. En él dieron sus primeros pasos artistas como Ismael Serrano, Pedro Guerra, Amaral, Bebe o Rosana.

Un mundo que no es fácil, a pesar de que pueda parecerlo. Se necesitan unas dotes que no todo el mundo tiene.”Yo no crítico nada siempre y cuando lo hagas con principios éticos y estéticos, porque con un cuento tú puedes destruir a un niño o a un adulto” afirma el panameño Rubén Corbet.

Dos cuenteras que no podían faltar, Mercedes Carrión y Yolanda Sáez, dos clásicas de Libertad 8. Dos personas muy distintas que se combinan perfectamente encima de un escenario. Mercedes Carrión afirma que vive del cuento y de la magia, además de cuentacuentos es maga. Mientras que Yolanda Sáez es profesora de secundaria. Con gracia y humor se suben al escenario. Bromean sobre que al fin y al cabo “los cuentos nos los cuentan todos los días, los políticos, los amantes, los maridos…”

Haciendo participe al público, incluso para decidir el final del cuento, pidiéndole a los asistentes que vomiten fantasía. La gente responde y se adentra en una vía de escape de la realidad cotidiana. “Contar es entregar un hálito de vida porque tú para hablar necesitas respirar. Contar es compartir. Entregas parte de ti con cada cuento” afirma Yolanda Sáez.

Cada cual tiene su estilo, hay escuelas de cuentacuentos es una disciplina. Armando Trejo junto con Rubén Corbet llevan un movimiento de narración oral en Méjico, conocido como “Foro Internacional de Narración Oral”. Realizan un festival de gran importancia en Méjico, en el Palacio de Bellas Artes, uno de los recintos más relevantes de América Latina. Se constituye la visión del cuentacuentos como una carrera.

Mercedes Carrión Erróneamente la palabra cuentacuentos se asocia a un espectáculo para niños. El público que asiste a Libertad es bien distinto, las edades no son para nada tempranas, gente de mediana edad. Lo curioso en este caso es que vayan niños. La temática de los cuentos tampoco está enfocada para niños, más bien se trata de cuentos con reflexión, cuentos sencillos que te hacen pensar, cuentos que te arrancan una sonrisa pero a la vez te encienden una lucecita en el cerebro. De hecho también existen cuentos eróticos. Como el espectáculo Deseo, con tres miembros en el grupo: Maísa Marbán Sánchez, Concha Real Verde y Anselmo Sáinz Bengoechea. Cuentos que hablan del deseo de mujeres y hombres de buscarse, encontrarse y luego separarse para volver a reencontrarse. Entre encuentros y desencuentros nos cuentan estos cuentos que miren por donde se miren están plagados por el deseo. Resulta más fácil contar cuentos a adultos que a niños, quizás el público más difícil sea precisamente los niños porque como afirma Rubén Corbet   “El niño es el ser más transparente que hay, si no le gusta te deja ahí y se va”

Contar cuentos puede ser una profesión o un hobby. Se puede vivir del cuento, pero no es fácil, tan sólo unos pocos lo consiguen. Aldo Méndez se atreve a gritar que vive literalmente del cuento. Aldo es cubano y afirma que el panorama en España está mejor que en Cuba porque aquí se ha hecho una profesión, en Cuba todavía no. Para poder vivir de esto Aldo Méndez se pasa la vida con la maleta en la mano, de hecho este día en Libertad 8 también la llevaba. Viajando de un teatro a otro, de colegio en colegio, estar dispuesto a ir a cualquier parte es la única forma de poder vivir de esto. En general los cuentacuentos coinciden en la opinión de que es un oficio que está mal pagado. Por eso   la mayoría de cuenteros combinan el cuento con una profesión bien distinta, como es el caso de Anselmo Sáinz que es economista, “Cuento cuentas por el día y cuentos por la noche. Vivo doblemente del contar del cuento”.

En Libertad no se le niega a nadie una oportunidad. Con un aforo de 80 personas apretaditos, hacen que tanto público como artistas se sientan como en casa. Es uno de esos lugares con encanto, que aunque no quieras te hacen volver, de esos lugares difíciles de encontrar en una gran ciudad.

Se cuentan cuentos que no acaban con el mítico “colorín, colorado”, todos los cuentacuentos coinciden en que es la frase lapidaria del cuento, cada espectador tiene que llegar a sus propias conclusiones, que la gente vea que ha acabado el cuento sin necesidad de ponerle fin. De aquí el gran reto: ¿Cuántos cuentos cuenta el cuentacuento cuando cuenta?

Algunos cuentacuentos se disfrazan, escogen su vestuario para subirse al escenario, algunos beben agua, otros vino, algunos te hacen reír, otros te hacen pensar, pero curiosamente todos coinciden en que se sacan el reloj antes de subirse al escenario. Quizás porque en la imaginación no tienen cabida los relojes.

Fuentes del texto y las imágenes:
Paula Abraldes

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