Cómo hemos cambiado

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Un día cualquiera, entre un grupo de buenos amigos, todos diferentes en forma y contenido, comenzamos a rememorar ciertos aspectos que tenemos en común como miembros de una generación. Esos recuerdos pertenecen a la etapa de la feliz y terrible infancia y adolescencia, respectivamente. Entre grandes dosis de nostalgia y carcajadas, se nos fue una hora charlando sobre ello, y pudieron ser dos o tres.

Pero esta conversación me condujo a otros pensamientos paralelos en los que una idea destacaba por encima de todo: el mundo avanza de forma tan brusca y, sobre todo, a un ritmo tan vertiginoso (en apenas 10 años), que el mero hecho de pensarlo asusta. Hay quienes dirán que forma parte de la normalidad, del ciclo de la vida, y no les falta razón, pero en mi opinión, algunos de esos cambios no deberían haber llegado tan lejos, es más, no haber llegado jamás.

Era tecnológica es el nombre que suele acompañar y definir este momento histórico. Sin duda lo es. Se trata de la sociedad 2.0 ó, incluso, la 3.0 para los más avanzados. Redes sociales, videojuegos, 3D, robots…un sinfín de artilugios electrónicos que nos facilitan la vida y, a su vez, nos la quitan.

No seré yo la persona que se opone al progreso, de hecho, me beneficio de ella como cualquiera. Sin embargo no todo vale y, en algunos casos, las ventajas son corrompidas por los riesgos. Especialmente me preocupan los niños (la llamada generación digital), cegados y absorbidos por las posibilidades de entretenimiento ofrecidas por Internet.

El objeto más revolucionario de mi época fue el “tamagotchi”, un juguete con forma de cronómetro que albergaba una especie de mascota que te encargabas de alimentar, cuidar…Ahora, existen mascotas virtuales, consolas del tamaño de un libro de bolsillo, juegos en tres dimensiones…También, podemos decir que el Messenger (chat privado para conversar con tus contactos) supuso un adelanto, en inferior escala, de lo que se nos venía encima con las redes sociales. Dejando a un lado sus múltiples funciones y utilidades que en su justa medida aporta, me resulta alarmante descubrir adolescentes escondidos tras un perfil, encerrados en casa con la única compañía del teclado y el ratón. Puedo asegurar rotundamente que la red social condiciona todas sus acciones. Pasan largas horas conectados, y cuando no lo están, piensan en ello, creando una grave adicción.

A esta situación se le atribuye irremediablemente otro problema: la imagen en la Red. Largo y tendido se ha discutido sobre la privacidad, y a pesar de ser conscientes de los peligros que supone exponerte públicamente, la mayoría los hemos asumido y aceptado. Se presume que cada uno de nosotros sabe establecer su propio límite o barrera en cuanto a la publicación de datos personales. Por el contrario, los niños carecen de esta mentalidad debido a su ingenuidad e inocencia. Es su entorno quien debe cubrir esa responsabilidad.

La verdad es que me gustaría no volver a presenciar escenas como un grupo de amigas en silencio, sin ningún tipo de interacción durante un buen rato porque están enganchadas a Internet desde sus teléfonos móviles, o niños que pasan cada tarde frente a la pantalla jugando a videojuegos improductivos y absurdos, o aquellos que hacen fotos, no por el hecho de conservar un recuerdo puntual de sus vidas, sino para llegar a casa y colgarlas en Tuenti, Facebook o cualquier otra plataforma social.

Frente a este desalentador panorama, solamente quiero añadir que estoy orgullosa de haber vivido una infancia sencilla y alejada de tanta “última generación”, en la que una arcaica pelota o muñeca me producía infinita felicidad.

Fuente de imágenes:
http://educacion2.com/etiquetas/videojuegos/
http://www.igooh.com/notas/que-tan-grande-es-internet-en-la-actualidad/

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