Claves e historia del cómic europeo

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El cómic se ha convertido en los últimos años en medio de referencia. A pesar de no estar tan extendido como antes, su influencia se nota cada vez más; por eso convendría hacer un repaso por su historia, empezando por su recorrido en Europa.

El cómic y la novela gráfica gozan hoy en día de una estupenda salud; en los últimos años se han transformado en medios de referencia clave de la cultura popular. Si bien ya no cuentan con la difusión que tuvieron en las últimas décadas del siglo XX, casi podría decirse que en la actualidad se asocian con una cultura de élites, y su influencia se nota en el cine o la televisión cada vez más. Las adaptaciones de Alan Moore, o la nueva ola actual de series y películas basadas en personajes de Marvel o DC pueden atestiguarlo.

Pero para llegar a este punto, el llamado arte secuencial ha tenido que pasar por una larga travesía que se remonta a mediados del siglo XIX, y por corrientes y estilos que lo han moldeado hasta darle la forma que tiene en nuestros días. Para simplificar, los expertos suelen distinguir tres ramas diferentes en la gran familia del cómic. A saber; el manga japonés, el cómic estadounidense, y la Bande Dessinée franco-belga, predominante en la llamada Historieta Europea. Esta última, por ser la primera en el tiempo y la que más ha evolucionado, será la primera en ser analizada.

Tintín / Fotografía: Txerra Cirbián
Tintín / Fotografía: Txerra Cirbián

La Bande Dessinée aparece alrededor de 1830, cuando se publican en los primeros periódicos de masas pequeñas caricaturas políticas de una sola viñeta, que enseguida se hacen populares ante un público que no domina necesariamente la lectura. Rodolphe Töpffer se considera el padre de la historieta moderna. Este dibujante poseía un internado, a cuyos alumnos entretenía dibujando breves aventuras acompañadas de pies de viñeta que incluían los diálogos y explicaciones de las escenas. Poco a poco comenzó a publicarlos, y logró que tuvieran bastante difusión. El siguiente paso fue la sustitución de las explicaciones extrasecuenciales por los globos de diálogo o bocadillos, que se generalizarían y popularizarían en 1929, un siglo entero después de su aparición, con Las aventuras de Tintín, del belga Georges Prosper Remi, más conocido como Hergé. El cómic alcanza entonces cotas de popularidad nunca vistas, convirtiéndose en un fenómeno de masas, y dirigiéndose de forma casi exclusiva al sector juvenil de la población. En el periodo de entreguerras las historietas estadounidenses comienzan a ganar terreno en el mercado europeo, incluyendo Bélgica, que ve desaparecer varias revistas de historietas por culpa de esta tendencia. Pero tras la II Guerra Mundial, el cómic franco-belga se recupera rápidamente, y alcanza un nuevo nivel de expansión gracias a la competencia entre dos revistas, Tintín y Le Journal de Spirou, que encarnarían las dos primeras escuelas del cómic europeo: la Línea Clara, y la Escuela de Marcinelle.

La Línea Clara es pionera en el mundo de la historieta. Surge por primera vez en Tintín, y se distingue formalmente por el uso de líneas depuradas, colores simples sin juegos de luces ni sombras, y mundos realistas y detallados, que contrastan con lo caricaturesco de sus protagonistas en lo que se conoce como efecto máscara. Sus historias, casi siempre del género de aventuras, están profundamente documentadas y suelen ser políticamente correctas. Otros autores que trabajaron en la revista Tintín y practicaron este estilo fueron Jacobs, creador de Blake y Mortimer, Jacques Martin, autor de Alix y Lefranc, Bob de Moor, Paul Cuvelier o Jacques Laudy, Esta escuela desapareció poco tiempo después, pero su influencia no ha dejado de notarse en el cómic de hoy, e incluso resucitó en los años ochenta con algunas actualizaciones, como tramas más complejas y la aparición de sombras en su dibujo.

Por su parte, la Escuela de Marcinelle comienza su andanza también en Bélgica allá por 1950, con las historietas de Spirou y Fantasio, los personajes creados por Robert Velter (Rob-Vel). Otros célebres autores de la primera época de esta escuela son Morris -creador de Lucky Luke-, Gastón Lagaffe y su Marsupilami, o Los Pitufos de Peyo. Nos encontramos ante un estilo mucho más cómico, caricaturesco y desenfadado, con mundos alocados y personajes en quienes destacan sobre todo las manos para dar expresividad y las narices para aportar identidad. Sus temáticas no se limitan a las aventuras, sino que se adentran también en el costumbrismo, e incluso en la parodia. Sus esquemas no son tan conservadores, por lo que sus personajes son más variados y sorprendentes que los de la Línea Clara. La influencia de estos artistas se expandió enormemente por la vecina Francia, donde también aparecieron en años posteriores exitosos ejemplos, como Astérix el Galo, o casi en nuestros días, Titeuf. Hoy en día, Francia es uno de los países, después de EEUU y Japón, que más factura por la producción de cómics. El tebeo español también se ha visto mayoritariamente influenciado por esta escuela, con ejemplos célebres en Mortadelo y Filemón de Francisco Ibáñez o Zipi y Zape de Escobar.

Moebius y Franco Luini / Fotografía: Gianfranco Goria
Moebius y Franco Luini / Fotografía: Gianfranco Goria

El cómic europeo evolucionó mucho más tras los años setenta, prácticamente libre de clichés editoriales, como los superhéroes, que acaparaban toda la producción en EEUU. De esta forma, el auge de nuevos géneros como la fantasía y la ciencia ficción fueron afrontados con perspectivas originales e incluso experimentales. Uno de los cómics más destacados de estos tiempos es Corto Maltés, del italiano Hugo Pratt, que hacía un repaso en clave de aventuras por la historia mundial reciente, adentrándose al mismo tiempo en el género fantástico y de misterio. Esta libertad supuso la inevitable aparición en todo el mundo de la llamada Línea Chunga (en contraposición a la Línea Clara), llamado también cómic underground, de carácter contracultural, fruto de la evolución artística de muchos creadores de historietas. Esta a su vez desembocó en el cómic experimental, cuyo mayor representante es el francés Moebius (Jean Giraud), fallecido el año pasado a la edad de 73 años. Si bien no tuvo gran aceptación entre el gran público, influyó enormemente en artistas de todo tipo, desde escritores a pintores, músicos y cineastas. La creación de Moebius terminó de consagrar al cómic como un arte de élites, no sólo reservado a niños y jóvenes, y supuso un paso crucial hacia esta nueva etapa en que se ha vuelto referente privilegiado de la cultura popular. Por su parte, el cómic europeo del último tercio del siglo XX ha supuesto una pieza clave en la aparición de la novela gráfica como un arte respetado y libre de cualquier tipo de prejuicio arrastrado de la historieta juvenil, por otra parte, reputada hoy en día como un medio propio de siempre sorprendente calidad y profundidad.

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