Claudia

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Fuente: La Conquesta del Pol Sud

Muy a menudo descubrimos que la realidad supera la ficción. O, dicho de otro modo, la realidad encierra historias tan potentes que no es necesario inventar nada para dejarnos boquiabiertos y clavados en la butaca del teatro de pura emoción. Eso es lo que comprobamos, de la mano de La Conquesta del Pol Sud, con montajes como Claudia, que sigue la misma línea dramática que Nadia el anterior de esta trilogía sobre mujeres e identidad.

Si en la primera obra Carles Fernández Giua y Eugenio Szwarcer subían al escenario a una mujer afgana que tuvo que hacerse pasar por chico durante años para ayudar a su familia a sobrevivir, ahora nos presentan a Claudia Poblete Hlaczik. Claudia dejó de ser Claudia a los meses de nacer para pasar a ser Mercedes. Y no recuperó su identidad hasta veinte años después, cuando descubrió que era uno de los bebés robados durante la dictadura militar argentina. Su caso sentó precedentes en la justicia del país, puesto que fue el primero en llevarse a juicio cuando su familia biológica –su abuela, sus tíos− la encontraron. Sus padres forman parte de los miles de desaparecidos.

Es muy difícil comprender el choque que debe suponer para cualquiera enterarse a los veinte años de que su vida, la vida que ha llevado hasta entonces, es en realidad una vida impuesta, una vida que surge a partir de un delito. Que las personas a las que llamas padres en realidad no lo son, que los ideales y los valores en los que te han educado chocan con los que defendían los que te dieron la vida y que perdieron la suya por ellos. ¿Cómo se encaja que la que crees tu identidad no lo sea? ¿Cómo se asume, tras tantos años, que eres otra persona, con otro nombre, con otra familia, con otros orígenes…?

Pocas veces se tiene la oportunidad de que alguien que haya vivido esa experiencia te la cuente en primera persona. Te cuente cómo fue su infancia, qué miedos e inquietudes la asaltaban, cómo era la relación con sus padres; y luego cómo conoció la noticia, cómo aprendió a convivir con la verdad, cómo lidió con las contradicciones que sentía… Claudia hace todo eso y más sobre el escenario. Claudia, que no es una actriz interpretando un papel, sino que es ella misma, comparte su historia con el espectador, guiada por la dirección escénica de Fernández Giua en el espacio de Szwarcer. Ellos, a su vez, la acompañan en escena y nos cuentan cuál fue su recorrido hasta conocer a Claudia y qué preguntas querían plantear con esta pieza. Las dos historias se ven reforzadas por la proyección audiovisual y fotográfica, como si hiciera falta algo más para demostrar la veracidad de los hechos, la autenticidad de la persona que se presenta ante nosotros.

El testimonio de Claudia conmueve, emociona. El espectador es incapaz de no empatizar con ella, incapaz de no entrar en esa terrible y maravillosa historia. Porque la verdad que rezuma es tal que se te eriza la piel incluso sin quererlo. Claudia, junto con el resto del equipo del montaje, nos hace un regalo extraordinario y de gran generosidad al compartir con nosotros su vida y sus particularidades. Y es, también, un modo de hacer justicia. Un modo de recordar aquello que no debe ser olvidado. En la cadena de interrogantes que despliegan al inicio de la función los creadores, Szwarcer se pregunta si es posible una sociedad saludable si no se juzgan los crímenes del pasado. Sin duda, este espectáculo es muy bueno para la salud.

Se estrenó en el pasado Festival Grec este verano, y desde entonces se ha exhibido en distintas localidades catalanas, como en el Teatre-Auditori de Sant Cugat, donde pudimos disfrutarlo. Ojalá su tournée se extienda al resto del estado, porque es uno de esos montajes que no debería perderse nadie.

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