Cisne Negro

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Nervios, angustia, odio, miedo, pasión. La cámara tiembla. Y uno y dos, comienza la función.

Si bien en El Concierto el director francés Radu Mihaileanu nos sorprendió con una historia llena de pasión y buenos sentimientos al ritmo de una falsa orquesta del Bolchoï por las calles de París, Darren Aronofsky nos trae un relato que encuentra en la intensa melodía de El lago de los cisnes el amplificador perfecto para hacer llegar con fuerza una historia que promete tragedia desde el primer minuto. Una terrible guerra psicológica en la que los tambores que anuncian la batalla se convierten en estridentes tijeras corta-uñas. De nuevo la eterna dicotomía entre el bien (cisne blanco) y el mal (cisne negro), con la particularidad de que en este caso es el mal el que trata de imponerse a toda costa.

Diez años después de Réquiem por un sueño, Aronofsky vuelve a presentarnos una obra tremendamente angustiosa, aunque esta vez con mucho más ritmo y con una peculiaridad que a mi modo de ver constituye el máximo diferencial por el que supera a su antecesora en este tipo de dramas psicológicos. En la primera se sumerge en el sórdido mundo de la drogadicción. Un tema trágico en sí mismo. Desarrollar todo tipo de situaciones asfixiantes a partir de esta baza no requiere una especial proeza. Aunque este director lo supiera tratar de forma magistral y el impacto de aquella cinta fuera arrollador. Sin embargo en Cisne negro, es la obsesión por la danza la que actúa como hilo conductor para adentrar al espectador en los vertiginosos parámetros mentales que rigen la conducta psicótica de la protagonista. Es imposible no recordar también su última película, El luchador. En contextos y círculos sociales que nada tienen que ver, ambos protagonistas castigan sus cuerpos para alcanzar o conservar la fama.

Quizá esta sea la película en la que Natalie Portman ha tenido su mayor ocasión de lucirse, al poder dar vida y cargar de matices a un personaje que evoluciona violentamente hacia su auto-destrucción. Oportunidad que supo aprovechar, como avaló la Academia de los Óscars al brindarle el premio a mejor actriz. Mila Kunis, con un personaje más plano, aunque necesario, se ve obligada también a imprimir varios registros en su interpretación, justificados por las paranoias de Nina (Natalie Portman). Y para cerrar el elenco de actores principales, nos encontramos al francés Vincent Cassel, que encarna con asombrosa solidez y credibilidad al estricto director de la escuela de ballet de Nina.

Una historia desagradable, descarada y muy recomendable que en alguna ocasión recuerda a la desconcertante historia de El club de la lucha adaptada al cine por David Fincher.

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