Cien años de atletismo

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Mónaco acogió la Gala de la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) en la que, como cada año, se reconoce a los mejores atletas de la temporada. En esta ocasión, la cita fue más especial si cabe, debido a que se cumplen 100 años desde la fundación de la asociación, allá por el 17 de julio de 1912. Los galardonados fueron el jamaicano Usain Bolt y la estadounidense Allyson Felix. Compartieron protagonismo con algunas de las más grandes estrellas de la historia, que asistieron al evento.

La IAAF celebró sus 100 años con grandes atletas de todos los tiempos. Fotografía: IAAF
La IAAF celebró sus 100 años con grandes atletas de todos los tiempos. Fotografía: IAAF

Ni la antigüedad de sus orígenes, ni el hecho de que durante más de ocho siglos dejasen de celebrarse cualquier tipo de juegos, han conseguido que el atletismo pierda su fuerza y su carisma. El deporte rey comenzó a practicarse en la ciudad de Olimpia, aún en la Grecia Clásica y, gracias a esa circunstancia, dio el nombre de Juegos Olímpicos al mayor evento deportivo jamás conocido; desde sus primeros momentos, durante su celebración en el año 776 antes de Cristo. La competición reunía la práctica de lanzamientos, saltos y carreras, esenciales para la supervivencia del ser humano. El ejercicio de estos deportes suponía poner a prueba al hombre con un fin únicamente lúdico; llevarlo a un límite físico y mental con un claro afán de superación, de competitividad. Algo, sin duda, muy novedoso y que rompía con la mentalidad de la época. Durante más de mil años gozó de grandes momentos, vivió su celebración en multitud de ciudades y evolucionó incorporando nuevas disciplinas. Hasta que, en el año 394, el emperador romano Teodosio decidiera abolirlos por decisión propia. El atletismo quedaría en el ostracismo durante más de 800 años.

Sin embargo, en 1896 regresó, de una forma más organizada, para quedarse, quién sabe si definitivamente, al celebrarse los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna en Atenas. Ambos, atletismo y Juegos Olímpicos, conocen sus mejores momentos de la mano; son lugar común el uno para el otro. En el presente año cumple su primer centenario la IAAF, que comenzó llamándose Federación Internacional de Atletismo Amateur hasta el año 2001, en que pasó a tener su denominación actual.

Bolt ya forma parte de la historia del atletismo. Fotografía: Thor Matthiasson
Bolt ya forma parte de la historia del atletismo. Fotografía: Thor Matthiasson

La historia del atletismo la conforman los grandes nombres que elevaron a la categoría de mito la práctica de este deporte. Es el caso de Jim Thorpe, que logró dos medallas de oro en pentatlón y decatlón en los JJOO de Estocolmo de 1912, los primeros en que se cronometraron las marcas. O el del legendario atleta de Alabama, Jesse Owens, capaz de batir en 1935 cuatro récords de velocidad en apenas 45 minutos y de lograr en los Juegos de Berlín al año siguiente, cuatro medallas de oro y hacer que Adolf Hitler se retirara indignado después de ver que la supremacía de la raza aria había quedado en entredicho. Otro ejemplo sería el de La Locomotora Humana, el checoslovaco Emil Zatopek, quien en los JJOO de Londres, en 1948, sería el primero en bajar de los 30 minutos al recorrer la distancia de diez kilómetros. Más cerca en el recuerdo quedan las exhibiciones de Carl Lewis, El Hijo del Viento, que entre Los Ángeles’84 y Atlanta’96 logró nada menos que diez medallas olímpicas, nueve de las cuales fueron de oro; además de conseguir otras ocho doradas y una de bronce en Campeonatos del Mundo. Como Michael Johnson, quien obtuvo en las disciplinas de 200, 400 y el relevo de 4×400 hasta 14 preseas, todas ellas de oro, cosechadas en todos los Mundiales y Juegos disputados durante los años 90.

Mención especial merece la atleta jamaicana Merlene Ottey, que subió al podio en nueve ocasiones durante unos Juegos y 14 veces en Mundiales. Pese a vencer en tan solo tres pruebas, lo más destacable de su carrera es que fuera capaz de mantenerse en la élite durante 20 años, entre 1980 y 2000, demostrando su constancia, siendo inasequible al desaliento. El etíope Haile Gebrselassie, con cuatro años de edad, tenía que ir corriendo cada mañana a la escuela situada a diez kilómetros de su casa. A partir de 1993, se convirtió en el referente mundial en las distancias de 5.000 y 10.000 metros. Poco tiempo después, Kenenisa Bekele, también de Etiopía, seguiría su mismo camino: 14 medallas de oro entre los dos para Etiopía. Hicham El Guerrouj, Sergei Bubka, Javier Sotomayor y muchos más, dieron lustre también a este deporte. Todos ellos relevados en nuestros días por Usain Bolt, Yohan Blake, Tyson Gay, David Rudisha, Allyson Felix o Elena Isinbayeva, de entre los que no hay demasiadas dudas sobre quién pasará a la historia.

Pero también el atletismo ha contribuido para escribir algunos capítulos en el conjunto de la historia. La hacen algunos hombres que demostraron su grandeza, más allá de su talento como deportistas, tanto dentro como fuera del tartán. El norteamericano Tommie Smith y su compatriota John Carlos son ejemplo de ello. El 16 de octubre de 1968, en la final de los 200 metros lisos de los JJOO de México, su comportamiento tendría un efecto inmediato en sus vidas y se convertiría en un símbolo para muchos algunos años después. Ambos habían coincidido en la Universidad de San José, cerca de San Francisco, en la que estudiaban junto a Lee Evans, el referente en la distancia de 400 metros. Asistían a las clases del profesor de Sociología Harry Edwards, conocido en el ambiente universitario por comenzar a propagar su campaña contra la segregación racial en EEUU. No es una coincidencia que hubiera estudiado con él Lew Alcindor o, como más tarde se haría llamar, Kareem Abdul Jabbar, el magnífico pivot de Los Ángeles Lakers. La cuestión era que, encontrándose inmersos en tiempos de incertidumbre por la guerra de Vietnam, el mayo francés, la lucha por los derechos civiles, y tratándose de personas con un pasado complicado –Smith era el séptimo de los 12 hijos de un recogedor de algodón de Texas- no resultaba difícil encontrar gente comprometida con la causa. El profesor Edwards lo llamaba el Black Power.

Era algo tan fuerte, tan importante para ellos, que sentían que tenían que colaborar, que oponerse a las permanentes injusticias y faltas de derechos de la comunidad negra estadounidense. Hablaron incluso de no asistir a los JJOO como forma de presión. Abdul Jabbar llegó a no presentarse con la selección de baloncesto en México como señal de protesta. Los atletas sí fueron, pero para aprovechar la tremenda repercusión de su acto. La final fue enteramente un éxito. Tommie Smith protagonizó una carrera espectacular en la que rebasó en la última parte a su compatriota John Carlos y en la que dobló exactamente el tiempo necesario para cubrir la distancia de los 100 metros: logró la marca de 19.83 segundos. Más tarde, mientras se escuchaba el himno norteamericano, justo tras la entrega de las medallas, los dos atletas de raza negra alzaron uno de sus puños al cielo, vestidos por guantes negros, como símbolo de aquel Black Power. Fueron inmediatamente retirados de la competición. Nunca más se volvería a hablar de ellos por sus hazañas deportivas. Lo que no sabían quienes les desterraron era que sus carreras ya habían llegado demasiado lejos.

El atletismo supone mejorar cada día, desafiar al resto de participantes y a uno mismo, tener un constante espíritu de lucha, afán de superación. Algo de eso debemos percibir los espectadores cuando miramos con admiración el televisor cada cuatro años desde todos los rincones del planeta. Los gladiadores aún existen. Son nuestros atletas.

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