Ciberactivismo y las nuevas revoluciones

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Vivimos en un tiempo donde la tecnología ya ocupa un lugar privilegiado en nuestras casas. Transforman la manera de relacionarnos con los nuestros, rompen las últimas fronteras y cada vez, con mayor celeridad desafían al tiempo y la distancia al acercar distintas realidades al golpe de un clic. Nada nos es ajeno, y lo que hoy sucede en Yemen o Sudán del Sur comparte espacio en nuestros periódicos y tertulias con las manifestaciones en Murcia, o la fortuna de Mubarak. Desaparecieron las distancias.

Nadie que haga política deja de lado la red, o ningún profesor de enseñanza desecha utilizar distintas herramientas como complemento de formación a sus alumnos. Buscamos piso, consultamos ofertas de empleo, repasamos la predicción meteorológica, contemplamos documentales, encargamos la cesta de la compra. La implantación de las nuevas tecnologías ha renovado nuestros canales de información y comunicación, las relaciones personales o la manera de andar por el mundo.

Tanto es así que crece una nueva forma de activismo social, de perseguir acciones fabricadas por uno mismo, que reformulan el ejercicio del poder (compartido) a partir de unas redes virtuales. El ciberactivismo persigue como estrategia el cambio de determinadas cuestiones mediante la promoción y difusión de mensajes precisos. En las autopistas de la red no existen fronteras a pesar de que muchos países todavía censuren a blogueros con posturas distintas a las que marca el régimen. Incluso países de los llamados ricos confeccionan leyes para delimitar la influencia de los medios de comunicación como la “Ley mordaza” de Silvio Berlusconi.

Tan sólo con cliquear en una determinada web, cualquier ciudadano con acceso a la red, sin importar en qué parte del mundo se encuentre puede enviar un e-mail de denuncia o protesta, realizar una donación o prestar su firma a un manifiesto para exigir el cese de la violencia en las calles de Ciudad Juárez, demandar la situación del pueblo kurdo, o enviar imágenes sobre la caza indiscriminadas de ballenas en Japón.

Unas de las organizaciones más activas y de las pioneras en ciberactivismo, Amnistía Internacional consiguió que con su campaña de firmas online se revocara la sentencia de lapidación a Amina Awal. Más de nueve millones de personas prestaron su firman y ayudaron a que no se cometiera semejante crimen. En EE.UU, 400.000 personas se pusieron de acuerdo por medio de Internet y saturaron de llamadas los servidores telefónicos de la Casa Blanca y el Senado nacional, lo que impidió que sus ocupantes puedieran realizar llamadas.

En estos días, el ejemplo que mejor ilustra este fenómeno 2.0 quizá sea el de Egipto. Una revuelta convocada a través de la red social Facebook, sumado al malestar y a las precarias condiciones en las que vive el pueblo egipcio. Las barricadas se construyeron antes en la red que en las esquinas de El Cairo. De manera inmediata, el gobierno de Mubarak impuso el cortafuegos informatvo; cortó el acceso a la red e inhabilitó millones de cuentas de correo. Desde el 28 de Enero y así en los cinco días posteriores páginas web, blogs, redes sociales estuvieron fuera de servicio. No funcionó, siguieron los disturbios y todavía la gente sigue acampada en la plaza Tahrir de El Cairo.

Wael Ghonim, ejecutivo de Google fue uno de los creadores del grupo de Facebook “Todo somos Jaled Salid”, intentaba honrar la memoria de este joven egipcio golpeado por la policía hasta la muerte. El ciberactivista dijo hace un año que “Internet cambiaría la escena política en Egipto y algunos amigos se rieron de mí”. Su grupo hoy ya cuenta con millones de seguidores

Las revoluciones árabes demuestran al mundo que ya no sirven las viejas reglas. Quizá sea el inicio de una nueva etapa donde las conquistas sociales y las propias revoluciones se gesten en el espacio virtual antes de conseguir la calle. Una lección histórica de dignidad. Como citaba Allende “Sepan que más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. Esperemos que estas alamedas no sólo estén en la red.

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