‘Chava’ Jiménez y el regreso a los orígenes

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Se cumplen nueve años del fallecimiento de José María Jiménez Sastre. ‘Chava’, el mayor ídolo del ciclismo español inmediatamente posterior a Miguel Indurain, murió prematuramente y sin la gloria que había recogido en las carreteras. El genial escalador abulense se despedía por la puerta de atrás. Sus últimos meses, decadentes, no hicieron justicia a su talla. Para el recuerdo siempre quedarán sus hazañas en la Vuelta a España, la competición donde más destacó, y su manera de estar encima de la bicicleta, inconstante y genial.

‘Chava’ Jiménez, en la Volta a Catalunya de 1999. Fotografía: Team Movistar

La historia del José María Chava Jiménez tiene muchos elementos propios de las fábulas y cuentos con héroes de siempre. Oriundo de El Barraco, un pequeño pueblo de Ávila en las faldas de las montañas de Gredos, Chava creció siguiendo la estela que años antes había dejado su vecino Ángel Arroyo, segundo en el Tour de Francia de 1983. También de su paisano Julio Jiménez, otro mítico escalador abulense de los años sesenta. El entorno era propicio para que se propagara la pasión por el deporte del pedal. Hoy, la inagotable cantera de la provincia castellana sigue produciendo corredores, con carreteras repletas de aficionados y proyectos de ciclistas. Sigue presente la huella de una larga tradición cuyo ídolo máximo es Chava, aunque muchos jóvenes que lo tienen como referente ni lo conocieran ni lo recuerden.

Tuvo hechuras de gran campeón. Sus técnicos, la prensa y sus miles de devotos lo animaron buscando que se convirtiera en un corredor más completo. Su constitución física era poderosa, pero los altibajos, los vaivenes, eran parte indisociable de su manera de ser. Chava sufría con la disciplina que exigía la altísima competición, con la concentración y el esfuerzo mental que imponían largas temporadas fuera de casa. Dejó su particular sello como deportista: la originalidad, parecerse a muy pocos. Fue genial, repleto de clase, pero carente del instinto tiránico de dominación propio de los más grandes deportistas que inscriben su nombre en la historia. Un tipo incompleto en su bagaje pero pleno de leyenda alrededor de él.

Jiménez fue el carismático ciclista de masas que continuó engordando la nómina gloriosa de ídolos contemporáneos que se había iniciado con Perico Delgado. Su irrupción coincidió con un momento en que el ciclismo era el segundo deporte más seguido del país, gozaba de audiencias millonarias y una cobertura mediática muy superior a la que tiene hoy. Ocupó el vacío que había dejado Miguel Indurain. La hinchada española, huérfana tras la repentina retirada del gran campeón navarro, encontró en el abulense un rápido sucesor. Despertó simpatías por su genialidad, por ese aire bohemio de artista inconstante. Nunca tuvo ínfulas de divismo, ni compitiendo ni en el trato cercano.

Frente al perfil de Miguelón, deportista de escrupulosa preparación y superior en el aspecto físico, José María Jiménez era una vuelta a los orígenes, al prototipo. Con Chava, el ciclista español idolatrado se escapaba de la tecnificación y de los centros de alto rendimiento para regresar al romanticismo y la épica, a la incertidumbre de la irregularidad. El corredor de Navarra llevó los triunfos individuales a cotas nunca antes vistas. Fiable y siempre puntual a su cita con la gloria, el líder del gran Banesto se alzó con cinco Tours de Francia consecutivos y 2 Giros de Italia, amén de otras pruebas menores y un sensacional dominio de la contrarreloj. El abrumador palmarés de Indurain y la jugosa cosecha de Perico son incomparables numéricamente con los éxitos del corredor de El Barraco.

La Vuelta a España fue su carrera fetén. Ganó cuatro premios de montaña, uno de la regularidad y una decena de etapas, incluyendo una cronoescalada. La edición de 1998, la del duelo fratricida con Abraham Olano dentro del seno de Banesto, terminó con su único podio en una grande. Jiménez resistió en su lugar de honor en el tercer cajón por solo seis segundos; detrás quedó Lance Armstrong, renacido ciclista que acababa de superar un cáncer. Para la historia de la Vuelta quedará su victoria en la primera ascensión al Angliru, en 1999, cima asturiana que se consideró mítica antes incluso de que llegara la carrera ciclista. La increíble aparición del Chava entre la niebla, y adelantando al escapado Pavel Tonkov metros antes de la meta, es una de las imágenes icónicas de la gran ronda española.

Chava supuso una vuelta al pasado romántico, al de los valientes escaladores temerarios y corajudos. El espigado ciclista no era táctica ni estrategia, era corazón e improvisación. Si Indurain fue uno de los estandartes del nuevo momento del deporte español, que reverdecía definitivamente aupado por la celebración de los Juegos de Barcelona, Chava regresaba con aquella historia deliciosa de héroes humildes, de ídolos con los pies de barro. Paradójicamente, fue su cuñado Carlos Sastre, un ciclista sufrido y obstinado, la antítesis de Chava, quien se llevó un triunfo inolvidable, el Tour de Francia de 2008. El método y la resistencia ganaron a la inspiración y las sensaciones. José María Jiménez se marchó prematuro, con 32 años, y en silencio, pero con un recuerdo que no se apaga.

1 Comentario

  1. Cuando el Chava atacaba nos levantaba a todos del sofa, incluso a aquellos que recurrían al ciclismo para echarse la siesta, te ponía el corazón a cien ver a un corredor tan grande escalar con tanto sufrimiento y a la vez facilidad. Grande Chava y gran artículo.

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