C´est la Vie, Santa Claus

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Jo, jo, jo. La verdad es que a mi la Navidad no me hace puñetera gracia, más bien ninguna. Los que sí que se tienen que descojonar son los comerciantes, deben tener las palmas de las manos gastadas de tanto frotarse; porque en Navidad hay que comprar, derrochar, eso está claro, ¿a santo de qué?, qué más da, es Navidad y tenemos licencia para saciar nuestros caprichos más triviales.

Para el comercio la temporada navideña 07/08 ha empezado ya hace un par de semanas. De repente te percatas de que una violenta plaga de lucecitas horteras y adornos extravagantes han invadido tu ciudad, ¿ya es Navidad? ¿Pero si estamos a principios de noviembre? El mensaje no es otro que: “Chicos, iros mentalizando de que se avecina el gran despilfarro, dejad que vuestros euros fluyan como el agua hacia nuestras cajas registradoras”.

Y qué me decís del lacayo de Coca-Cola. Pobre hombre. Debería estar jubilado en vez de andar por ahí borracho al frío del invierno volando con sus renos. Además, Santa Claus no es otra cosa que un fructuoso remake de un viejete misericordioso que vivió allá por el siglo IV d.C en Lykia (actual Turquía). Los propietarios de ese adictivo líquido negruzco supieron darle un toque más comercial y forrarse un poquitito más, y todo gracias a la imagen de un hombre que lo dio todo por los necesitados. Quién se lo iba a decir al verdadero Claus en el siglo IV, sí en vida favorecía a los desprovistos, una vez fallecido se encargaría de embutir a los más fornidos, c´est la vie Santa.

Lo que hacemos con los niños no tiene nombre. Ellos hacen sus cartas y venga a pedir, sin piedad. Aver quién coño les dice que el viejo gordo y los tres reyes esos de postín no ponen un mísero euro. Me parece una vergüenza hacerles creer que los regalos los traen “de gratis” un anciano barbudo vestido de rojo y tres tipos subidos a unos camellos. Deberíamos ahorrarles el mal sabor de boca que se te queda cuando descubres el cruel engaño al que te han estado sometiendo tus padres y que el único camello que has visto es el quinqui ese que merodea por tu barrio. Quizás, en ese preciso instante, empiezas a darte cuenta de que la vida no es lo que parece y de que no puedes confiar ni en tu padre.

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