El dedo acusador de Doug Liman

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A medio camino entre el thriller político y el drama familiar se sitúa Caza a la espía, film con el que el cineasta Doug Liman recupera uno de los episodios más bochornosos acaecidos en el contexto de la última guerra de Irak: la denuncia pública (a través de un artículo en el New York Times) del diplomático Joe Wilson sobre la falsedad de que Irak se había aprovisonado de uranio en Níger para fabricar armamento nuclear (una de las razones esgrimidas por la Casa Blanca para declarar la guerra) y la respuesta del gobierno de Bush, la revelación de la identidad de la agente de la CIA -y esposa de Wilson- Valerie Plame.

Ya desde el principio queda patente el sesgo ideológico de la cinta. Liman dirigió los anuncios televisivos para Barack Obama en 2008 así como todo el material audiovisual del aspirante demócrata Howard Dean en 2000. Por su parte, el compromiso social de Sean Penn es de sobra conocido por todos, dentro y fuera de la pantalla. Que no extrañe entonces que la administración americana tome el papel de villano y no haya un solo funcionario que la deje en buen lugar. Ahora bien, el hecho de haber podido contar con el asesoramiento e implicación de Valerie Plame y Joe Wilson da al filme cierto margen de credibilidad. Y si además sus versiones cinematográficas están encarnadas por Naomi Watts y Sean Penn, pocas pegas se le puede encontrar a Caza a la espía -a priori- para no darle una oportunidad.

La presencia de Watts y Penn otorgan a los proyectos en que participan un mayor atractivo. Si están los dos juntos, más aún. La química entre ellos es extraordinaria, hasta el punto de que con Caza a la espía, ya son tres las veces en que han compartido cartel tras 21 gramos (que valió a la australiana la nominación al Oscar) y El asesinato de Richard Nixon (otro film con un marcado carácter político). Todo un seguro de vida que queda patente en esta cinta. Lo que en manos de otros intérpretes habría sido carne de telefilme (y alguna de las escenas familiares se empeña en reforzar esa impresión), con Sean y Naomi cobra gran fuerza emocional y honestidad.

La elección de la pareja protagonista resulta fundamental, pues la película, a pesar de la trama política, hace mucho hincapié en las consecuencias personales en la vida familiar de la espía y su marido.

No por ello, la parte del film que se refiere a la guerra de Irak en sí queda minusvalorada. Para añadir más poder en la crítica a la Casa Blanca se van intercalando imágenes con declaraciones de altos cargos del gobierno Bush que abogan por la invasión y contradicen los hechos de los que somos testigos a lo largo del metraje, hechos que ponen de manifiesto el juego sucio de la Administración para justificar la guerra.

En el aspecto visual Doug Liman lo deja bien claro, la herencia de Bourne (trilogía de la que dirigió El caso Bourne y produjo las dos secuelas) no se olvida. Huyendo del clasicismo de los thriller políticos de toda la vida (como Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula), el director neoyorkino prefiere un montaje más ágil, sin tiempo para la reflexión, que acompaña con un excesivo uso de la cámara al hombro. No por seguir a los personajes de un lado a otro se consigue un mayor realismo. Esto se aprecia con claridad en una escena en la que, por la mañana,Valerie se marcha a trabajar tras despedirse de Joe y sus dos hijas con un beso. No hay necesidad alguna. Como tampoco hay necesidad de coger imágenes de Youtube que en pantalla grande parecen el borrón de un mosaico mal hecho a causa de la cantidad de píxeles que aparecen.

Caza a la espía goza de un ritmo narrativo muy atractivo, no se producen altibajos y, aunque realmente no aporta gran cosa (ni formal, narrativa o ideológicamente), resulta muy entretenida; sumado al placer de ver a Naomi Watts y Sean Penn compartiendo plano, la cinta es más que apetecible.

Imágenes:
DeAPlaneta
Way To Blue

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