Canon

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Estaba arriba, en su estudio, escuchando a Pachelbel. Si sus amigos conocieran su indiferencia ante la música moderna, le habrían colgado la etiqueta de friki de la pandilla. A sus 16 años recién cumplidos, Inés lleva en su mochila una educación sentimental que ya quisieran muchos cuarentones. Su padre, un político socialista, y su madre, licenciada en Historia, le inculcaban el amor por la literatura y por la buena música. Nunca había ocultado Inés sus clases de solfeo o su pasión lorquiana (se sabía de memoria casi todo el Romancero gitano). Pero delante de sus amigos bailaba y bebía al compás de grupos que detestaba: El Canto del Loco, El Sueño de Morfeo, La Oreja de Van Gogh… Siempre había tenido temor a la soledad y a la marginación. Por eso vestía bastante provocativa. Su cuerpo, ligeramente sinuoso y con un soplo infantil, era cada sábado el espejo de negras miradas. No le gustaban los chicos de su generación, pero se enrollaba con más de uno cuando el cuerpo se lo pedía. Hacía una semana que empezó a salir con Jaime, un chaval de 18 años bien parecido (desde el vientre hasta el pecho), pero con escaso cerebro. En él había estado pensando anoche. Se dio cuenta de que sus músculos no encajaban con las frágiles curvas de Pachelbel. “Pero ya es tarde”, pensaba. Nunca ha sabido enfrentarse a los sueños. Prefería el deseo a la soledad. Y la borrachera a la catalogación. Por eso, como la mayor parte de chicas de su edad, llevaba al día su Fotolog. Comentarios atrevidos (“¡Esa Ine enseñando las tetorris! ¡Qué guapa!”), posturas que complacen a los onanistas y, de vez en cuando, algún verso romántico adornaban esa página. Su rutina diaria era un poco aburrida: sacar al perro antes de ir al instituto, aprobar los exámenes… Pero, cuando llegaba el sábado, se pasaba la tarde viendo alguna película de Woody Allen antes de salir de marcha con su pandilla. “De nada sirve el talento si no tienes un poco de suerte”.

Estaba abajo, en la salita, viendo a “Los Simpson” (uno de los pocos negocios que liberaba a su generación). Víctima de un tiempo vil y mediocre, Inés veía complicado su sueño de ser artista. “Si la gente de mi edad, odia la música clásica, ¿quién me va a escuchar?”. Recibió un mensaje de texto: “Hace tiempo que no te veo, niña. ¿Qué es de tu vida? Últimamente me acuerdo mucho de ti. ¿Quieres que nos veamos?”. (Pablo –el autor del sms– es uno de los escasos adolescentes que escribía sin faltas de ortografía). La alegría de Inés estaba servida. No sería Pablo tan atractivo (desde el vientre hasta el pecho) como Jaime, pero tenía una conversación mucho más asentada. (No puede negarlo: le encantan los chicos). “Yo también me acuerdo de ti, Pablete. ¿Qué te parece si nos vemos esta noche? Tenemos una cita pendiente”. Sus ojos encendían la pecera que tenía enfrente. “¡Mi salvador!”. Corrió hacia el baño (su refugio en los días oportunos) y se metió en la ducha. El cabello sumergido, los níveos hombros, las sortijas afiladas, los pies huyendo en su propia casa… Parecía caminar cantando y pensó deprisa. En ese momento, sonó en su móvil el “Canon” de Pachelbel. “Perfecto. ¿Qué te parece si nos vemos en mi casa a las 10? Te esperaré impaciente, guapísima”. Era el segundo mensaje que recibía esa tarde sin faltas de ortografía. Salió de la ducha apresurada. Ante de secarse, se detuvo en el espejo de su habitación. Realmente era una muchacha bella. El gel de flores blancas parecía confundirse con sus pequeños senos. Más que secarse los pies, parecía que estuviese bailando una danza que sólo ella conocía. La persiana estaba subida, pero en ese instante no le importó que nadie conociese el secreto de su rutina.

Estaba más abajo, en el Metro, contando las estaciones para no perder la calma. “¡Valdeacederas!”. Tras un improvisado monólogo con su mp3, había llegado a su cita. Subió las escaleras de la estación sin prisa, pero con decisión. Llevaba una minifalda vaquera que alargaba la curva de sus muslos en cada escalón. Los veinteañeros hacían cola para presenciar aquel espectáculo. Estaba acostumbrada a la composición, así que pareció no importarle. Tan sólo había estado una vez en el piso de su amigo, pero no se perdió en el corto trayecto. “¡Hola, Pablo! Soy Yo, ¿me abres?”. Era Ella, sin duda. Estaba tan pletórica como su cuerpo. Pablo abrió rápidamente la puerta. Tragó los besos y le dio la salvia. No ocultó su asombro: Inés se había vestido para él. Estaba rebosante. “Pasa, pasa, por favor”. Prefirieron tomarse en el mismo vaso un Absolut con naranja. A Pablo le costaba vocalizar, así que se centró en la música: Calamaro. No era la “Flaca” el estilo de Inés, pero, ¿qué importaba? Sus piernas levantaron aquel blanquísimo cuerpo con atrevimiento. Se abalanzó sobre Pablo: ¡no llevaba sujetador en sus flores blancas! Los muslos de la niña y las caderas de la mujer en un primerísimo plano: era Ella, sin duda. Y un delicado chico debajo. Comenzó a besarlo con ternura, pero no encontró ninguna respuesta. ¿Imposible amor en nuestro tiempo? Los dos eran vírgenes. Por temor al matemático catálogo, ninguno de ellos lo había reconocido en público. Ahora tenían la oportunidad de ser ellos. Una mirada afeitaba el vello del pecho de Pablo. Y las espinillas de su espalda, más que un desafío, eran su respuesta al mundo. La boca de Inés recorrió el cobre de su vientre antes de depositar su fe en las lejanas rodillas. El disco había concluido. Todos se habían rendido al amor adolescente. “Te quiero, Pablo”, susurraba Ella con dulzura. ¿Qué hubieran dicho sus amigas? ¿Y Jaime? ¿Llevaría su gimnasio a cuestas? ¿Sería necesario un hombre para comenzar a crear este canon indescifrable? “Si Pablo tiembla, es porque desea tanto como yo este momento”. Y los latinoamericanos llevan banderas de España en el coche. Por ti, Inés. Y por Ella.

(Este relato está extraído de la antología colectiva Cuentos y reencuentros, coordinada por el escritor Tino Pertierra y editada recientemente por Laria en Oviedo).

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Fuentes de las imágenes:
1.- Terra
2.- Propia

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Periodista cultural y escritor nacido en Santiso de Abres (Asturias), en 1987. Es licenciado en Periodismo por la Complutense y Máster en ‘Investigación en Periodismo: Discurso y Comunicación’ por la misma universidad, donde ultima su tesis: ‘La metáfora en la poesía de Antonio Martínez Sarrión’. Es jefe de la sección de Folio en Blanco en LA HUELLA DIGITAL y colabora en el diario lucense ‘El Progreso’, en cuya redacción ha trabajado. Ha escrito artículos culturales para diversas publicaciones, como el periódico asturiano ’La Nueva España’ o ‘Revista de Letras’ (canal oficial de libros de ‘LaVanguardia.com’). Es autor del poemario ‘Camas de hierba’ (Vitruvio, 2011). Su lírica ha aparecido en diversas revistas poéticas y ha sido antologada en las obras colectivas ‘Amores infieles’ (2014) y ‘La primera vez… que no perdí el alma, encontré el sexo’ (2015), ambas editadas por Sial-Pigmalión y coordinadas por Antonino Nieto Rodríguez. También ha participado como narrador en ‘Cuentos y reencuentros’ (Laria, 2009), antología colectiva coordinada por Tino Pertierra. Escribe letras en gallego —su lengua vernácula— para la banda Foxnola. El líder de dicho grupo, Abel Pérez, musicó, para su anterior proyecto musical (Os Folkgazais), un poema de Acebo, ‘Desafío’.

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