Campeón de Europa… por décima vez

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El Madrid se proclamó vencedor de la Champions League tras derrotar por 4-1 al Atlético en un duelo inolvidable que corona como rey indiscutible de Europa al conjunto madridista. El fútbol, compendio de pasión, sufrimiento, belleza, épica y esperanzas guarda para los campeones una buena dosis de felicidad que no resulta comparable con ninguna otra sensación. Sentimiento, por otra parte, que nunca podrá ser explicado a quien sólo entiende este deporte como un enfrentamiento entre jugadores que dan patadas a un balón.

Sergio Ramos (28) celebra el tanto del empate en el tiempo de descuento. Foto: MULADAR NEWS
Sergio Ramos (28) celebra el tanto del empate en el tiempo de descuento. Foto: MULADAR NEWS

Del mismo modo, y llegando a despreciar su entrega y esfuerzo, reserva el amargo sabor de la derrota para el que resulta perdedor, que tampoco podrá explicar por qué no es capaz de contener las lágrimas ante el fracaso en un “simple partido de fútbol”. Irracional, incomprensible y desmedido para algunos. Motivo de optimismo, evasión y orgullo para otros. En definitiva, en la noche del 24 de mayo de 2014, durante algo más de 120 minutos el fútbol sirvió como coartada para soñar con alcanzar una meta que, en el caso del Real Madrid había costado doce años conseguir.

El rival de los madridistas era un Atlético de Madrid campeón de Liga que aspiraba a destronar al único equipo con nueve trofeos para obtener la primera Champions que exponer en sus vitrinas. Lo intentaron los colchoneros, con tanta intensidad que incluso alinearon a su estrella, Diego Costa, lesionado días atrás y milagrosamente recuperado para ser titular en Lisboa. Pero no pudo aguantar ni diez minutos sobre el césped. Del mismo modo los blancos contaban en sus filas con sus delanteros maltrechos, CR7 y Benzema, y decidieron forzar su participación. Los días y horas previas a un acontecimiento único, porque nunca se habían enfrentado en una final de Copa de Europa dos equipos de la misma ciudad, mostraron a dos aficiones ejemplares y, del mismo modo, se comportaron los jugadores sobre el césped. Entradas duras o algún gesto desafortunado quedaron olvidados ante un duelo deportivo y limpio.

Comenzó marcando el Atlético, 0-1 de Godín en el 36 aunque el Madrid había gozado de más ocasiones en los primeros minutos. En la segunda mitad ambos conjuntos dispusieron de oportunidades (Bale, Di María, Carvajal, CR7 y Benzema para los blancos y Adrián, Villa y Raúl García para los colchoneros) en una lucha protagonizada por la entrega y el ímpetu más que por la brillantez o la fuerza. Cuando los atléticos acariciaban la copa, disputándose ya los cinco minutos de tiempo añadido, llegó el empate con un gol anotado por el héroe de Munich, que quería volver a serlo en Lisboa. 1-1 de Ramos que devolvía la fe a los madridistas.

Llegados a la prórroga, una reflexión se hacía necesaria, y es que las sustituciones resultaron la clave de la remontada. Isco, Marcelo y Morata entraron por Khedira, Coentrao y Benzema y revolucionaron a sus compañeros. Hizo lo mismo el rival dando salida a Raúl García (con amarilla) y Filipe (lesionado) para incorporar a Sosa y Alderweireld, pero no funcionó. Con el 1-1 y tras 90 minutos desquiciantes comenzaba la prórroga para alargar el sufrimiento que invadía a los afortunados que asistían en directo a la final, y a los que en la lejanía, a través de la radio o la televisión, soñaban con ver a su equipo victorioso.

El Atlético tal vez pagó su esfuerzo e inexperiencia y no pudo frenar a un Madrid que se puso por delante, 2-1, en el 110 tras un cabezazo de un decisivo Bale a pase del mejor jugador de la final, con permiso de Carvajal y Ramos; un Di María sensacional. Sin casi tiempo de reacción y cuando las piernas ya pesaban en las dos filas, llegó el 3-1 anotado por Marcelo en el 118. Los colchoneros apelaban a la épica para dar la vuelta a un resultado, tal vez, demasiado abultado para su esfuerzo, pero CR7, que jugaba en su país y que apenas había aparecido hasta entonces quería anotar el que sería su diecisieteavo gol de la competición. El luso no desaprovechó un penalti en el 120 para situar el 4-1 definitivo y un nuevo record en su haber.

Ni siquiera el error que cometió Varane al despejar un balón hacia el banquillo rojiblanco con el fin de perder tiempo o de provocar; la respuesta desmedida y airada de Simeone, que se sobrepasó en su reacción con un jugador inexperto, o, la recurrente excusa de achacar la victoria a la diferencia de presupuestos (que sólo aparece ante las victorias de los grandes) empañaron una final ejemplar. El Real Madrid conquistó su ansiada Décima tras una de sus clásicas remontadas europeas recuperando así el título de Rey de Europa ante un digno rival que a punto estuvo de arrancarle una copa que llevaba doce años con el hueco reservado en las vitrinas de la sala de trofeos del Santiago Bernabéu. Fue una victoria hermosa como las de antaño: sin ruído ajeno alrededor al deporte, con los futbolistas como protagonistas y el predominio del juego de equipo por encima de las individualidades. Con los contrincantes dándose la mano y felicitando al rival. Y es que el fútbol, tantas veces protagonista por reflejar lo peor de la sociedad, también puede despojarse de prejuicios y volver a su esencia, consiguiendo al menos durante unas horas, que el mundo se pare para disfrutar de un espectáculo sensacional.

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