Caminando por Lima

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Caminando por Lima uno se da cuenta que las tardes siempre son grises. Tales como aquellas miradas de transeúntes apurados por llegar al trabajo, otros por salir y otros tantos por simple rutina. Caminando por Lima uno se percata que casi nadie dice creer en sueños, y que la inmediatez es el único logro que la mayoría desea tener.

Hay otros, quienes esperan la llegada de la aurora, el día en que dé la hora el pájaro cantor. Caminando por Lima uno se da cuenta que de razas solo hay una, pero abundan soledades que piden a gritos un cobijo o un simple beso de esperanza y perdón.

Uno se percata del miedo de la juventud a crecer y a madurar. De aquellos ancianos que tienen miedo a morir sin haber hecho algo importante en sus vidas. Aquellos niños que sueñan con ser alguien y que tal vez terminen siendo aquellos jóvenes con miedo a crecer, quienes a su vez terminarán siendo aquellos ancianos que tengan miedo a morir. Caminando por Lima, uno se da cuenta que puede toparse con el cielo o el infierno en cualquier parte: ambos son reales según el estado de ánimo de los transeúntes. ¿Quién dice la verdad? ¿El que aprieta o quien amarra?, ¿el que reniega o el que sonríe? ¿Aquél que mira o prefiere cerrar los ojos?

Caminando por Lima uno ve la realidad como la desea, cada uno sueña como bien le parezca y cada uno pesca de lo que sembró el día en que subió al tranvía de soñar con un pie en la tierra y con otro en los cielos.

Hay tráfico, veintitrés obras públicas a la vez y durante el día. Hay cines, hoteles y jóvenes haciendo el amor en los baños de las universidades. Hay premisas subjetivas para comprar productos inútiles para el hombre. Hay chatarra que denominan comida, hay personas que ayudan a otras personas porque les nace lo que otros no hacen. Hay excesos, abusos, fraude y compras de personas como si fueran objetos. Hay una luz en el fondo del camino que tal vez sea el verdadero destino de aquellos que creen que el país va a cambiar. Hay otros que tiran la toalla como si hubiesen batallado durante años, cuando sus mínimos esfuerzos no tumban ni a un diente de león.

Hay pensamientos confusos de jóvenes que se hartan de ser diferentes. Hay otros tantos que se hartan por ser tan iguales, y hay otros tantos que se hartan de no saber quiénes son. Hay violaciones cantadas y otras con autorización, pues la ilusión pudo más que la crueldad de una realidad absurda. Hay maravillas hechas por el hombre que cuida con esmero. Hay iglesias, conventos, catedrales y capillas. Hay fe, odio y palabras que me llegan hasta la coronilla, como si en verdad Eva hubiera nacido de una costilla y se subyugara a los designios de Adán. Hay compras, hay velas y ataúdes, hay tortas y biberones. Hay amor conocido como rencor y rencor que es conocido como indiferencia. Hay más: hay botellas en el suelo, hay zancadillas de un risueño…

Cae la noche con su manto de estrellas y la vida nos regala el poder ver más que una de ellas. La plenitud de la noche, la paz del aire sobre el rostro, el mar, la arena y un descalzo latir que transita suavemente por la orilla…

Caminando por Lima me doy cuenta que cuanto más digo haber vivido, menos he vivido todavía.

Fuente de imagen:
http://www.periosia.blogspot.com

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