“Cambiar el mundo sin tomar el poder”

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Es la idea que resume la filosofía del movimiento liderado por el subcomandante Marcos, portavoz del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). El zapatista está considerado como uno de los más importantes movimientos sociales de la historia. Pero este sólo es un ejemplo, ya que a partir de los años 90, América Latina fue el escenario de numerosos conflictos sociales que expresaban el gran descontento popular debido al aumento de las desigualdades. Desigualdades que se agrandan cada vez más en un mundo monopolizado por la globalización y donde la única arma de lucha es la agrupación ciudadana.
Muchos son los males del mundo de hoy: guerras, violencia, contaminación, mala gestión de los recursos, reparto desigual de las riquezas, etc. Razones que agrandan los problemas sociales ya existentes en un mundo donde una globalización mal aplicada merma el ideal de igualdad. Así lo explica el director y guionista del programa Voces contra la Globalización, Carlos Estévez, en la saga de documentales que en 2007 ocuparon la parrilla de las noches de domingo en TVE.

Los movimientos pueden ser campesino-indígenas, urbanos en lucha por la vivienda, de mujeres y jóvenes para evitar políticas de privatización y atropello de los derechos sociales, o ecologistas en defensa de los recursos naturales y la protección del medio ambiente. Aunque sean de diversa índole, todos coinciden en un mismo ideal, y todos han dado lugar, tarde o temprano, a grandes transformaciones.

Los movimientos sociales en Latinoamérica han sido el germen de nuevos cambios tales como la erradicación del analfabetismo en Bolivia y Venezuela, una nueva constitución en Ecuador, la gratuidad médica en Paraguay, o la permanencia de gobiernos como el de Chávez. Brasil, Chile, Argentina y Uruguay, en cambio, destacan por protagonizar momentos importantes de movimiento, pero de escasa repercusión social.

La creencia de que: “la unión hace la fuerza” queda latente en la huella que luchas y levantamientos populares han dejado en las páginas de la historia de la humanidad. Es el caso del levantamiento en Chiapas, el 1 de enero de 1994, abrazando la causa indígena y encabezado por el que fuera profesor de Filosofía en la Universidad Autónoma de México, “el hombre del pasamontañas”, como muchos lo conocen, Rafael Sebastián Guillén Vicente, o lo que es lo mismo: “el subcomandante insurgente Marcos”. El objetivo del EZLN era ofrecer una alternativa al modelo neoliberal vigente en México en ese momento. Pretendía la construcción de una autonomía para los pueblos indígenas, cincuenta y siete en concreto, y el reconocimiento de sus costumbres. “Justicia, salud, educación y economía” era lo que les preocupaba, un discurso local que, sin embargo logró hacerse universal.

Carlos Estévez, también dedicó uno de sus documentales a mostrar las realidades de los movimientos sociales indígenas latinoamericanos, una lucha por la transformación, medida incluso, a costa de la vida de sus integrantes. Es lo que relata y recrea La larga noche de los 500 años. En este documental, se desglosan las revueltas que el subcomandante inició contra la globalización precisamente el día en el que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio entre América del Norte y México. Desde entonces, las voces de indígenas e intelectuales analizaron hechos como la pérdida de la tierra en el mundo, la carencia de identidad, el predominio de la uniformidad de culturas y las privatizaciones como nuevo panorama para Sudamérica. De ahí que se identifique al movimiento zapatista como: “el impulsor de una corriente mundial contra la globalización”. Así lo explica, Anne Vigna, en un apoyo publicado en uno de los artículos de la revista Le Monde.

No sólo en México se dan protestas por la propiedad de la tierra. Brasil es otro de los países vecinos afectado por este problema. De hecho, la presencia del Movimiento de los trabajadores rurales Sin Tierra (MST), equipara en este país latino, la posición de un partido de oposición contra el Partido de los Trabajadores (PT), el de principal fuerza en este momento, es decir el del gobierno de Lula. Y es que en Brasil, existen cuatro millones de familias de campesinos sin tierra. Así lo argumenta, Christophe Ventura, en otro artículo para la revista Le Monde. El MST se encarga de refugiar a estas personas sin hogar en asentamientos buscados para la causa, además de crear escuelas y centros de formación para militantes del movimiento. Las autoridades regionales brasileñas han decidido proceder al cierre de algunas de estas escuelas alegando que no cumplen con los requisitos legales exigidos. Pero quizás, la razón es que empiezan a temer que de ellas salgan dirigentes fuertes y capaces de llevar a cabo una auténtica lucha contra la explotación del capital, en un Brasil “emergente” a nivel internacional, pero que sigue brillando a nivel interno, por la pobreza y las desigualdades.

Otro de los últimos acontecimientos relacionados con Brasil dejaba reiteradas protestas por parte de más de veinticuatro etnias de indígenas en la Amazonía, hacia el presidente Lula para impedir la construcción de una gigantesca presa junto al río Xingú, en el estado de Pará. Los detractores denuncian los costes del progreso en la selva amazónica, tales como el deterioro de la biodiversidad, o la inundación de más de quinientos kilómetros cuadrados de selva. Hechos como éste, que recuerdan en ocasiones a la ficción, concretamente a la historia de invasión que no hace mucho podíamos ver en los cines, te hacen plantearte muchas cosas: ¿Se trata de un Avatar a la brasileño? ¿Cuál es el precio del desarrollo? ¿Vale la pena pagarlo? La naturaleza y la gente no pueden ser sacrificadas ante ciertos intereses empresariales.

Todo esto en América Latina, pero no podemos olvidar que los movimientos también están presentes en la otra punta del planeta. Es el caso de los que protagonizan los pobres contra las clases medias, en un ataque de estas últimas contra la democracia y privando con sus peticiones los derechos de los más desfavorecidos. Tailandia, Bolivia o Filipinas son ejemplo de esto. Joshua Kurlantzick lo describe en un artículo para la revista Tiempo, titulado: “La democracia retrocede en el mundo”.

Las grandes transformaciones sociales, no son obra de personalidades excepcionales, de guías geniales, o de super-figuras. Dependen de la capacidad organizativa y de la unión  de los pueblos. “Sin la intervención de las masas organizadas, no habrá cambios”, afirma Stedile. Ni se producirán iniciativas como las de Seatle, Génova, o el Foro Social de Portoalegre, donde millones de personas se reunieron para plantear verdaderamente si Otro mundo es posible, y buscar las medidas para llevarlo a cabo.

Y es que: Si no hay lucha, no hay cambio; no hay esperanza y no hay sueños. La realidad es que en el fondo y en lo más profundo de nosotros mismos existe ese espíritu de lucha necesario para lograr todo lo que nos propongamos. En algún momento de la vida “todos somos Marcos” y todos pretendemos cambiar algo, encontrar una luz que nos una para hacer un camino por el que todos, en igualdad de condiciones, podamos andar.


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