Cámaras de gas

0
181

Enterrar el dióxido de carbono rebajaría la contaminación un cuarenta por ciento antes de 2050, según un informe de la ONU. Estados Unidos y Europa se escudan en este análisis para construir silos de almacenamiento subterráneo de gases. Así, las multinacionales podrán agotar las energías fósiles.
El proceso es complejo pero menos costoso y más rápido que cambiar hacia un modelo de energías renovables, sostienen los defensores de esta postura.

Para guardar el Co2 son necesarias dos fases: La extracción y el posterior almacenamiento. En el primer proceso comienzan los problemas. Hoy en día sólo existen dos formas de extracción: La más extendida es la postcombustión que usa disolventes químicos con los que baña los gases para extraer el Co2. El camino menos viable por sus dificultades técnicas es la Precombustión. Este método convierte el gas natural en hidrógeno y dióxido de carbono, y este se comprime para el posterior almacenamiento.

Para enterrar los gases, se utilizaría un procedimiento parecido al de los gaseoductos actuales. Las tuberías saldrían del Centro contaminante y recorrerían bajo tierra la distancia requerida hasta las naves de almacenamiento, situadas a cientos de kilómetros de la superficie. El 99 por ciento de lo enterrado seguirá bajo tierra dentro de 1000 años, según Naciones Unidas, pero el mismo estudio reconoce la posibilidad de pequeños escapes aunque sin efectos globales, puntualizan.

Los empresarios se frotan las manos y cuentan con el apoyo de las grandes potencias. Multinacionales petroleras como BP, Shell, Statoil y Total se han puesto manos a la obra con diferentes proyectos en sus respectivos países de origen. Las cámaras de gas les permitirán incrementar beneficios sin aranceles ni restricciones a la contaminación. Estados Unidos ve en estas grandes tumbas la panacea que frenará el calentamiento climático, mientras en China se abre una planta de carbón cada cinco días. Los países de la Unión Europea dan ejemplo. Bruselas ha dado la carta de libertad a estos proyectos adecuando sus planes estatales a estas grandes minas de dióxido de carbono. Francia no se queda atrás, hasta la ciudad de la luz organiza concursos que premian los mejores proyectos de captura de CO2.

Mientras los gobiernos cavan, los expertos en políticas medioambientales destacan los peligros de utilizar el planeta como vertedero. El vertido de desperdicios en el océano es un buen ejemplo. Cada año se esparcen en los mares más de sesenta toneladas de basura, lo que daña el ecosistema y afecta a unas 260 especies marinas, según el último estudio de Greenpeace.

El otro precedente está en los pozos nucleares, que si hasta hoy han funcionado, se teme que un fallo en el sistema de almacenaje pudiera provocar otro Chernobil. Un escape de gas neurotóxico podría provocar más de 40.0000 víctimas sobre una población de 80.000, según las hipótesis de la OMNS, Organización Mundial de la Salud. Una simple fuga  podría matar a la mitad de la población junto con las secuelas que tendrían los supervivientes.

Un problema añadido es el enorme coste económico de estas vastas cámaras carcelarias. Si implantar un modelo alternativo a las energías fósiles es caro, la suma por capturar una tonelada de gases podría llegar hasta los 300 dólares.

Los últimos latigazos naturales desquician a los políticos que buscan medidas fáciles y rápidas para solventar el problema. Las cámaras de gas del siglo XX escondieron el horror nazi. Las cámaras del siglo XXI esconden un holocausto natural.

Dejar respuesta