¿Caja tonta o tontos para la caja?

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En los primeros años de su existencia, se miraba la televisión como a un completo desconocido, temiendo por sus posibles efectos sobre la sociedad, y cuestionando la procedencia fantástica de los personajes que en ella aparecían. La mágica fórmula que enviaba esas imágenes en movimiento a todos los aparatos a la vez causó una revolución en aquellas masas precedentes a la Segunda Guerra Mundial. Casi setenta años más tarde sigue buscándose otra fórmula mágica que cause la revolución en las masas, esta vez con nombre propio y a cualquier precio: audiencia.
Se han probado toda clase de formatos. Al principio una serie de famosos que acudían a un programa a narrar detalles de sus vidas causó un gran revuelo social, incluso llegó a eliminarse de la programación. Pero alguien había tocado la fibra de la sociedad, y había llegado el momento de explotarlo. Posteriormente, la adaptación de una fórmula inglesa revolucionó de nuevo la población: un grupo de completos desconocidos convivían juntos con un único objetivo, el cuantioso premio final. Este formato varió hacia una fábrica de nuevos artistas que dejaban la normalidad de sus vidas para movilizar a todo el país. Esta factoría ha creado ya cantantes en solitario, grupos, modelos, bailarines…

Pero todo tiene su fin, y llega a agotarse. Se acerca entonces el momento de experimentar con cualquier cosa que sea capaz de generar audiencia. Ha llegado, por tanto, la era de los programas del corazón.

Dicen que el roce hace el cariño. Personajes como Julián Muñoz, Isabel Pantoja, Belén Esteban o Nuria Bermúdez se han convertido en entrañables compañeros que permanentemente ocupan espacios televisivos. Sus vidas son analizadas tantas veces al día y desde tan variadas perspectivas que pueden llegar a conocerse mejor incluso que las propias.

Puede crearse un árbol genealógico con dichos personajes. El centro está en unos cuantos famosos que, en su origen, lo fueron por sus dotes para la canción, el toreo o el espectáculo. Pero el tiempo pasa para todos, y éstos cambian de pareja y tienen nuevos hijos. La ramificación continúa con las nuevas parejas de sus excompañeros y los escarceos de sus primogénitos que se convierten ahora en nuevos actores del juego. Pero los originariamente artistas continúan con sus vidas añadiendo nuevas ramas al árbol, de forma que el mundo del corazón tiene cabida para todos aquellos con pocos escrúpulos y muchas ganas de dinero.

Pero casualmente es una industria que se sostiene sola. Nadie reconoce seguir este tipo de contenidos ni poseer el más mínimo interés en las intimidades ajenas, no obstante, la proliferación de ‘programas rosas’ es continua y constante.

La preocupación de los profesionales del medio es un hecho. Los contenidos de mayor seriedad y relevancia social pasan a un segundo plano real a favor de las intimidades personajes de lo más variopinto y oportunista, protagonistas de cruces de acusaciones, intercambios de pareja, infidelidades varias o, lo que está de moda actualmente, estafas a las Administraciones Públicas. Y esto se convierte en su trabajo, en su fuente de ingresos mensual. Nunca robar dinero público o encontrar nueva pareja dio tantos beneficios como en la actualidad.

Cualquiera es capaz de ofrecer contenido, cualquiera obtiene credibilidad y cualquier cosa vale a cambio de unas buenas cuotas de ‘share’. Los propios programas se defienden diciendo que es una forma de evasión; otros lo califican de corrosión. A nadie le gustan estos programas pero son los que más duración consiguen en la parrilla televisiva. Llega el momento de buscar culpables, ¿es problema de las televisiones y su obsesión por las audiencias o de los espectadores por seguir este tipo de contenidos?

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