¡Buuuuuuh!

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Cuando uno tiene una idea preconcebida, es difícil bajarlo del burro. El mundo cambia, y nosotros con estos pelos. Cuesta creer que los niños ya no vengan de París, o que Maradona ya no juegue al fútbol y  se haya convertido en una especie de patriarca futbolero y agitanado… pero es lo que hay.

Para colmo de males, el antiguo periodismo ya no está para muchas y la universidad ya no ofrece lo que antes. O esa era la idea, aunque puede que no lo ofreciera nunca y estemos en un error manifiesto.

Uno pensaba que la docta casa le proporcionaba capacidad de raciocinio por encima de la ramplonería imperante, pero parece que habrá que envainarse la idea a la voz de ya. Lo único que obtienes es un papelito que reza: “Fulanito, eres licenciado en cualquier cosa”. Después, ahí te las compongas.

Esa idea de un espacio público racional, fundamentado en la educación, en debate constante sobre sus diferencias y desencuentros, que de manera educada busca una solución inteligente a sus problemas comunes y discrepancias, está desapareciendo. Si es que existió alguna vez.

O como soy medio tonto, nunca me entero (parafraseando a Los Planetas), o el periodismo no sólo no es ajeno al lío, sino que tiene parte de culpa en todo este bebedero de patos que nos han montado en la cabeza. Ahora ya no existe el diálogo, el debate en busca del consenso, sino la acusación mutua. La lucha de pareceres. La imagen que da el periodismo es de un mundo plagado de sofistas de taberna con el único deseo de quedarse con la perra gorda. Eso es algo que uno, optimista por naturaleza, no acaba de creerse del todo, a pesar de que las evidencias le den en los morros una vez y otra. Por eso comparto su perplejidad ante esta idea, aunque cada vez nos van quedando menos argumentos para negarla.

La complacencia endogámica siempre me la ha puesto un poco blanda. Sin embargo, muchos parecen cómodos en esta situación. Ahora en periodismo parece llevarse el: Qué bueno lo tuyo, primo. Cómo te lo montas, ladrón. Nada que se salga del redil. Estás con nosotros o contra nosotros.

Cualquier declaración que no sea la palmadita en la espalda o el halago de cintura para abajo está considerado como un ataque directo, que debe se respondido con las mismas armas. Proviene del enemigo, y no hay argumentos para rebatirle, sino armas arrojadizas. Esto se ha institucionalizado de tal forma que acaba afectando a personas que se les supone cierta capacidad racional, aunque puede que esto sea un reflujo de esa idea anticuada sobre lo que la universidad debe ofrecer a sus alumnos, para que salgan de allí hechos unos hombres y hombras de provecho.

Hoy en día prima la conciencia grupal por encima de la racionalidad. Nos hemos convertido todos en unos corporativistas que no aguantamos que nos chisten ni una miaja. Una opinión que no encaje con la del grupo es un acto subversivo. No será rebatida racionalmente, sino malinterpretada y tergiversada al gusto. Nadie del otro lado se atreverá a compartir la idea en público, por supuesto, por muy razonable que ésta sea. Una aclaración o puntualización bienintencionada es, para este tipo de corriente, un ataque directo a la endogamia establecida. Algo que se extiende del periodismo a la vida diaria, y viceversa. Si no está dentro del relato oficial del grupo, es una insensatez.

Esto empobrece el debate político y la sociedad en general, de ahí su importancia. En estos tiempos de crisis está aún más acentuado, aunque no por ello sea más disculpable. Al adquirir categoría de ente institucionalizado en nuestras mentes es cuando hay que empezar a preocuparse, porque puede perpetuarse.

No me parece tema baladí. Sin mentar el periodismo deportivo o alguna que otra cadena de esas que nos ha traído el TDT, que pueden ser los ejemplos más clarificadores de este mal, la llamada “clase política” también se las trae. No tienen bastante con dejar su disciplina de partido y su microcosmos endogámico de puertas para adentro, necesitan extenderlo al exterior. Con la complicidad del periodismo se está perpetuando un mal que debería ser atajado. Pero no. Lo primordial son las acusaciones mutuas, el tú más, tu madre no sé qué y a mi abuela no me la mientes.

Este pequeño monstruo que no queremos ver parece haber acampado para quedarse. Podemos combatirlo u optar por la solución fácil, que toman los niños cuando cierran los ojos y esperan que desaparezca sin más. Cosa que hacía ese monstruo infantil e imaginario. Pero me temo que éste no se irá. Está aquí, acercándose cada vez más y más. Hasta que… ¡Buuuuuuh!

Fuente de la imagen::
Alberto Amor Jiménez.

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