Buena música y buena suerte

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Dicen que la madre de Hitler quiso abortar pero que al final no lo hizo y dio a luz al niño destinado a marcar una página negra en la historia de la humanidad. Era imposible saber todo lo que ocurriría después. Así, en la vida de las personas la buena o mala suerte aparece como un factor a tener en cuenta, pero un factor incontrolable al fin y al cabo. De las coincidencias, de estar en el momento adecuado y en el lugar oportuno dependen muchos destinos, para bien o para mal.

Es como el llamado efecto mariposa, un aleteo casi imperceptible puede cambiar toda una serie de acontecimientos en una cadena de hechos interconectados. Por eso, cualquier determinación que tomemos influye en otras personas tanto si lo queremos como si no. Es posible que cuando te levantes mañana por la mañana tengas que decidir si vas o no a la facultad o al trabajo, y que quizás si eliges no ir perderás la oportunidad de conocer  a un contacto fundamental para tu carrera, o que por el contrario acudas a tu lugar de trabajo y por el camino tengas un accidente con el coche y tu vida cambie para siempre. Nadie puede controlar esta ruleta rusa.

¿Pero dónde está la suerte? Si es cierto que existe, ¿se puede ir en su busca? Menuda pregunta, la suerte como muchas cosas que no dependen de la mano del hombre, no se puede crear, no se la puede llamar por mucho que algunos confíen en determinados rituales.  Sin embargo, existe y nos afecta constantemente. Sólo hay que ver cómo se afanan las personas en las colas de las administraciones de lotería para coger el número que les saque del agobio de la hipoteca o ver cómo los casinos que se llenan de rostros ávidos de dinero, de la jugada maestra, de la locura del dado, de equipos ganadores en el último minuto. Es la separación entre una vida mejor y la normalidad de siempre.

Por supuesto, la música no está exenta de la influencia de la diosa fortuna y por eso todos los implicados en este mundillo dan vueltas dentro de un gran bombo. De vez en cuando, una abertura ínfima se abre y deja salir algunas piezas que se juntan y forman equipos. Son los ganadores; la combinación perfecta: una buena compañía de discos, una buena promoción, buenas canciones y el momento apropiado. ¡Bingo!

Tuvieron suerte Sober cuando se cayó un grupo estrella en Festimad y tuvieron que tocar en el escenario grande delante de 20.000 personas; tuvieron suerte de tocar junto a Deftones en un festival en Móstoles; les acompañó la fortuna cuando Gran Vía Musical se fijó en ellos y decidió que era el grupo que debía romper con la monotonía del panorama rockero español. ¿Esto quiere decir que no lo merecieran? No, pero ellos salieron del bombo y los demás se quedaron dentro.

Entonces, cuántos grupos rozan la suerte con los dedos y sin saberlo se quedan a escasos centímetros de saltar al gran escenario. Seguro que en algún momento alguien quiso ir a verlos a un concierto, quizá un personaje influyente que en el último instante decidió que tenía otro plan más atractivo, o de repente enfermó y tuvo que dar media vuelta para meterse en la cama mientras en una sala un grupo que podía dejar el anonimato una vez más se dejaba la piel encima de un escenario.

Ahora bien, muchos no se dan por vencidos y acuden a un sin fin de estrategias para no para llamar a la buena suerte sino para evitar que les visite la mala suerte. Por ejemplo, hay músicos que no pueden ver un instrumento de color amarillo porque dicen que atrae la fatalidad. Esta creencia, pues no es más que eso, viene de la fatídica muerte del dramaturgo francés Moliere, al que vino a buscar la muerte cuando estaba en plena representación y vestía de amarillo. Está claro que razonar las cosas da dolor de cabeza.

De todos modos, para los crédulos impenitentes, hay un enorme abanico para esquivar la mala fortuna, y así, todo grupo que se precie tendrá que evitar: llevar algo de color amarillo, romper el espejo del camerino, tocar un martes 13 o viernes 13 (da igual el mes), derramar la sal encima de la mesa, abrir un paraguas dentro del camerino, ver un gato negro o una urraca, matar una araña o una mariquita dentro del recinto, caminar por debajo de una escalera, contestar gracias a quien te desee buena suerte, ya sabes, si alguien te desea buena suerte puedes optar entre quedarte mudo o reírte como si fueras un idiota que no entiende nada.

¿Con esto qué se consigue? , pues absolutamente nada, bueno, quizás algunos logren tranquilizar sus nervios antes de salir a escena pero no por ello harán que venga más gente a su concierto o plasmarán el mejor directo de su vida. Eso aunque se pertrechen de amuletos para llamar a la hermana buena de todo este asunto, la buena suerte. Y es que en el lado opuesto, también hay toda una serie de elementos y rituales, a saber: cruzar los dedos, tocar madera, el número siete, figuritas de elefantes con la trompa hacia arriba, herraduras, patas de conejo, cucharas de plata, en fin, de todo para no ensayar y no trabajarse bien el espectáculo.

Y es que en el cotidiano show humano, no tener demasiada suerte no tendría por qué ser un fracaso pues también se puede ser una persona normal, con sueños normales, con un trabajo normal e incluso tener un grupo que graba discos y ofrece conciertos en salas normales. Además, todo depende del criterio que se use para decir qué es buena o mala suerte. Quizá para algunos es una fatalidad no hacer una gira internacional con su banda y por el contrario otros se consideren afortunados por tener un grupo reconocido a nivel underground.

Tal vez, el occidental se queja tumbado en su nube de vida acomodada y no se da cuenta de la suerte que tiene al poder elegir, mientras en otras latitudes muchas personas están a expensas de lo que se decide en los despachos o sobre un plano de guerra. Pese a todo, nunca está de más desear para este año que empieza, buena música y buena suerte.

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